de Truman y Pío XII a León XIV y Trump
Las entrevistas entre un papa y un presidente de Estados Unidos suponen casi siempre el encuentro entre un católico y un protestante. Solo ha habido dos excepciones en la historia: los católicos John Fitzgerald Kennedy y Joe Biden. Pese a las diferencias en la visión del cristianismo, las crónicas de las 32 audiencias que han tenido lugar en 107 años arrojan más encuentros que desencuentros, aunque muchos mandatarios estadounidenses sí tuvieron que escuchar dardos del jefe de la Iglesia Católica a sus políticas. Eso sí, ninguno de esos roces, originados sobre todo por las guerras que EEUU ha impulsado en el último siglo, alcanzan la magnitud del choque actual entre León XIV y Donald Trump.
[–>[–>[–>El primer inquilino de la Casa Blanca recibido por un papa fue el demócrata presbiteriano Woodrow Wilson, quien llegó hasta el Portón de Bronce del Vaticano en una carroza tirada por caballos el 4 de enero de 1919, al término de la Primera Guerra Mundial, para reunirse con Benedicto XV. Los cinco siguientes sucesores de Wilson no se vieron con ningún pontífice, incluyendo el anglicano Franklin Delano Roosevelt, quien visitó Italia en 1943, pero no pudo llegar hasta la Roma ocupada por las tropas de Hitler.
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Acabada la Segunda Guerra Mundial, llegó el primer gran encontronazo. El bautista Harry Truman y Pío XII dejaron público testimonio de sus diferencias sobre la guerra de Corea. El anticomunismo del pontífice no le impidió distanciarse de la «cruzada anticomunista» y de los motivos «religiosos» con los que se quería defender la intervención armada, y en sus mensajes navideños de 1951, confrontaron visiones:
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-«Se trata de preservar una civilización mundial en la cual pueda sobrevivir la creencia en Dios. Frente a la expansión del comunismo soviético, una potencia que es hostil a todo en lo que nosotros creemos, todos los hombres que profesan la fe en Dios deberían unirse para pedir su ayuda y dirección», reclamó Truman.
[–>[–>[–>-«Esos que erróneamente consideran a la Iglesia casi como una potencia terrena cualquiera, como una especie de imperio mundial, fácilmente son inducidos a exigir de ella, como de otros, la renuncia a la neutralidad, la opción definitiva a favor de una o de otra parte. Sin embargo, para la Iglesia, no se puede tratar de renunciar a una neutralidad política por la simple razón de que ella no se puede poner al servicio de intereses puramente políticos«, replicó Pío XII.
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Sus respectivos sucesores se encargaron de hacer las paces en el segundo cara a cara, 40 años después del primero. Juan XXIII agradeció al republicano calvinista Dwight Eisenhower sus «esfuerzos por establecer la paz y la generosidad “con que favorece el bienestar y el progreso de los pueblos más necesitados». Más simbólico fue el roce se entre Pablo VI y John F. Kennedy en 1963. El primer presidente católico de EEUU, que acudió al Vaticano pocos días después de la elección del pontífice, había advertido en su campaña de que no iba a recibir órdenes de la Santa Sede por el hecho de ser católico, y quiso escenificarlo dándole solo la mano al papa en vez de besar su anillo, práctica habitual para los católicos.
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Más problemas de protocolo hubo dos años después, durante un viaje de Pablo VI a Nueva York. El restauracionista Lyndon B. Johnson quería reunirse con él, pero el papa era el jefe de un Estado que no estaba reconocido oficialmente por EEUU. La triquiñuela fue que Johnson volase a la ciudad a una cena en el apartamento del embajador de Estados Unidos ante la ONU, Arthur Goldberg. El pontífice fue recibido en la suite de Johnson en el hotel Waldorf Astoria al día siguiente de la cena. Tan o más extraños fueron los regalos del presidente al papa: una fotografía de sí mismo, autografiada y enmarcada en plata. En otra reunión, en 1967, le obsequió con un busto también de sí mismo de 30 centímetros de alto.
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Otra foto histórica se dio el 6 de octubre de 1979. El demócrata bautista Jimmy Carter fue el anfitrión de la primera visita de un papa a la Casa Blanca. 10.000 invitados arroparon a Juan Pablo II en los jardines presidenciales para una cita en la que exhibieron complicidad en el compromiso con la justicia social, los derechos civiles y la resolución pacífica de los conflictos mundiales. En cambio, el republicano calvinista Ronald Reagan tuvo problemas para mantener sus ojos abiertos durante su primera visita al Vaticano, en 1982. La cabeza de Reagan se balanceaba y sus ojos se cerraban por segundos mientras Juan Pablo II pedía paz en las Malvinas y el Líbano, alimentando rumores sobre la flaqueza física del mandatario, de 71 años a la sazón.
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El Papa Benedicto XVI recibe a Barack Obama y su esposa, Michelle Obama, en el Vaticano el 10 de julio de 2009. / CHRIS HELGREN / EFE
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Con el combate del comunismo como catalizador, Reagan y el papa polaco se llevaron tan bien que EEUU y el Vaticano establecieron relaciones diplomáticas en 1984, suscitando cierto debate en el país sobre la separación entre Iglesia y Estado. Poco después, mientras uno iba a Corea y el otro volvía de China, hicieron que sus respectivos aviones repostasen a la vez en un aeropuerto de Alaska para sellar su acercamiento: ‘The Pope meets the Dope (El papa se reúne con la droga)’ lucían con sorna las camisetas de los lugareños. Al año siguiente, Juan Pablo II le agradeció a la esposa de Reagan, Nancy, su «generoso compromiso desplegado en favor de los toxicodependientes«.
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Con el demócrata bautista Bill Clinton, el reproche fue de otro tipo. Durante un encuentro en Saint Louis en 1999 que coincidió con el ‘impeachment‘ del Senado contra el presidente por perjurio sobre su «relación inapropiada» con Monica Lewinsky, Juan Pablo II reclamó a los estadounidenses «una visión moral más alta» ante la «época de juzgamiento» que vivía el país. No quedó claro si se refería al juicio de Clinton, a su política pro-aborto, o a ambas cuestiones. Más clara había quedado la crítica un año antes, en su histórico viaje a Cuba, donde el pontífice tildó de «injusto e inaceptable» el embargo de EEUU a la isla y clamó: «Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba».
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El Papa Francisco conversa con Barack Obama en la Oficina Oval de la Casa Blanca, en 2013. / ALEX WONG / EFE
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Las presidencias de los Bush, anglicano el padre y metodista el hijo, están unidos por las dos guerras del Golfo y los dardos de Juan Pablo II. En 1991, pidió por carta a Bush padre que ahorrase al mundo las «devastadoras y trágicas» consecuencias de una guerra, aunque esta pudiera servir para «resolver momentáneamente una situación injusta». En 2004, Bush hijo le dio al papa la Medalla de la Libertad, la mayor distinción civil de EEUU, y el pontífice respondió leyendo una declaración en la que expresó su «grave preocupación» por la guerra de Irak. Con todo, Bush fue el primer presidente de Estados Unidos en asistir a un funeral papal, en 2005.
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Menos formalidad tuvo Bush con Benedicto XVI. Demasiada poca, de hecho. En 2007, su comportamiento excesivamente informal en el Vaticano fue criticado por dirigirse al papa como «señor», en vez de «Su Santidad» y por inclinarse hacia atrás en su silla y cruzar las piernas. La rectitud mejoró cuando el papa alemán visitó la Casa Blanca y fue agasajado por 13.500 personas que le cantaron ‘cumpleaños feliz‘ dos veces por su 81º aniversario.
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El Papa Francisco habla con Joe Biden durante una cumbre del G7 en Italia, el 14 de junio de 2024. / GIUSEPPE LAMI / EFE
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Barack Obama, que como Trump no está adscrito a ninguna confesión cristiana específica, y Francisco, papa vituperado por la extrema derecha, chocaron más de lo que podía parecer. Tras verse en el Vaticano en 2014, la Santa Sede y la Casa Blanca ofrecieron relatos distintos de lo que ocurrió en la charla. Mientras Obama hizo hincapié en políticas comunes de lucha contra la desigualdad y la pobreza, el pontífice subrayaron la importancia de respetar los «derechos a la libertad religiosa, la vida y la objeción de conciencia». La cita había coincidido con la polémica ley sanitaria de Obama, que, entre otras cosas, ofrecía cobertura para la compra de anticonceptivos. De nuevo fue en Casa Blanca donde se limaron asperezas, con una recepción ante 15.000 invitados.
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