Curiosidades de nuestras células
Pasadas las fiestas navideñas e inmersos en el frío invernal, le voy a explicar algo sumamente curioso, estimado lector. Algo que aportará calor a sus inquietudes intelectuales. Se lo prometo. Sígame.
[–>[–>[–>En el momento de la formación de la placenta, las llamadas células trofoblásticas del embrión temprano atacan a las células maternas de la mucosa uterina a las que se encuentran adheridas, y comienzan a perforarlas. De esta manera llegarán a los vasos sanguíneos que irrigan el útero, formando la placenta.
[–> [–>[–>Esta mecánica de agresión celular se la debemos a un virus. Tal vez sea un virus que habría infectado a uno de nuestros antepasados hace decenas de millones de años (un retrovirus capaz de inocular sus genes en el ADN de los organismos que infectan). Es decir, nuestro genoma contiene decenas de miles de fragmentos de ADN procedentes de esos retrovirus que nos infectaron durante milenios (representa un 8% de nuestro ADN). Dicho de otra manera: los microbios se han integrado en nuestro ADN.
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Uno de estos elementos genéticos de origen viral es el HERV-W, que es quien permite a las células trofoblásticas producir una molécula llamada sincitina, sin la que sería imposible que invadieran las células de la pared uterina y formar la placenta. De no haberse producido esa mezcla de ADN viral y animal seguiríamos poniendo huevos de cáscara quebradiza. ¿Hasta aquí va todo bien? Pues, sígame un poco más, querido lector.
[–>[–>[–>En 1893, en Leipzig, el médico forense Georg Schmorl fue el primero en intuir el paso de células fetales al organismo de la madre. Al realizar la autopsia de diecisiete mujeres fallecidas durante la gestación o el parto observó en sus pulmones unas células «muy particulares», de tamaño gigantesco y con varios núcleos; células que sólo se encuentran en la médula ósea o en la placenta. EL doctor Schmorl sugirió que, la llegada masiva de células trofoblásticas a los pulmones de las madres podría desempeñar un papel en la eclampsia (complicación severa del embarazo que se caracteriza por la aparición de convulsiones generalizadas). Porque, a pesar de los inmensos progresos médicos, al menos ochocientas mujeres mueren a diario en el mundo por complicaciones vinculadas con el embarazo o el parto.
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Y, como decía Pasteur, «La suerte sólo sonríe a las mentes preparadas». Así, se ha comprobado que las células trofoblásticas se encuentran en la sangre de las embarazadas desde la decimoctava semana de gestación. Esta migración de células podría contribuir a entender la «tolerancia fetal»: los fetos se harían aceptar enviando un foco de sí mismos en dosis homeopáticas al organismo de sus madres.
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[–>Pero, atención a lo que voy a decir, ahora: el cromosoma «Y» (masculino) se encuentra en la sangre de todas las embarazadas, ya porten un feto masculino o femenino, siempre que, previamente hayan dado a luz un niño varón. Porque… las madres llevan las células de sus hijos durante toda su vida. Hasta un 10% del ADN libre en el plasma de las mujeres embarazadas procede de su feto. Se sabe que, incluso los embarazos interrumpidos conllevan la transmisión de células fetales: hasta 500.000 células después de un aborto durante el primer semestre. Como diría Fernando Pessoa, «son muchos los que viven en nosotros».
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Si desea saber más al respecto de todas estas curiosidades del cuerpo humano le sugiero leer el libro, «Las células errantes», de Lise Barnéoud. No obstante, espero poder continuar contándole más hechos interesantes, al respecto.
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