De la mano de Dios al gol del siglo: la obra cumbre de Maradona cumple 40 años
Se cumplen cuatro décadas del que fue probablemente el partido más comentado y analizado de la historia de los Mundiales: el 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca de México, Argentina e Inglaterra se midieron en los cuartos de final.
[–>[–>[–>Cuatro años antes, se habían enfrentado en la guerra de las Malvinas, un conflicto que flotó en el ambiente durante los días previos al partido y que sin embargo, se diluyó en cuanto el árbitro pitó el inicio del encuentro.
[–> [–>[–>Nadie imaginaba que en esos 90 minutos se iban a marcar dos goles que entrarían directamente en la historia del fútbol. Ambos, en la segunda parte: uno, porque es probablemente la trampa más famosa de los Mundiales (lógicamente no había VAR en aquella época); otro, porque es probablemente el mejor gol de la historia, sin más.
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El partido se jugó a mediodía. «Yo, que siempre duermo como un animal, me había despertado más temprano que nunca. Tenía ganas de que llegase la hora del partido», recordó después Diego Armando Maradona, según refleja un libro de reciente publicación, ‘Jamás me voy a olvidar: la historia de mi mayor victoria’ (Debate).
[–>[–>[–>Camisetas improvisadas
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También cuenta que la expedición argentina tuvo que improvisar unas camisetas para jugar ese partido, bajo un calor sofocante. «Fue Rubén Moschella, empleado de la AFA: tuvo que recorrer cuarenta negocios en México DF para comprar dos juegos de camisetas. Me preguntaron a mí y no dudé: esta, con esta ganamos a Inglaterra».
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Así fue. «Ellos sufrieron mucho más el calor que nosotros. Y más importante todavía, la altura». La selección argentina llevaba más de un mes concentrada en la capital de México, a 2.200 metros. Los ingleses, en cambio, venían de jugar en Monterrey, a 500 metros de altitud. «Por eso a veces los ingleses nos pegaban a destiempo. Pero sin mala intención», recordaba Maradona.
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[–>Maradona volaba. Se había preparado físicamente como nunca antes. «Me sentía más picante que nunca», confesaba. Y literalmente, voló. Lo hizo en el minuto 51, recién iniciada la segunda parte. La jugada nace con un intento de pared entre Maradona y Valdano en la frontal del área rival.
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«Cuando se la di a Valdano, le rebotó y se le fue un poquito alta, con Hodge al lado. Entonces Hodge se anticipó. Y Hodge comete el error, que para mí no es un error porque en ese momento le podías dar la pelota atrás al arquero, de levantarla para Shilton en vez de revolearla… si la hubiera revoleado, la pelota no me llegaba nunca a mí».
[–>[–>[–>Maradona gana el Mundial de 1986. / EFE
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Ahí, en un segundo y por pura intuición, nace el gesto que el propio Diego Armando bautizaría poco después como la mano de Dios. «La pelota me cayó como un globito. ¡Qué regalito, papá! Esta es la mía, me dije. Me la juego, si me lo cobra, me lo cobra. Salté como una rana, y eso fue lo que no se esperaba Shilton. Él pensaba que yo lo iba a ir a chocar. Pero salté como una rana. Él también saltó, sí, pero yo salté antes, porque venía mirando la pelota, y él cerró los ojos».
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Maradona festejó ese gol como si lo hubiera marcado con la cabeza. «Le di con el puño, pero salió como si hubiera sido un zurdazo», confesaría después. «Ni el juez, ni el línea, ni Shilton, que se quedó perdido, podían haberlo visto. El único que se avivó fue Fenwick».
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El árbitro, el tunecino Bennaceur, miró al asistente, un búlgaro llamado Dotchev. El asistente ni levantó la bandera ni corrió hacia el centro del campo. Le dejó toda la responsabilidad al árbitro. «Y después, se pelearon por eso», dice Maradona, «porque uno dijo que el otro era el culpable».
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«¡Cerrá el orto!»
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Maradona siguió corriendo, celebrando el gol. El primero que vino a abrazarlo fue Sergio Batista, que años después sería seleccionador argentino, como el propio Maradona. «Lo hiciste con la mano, ¿no? ¿Lo hiciste con la mano?», le preguntó
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«Cerrá el orto y seguí festejando», respondió Maradona. El ’10’ miró a la grada, donde estaban su padre y su suegro, y cerró el puño. El gol era válido.
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«No me arrepiento en absoluto. Porque yo crecí con eso: en Fiorito hacía goles con la mano constantemente. Y lo mismo hice delante de 100.000 personas que no me vieron. Todo el mundo gritó el gol: y si lo gritaron, es porque no tenían dudas».
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Años después, Maradona le ganaría un juicio a un diario inglés que publicó ‘Maradona, el arrepentido’. «Fue un gol legítimo, porque lo convalidó el árbitro. Y yo no soy quien para dudar de la honestidad del árbitro«, insistía el ‘Pelusa’.
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En un primer momento, en la rueda de prensa posterior al partido, Maradona aún dudaba. ¿Cómo explicar ese gol? «Al principio dije que lo había hecho con la cabeza. No sé, tenía miedo de que lo anularan, porque aún estaba en el estadio, qué sé yo…Y luego, de pasada, dije que lo había marcado «con la cabeza de Maradona y con la mano de Dios. Y lo dije pensando en todos los chicos caídos en las Malvinas«.
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Muchos años después, Maradona se reunió con el árbitro de aquel partido. «Me pareció un tipo encantador. Me dijo que volvería a convalidar el gol. ‘Porque no lo vi, pero mi asistente tampoco’, dijo.
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Del segundo gol de Maradona en ese partido se ha escrito incluso más. Pasa por ser el mejor gol de la historia de los Mundiales: son palabras mayores. Pocos goles, quizá ninguno, han generado tanta literatura.
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La narración de Víctor Hugo Morales multiplicó la épica del gol: de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, barrilete cósmico, etc. Ese gol lo redimió a ojos de muchos de su picardía en el gol con la mano.
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El antecedente frustrado de Wembley
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Una de las grandes curiosidades de ese gol es que años antes, también ante Inglaterra, en un amistoso en Wembley, Maradona estuvo a punto de marcar un gol similar. El 13 de mayo de 1980, Argentina jugó un amistoso contra Inglaterra en Wembley. Maradona tenía 19 años. En una acción memorable, arrancó desde la derecha, dejó rivales por el camino y llegó mano a mano con el portero inglés, Ray Clemence. Pero en lugar de regatearlo, definió cruzado y la pelota salió fuera por poco. La jugada no fue gol, pero Wembley lo ovacionó: quedó como el gran “no gol” de Diego.
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Al volver a casa, su hermano menor, Hugo Maradona, que tenía apenas 11 años, le reprochó la definición: le dijo algo parecido a que había definido mal, que debía haber amagado porque el portero ya estaba vencido. La respuesta de Diego fue la frase: “Soy Maradona, no soy Dios”.
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Jorge Valdano fue testigo de excepción del gol de Diego ante Inglaterra en 1986: cuando se ve la jugada por televisión, Valdano, dorsal 11, aparece siguiendo la jugada en un curioso travelling futbolístico. Después del partido, Maradona le confesón que durante la carrera había pensado en pasarle la pelota, pero que cada vez que iba a hacerlo “se le cruzaba un inglés” y tenía que seguir regateando.
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