Del móvil tonto a los retiros sin wifi: la fiebre por la desconexión digital gana adeptos
«Estaba agotada, no sabía qué me pasaba». La periodista Mar Cabra había llegado a lo más alto de su carrera cuando se vio obligada a desconectar del mundo. Apartó de su vida el móvil poco después de recibir el Premio Pulitzer como parte del equipo de la investigación de los Papeles de Panamá. Como una de las primeras teletrabajadoras del sector, convivía con el constante tintineo de las notificaciones de Whatsapp, y así, estando en lo más alto en su carrera, decidió desaparecer (al menos virtualmente). Al contrario de lo que esperaba, los agasajos y el «éxito» le estaban dando más quebraderos de cabeza que alegrías. Años después ha vuelto a usar el móvil, pero con límites. «Es un reto diario, aprendo cada día, pero ahora he desarrollado las habilidades necesarias para relacionarme con él de una manera saludable», recalca.
[–>[–>[–>Su gesto resulta anárquico en una sociedad hiperconectada en la que la reflexión se ha cedido por mantener diez minutos más de scroll. Pero también inspirador, pues hoy decenas de personas anhelan un casi utópico detox digital fatigados por el imperativo de la instantaneidad, el presentismo virtual y la constante procrastinación que alimenta al cerebro con un chute de dopamina inmediata pero superflua y agotadora.
[–> [–>[–>Casi diez años después, la periodista corrobora que aquella fue la mejor decisión de su vida. Como relata, los intensos meses previos al galardón la habían sumido en un intenso burn-out que no solo podía explicar en base al trabajo. Después de revelar uno de los escándalos sociales y políticos más impactantes del siglo, Cabra se dio cuenta de que se seguía sintiendo obligada a estar constantemente en contacto con decenas de personas alrededor del planeta.
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El tecnoestrés
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Cuando por fin pudo abandonar la dinámica, se percató de que era la hiperconexión y la relación que mantenemos con los dispositivos (sobre el todo el teléfono móvil) lo que nos lleva al precipicio. Sus vivencias desde entonces las relata hoy en su libro Vivir a jornada completa. Una obra en la que Cabra ahonda en el concepto de «tecnoestrés» que hoy identifica como la razón que le llevó al límite.
[–>[–>[–>Según el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST), esta situación está directamente relacionada con los efectos psicosociales negativos del uso de las TIC. En concreto, hace alusión a la tecnofatiga que se caracteriza por sentimientos de cansancio y agotamiento mental y cognitivo debidos al uso de tecnologías, complementados también con actitudes escépticas y creencias de ineficacia con el uso de TICs.
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Por eso, el caso de Cabra, aunque destacable, no es el único. Cada vez son más las personas que muestran «hartazgo» ante una lógica social autoimpuesta que obliga a estar al día de las actualizaciones que ocurren en el entorno y del mundo. Y mientras los móviles reciben un bombardeo de notificaciones, nuestro cerebro se satura cada vez más hasta el momento en el que no le queda otra que entrar en «modo ahorro».
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[–>La ‘detox’ llega en distintos formatos
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Desde los móviles tontos (dumbphones) hasta los retiros sin wifi, pasando por eliminar algunas apps o desligar ciertas tareas (como la fotografía o la música) del móvil. La desconexión digital es una tendencia que gana cada vez más adeptos. Sin embargo, las cifras son aún testimoniales, por lo que muchos expertos lo asocian más a una moda que a un verdadero cambio de paradigma social o una nueva forma de relacionarnos con la tecnología. Y la sombra de la sospecha nace porque, paradójicamente, el reconocimiento del problema social se ha difundido y adquirido visibilidad gracias a las redes sociales.
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Influencers y creadores de contenido recuerdan a menudo –si no a diario– las acciones cotidianas que garantizan el bienestar físico y emocional. En videos de apenas unos minutos, difunden las bondades de dormir ocho horas, comer saludable, hacer una rutina de ejercicio en el gimnasio o hacerse una escapada a Bali. Pero el contenido lyfestyle no es el único que hace alusión a este detox digital.
[–>[–>[–>Otros creadores de contenido son menos sutiles y directamente se ponen a prueba para ver cómo les afecta el estar apartados del móvil durante quince días o muestran alternativas creativas para huir del ruido de las propias redes sociales, como crear un ordenador personal con internet propio. Las llamadas cyberdecks, unos gadgets que constan de una pantalla, un teclado y una pequeña placa computacional que han popularizado –también en redes sociales – entre las jóvenes desarrolladoras informáticas.
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«Está creciendo mucho el consumo simbólico de la desconexión», revela Lorena Blasco- Arcas, catedrática de Marketing y directora del centro de investigación en tecnología, TRACIS. Este simbolismo se extrae de las fórmulas más populares de renegar del móvil. Así es como lo analógico deja de ser sinónimo de atraso tecnológico para convertirse en un indicador de estatus social. «La gente no compra un dispositivo; compra el significado de tenerlo», resume la catedrática.
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El psicólogo de la Universidad Europea de Canarias (UEC), Roberto García, asume que el fenómeno puede tener una doble lectura. «Por un lado puede ser postureo, pero también puede estar levantando conciencia, y ese pequeño cambio puede ser el principio de uno mayor», concluye. Y sus palabras son ratificadas por Blasco-Arcas, quien insiste: «Que sea performativo no invalida que sea real».
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Además de hacernos conscientes del tiempo que perdemos pegados a la pantalla, otro aspecto que empieza a causar rechazo es el contenido que ofrecen las plataformas. El espacio donde hace apenas diez años se podían ver fotografías, videos e historias de amigos y familiares, ahora se encuentra inundado por anuncios, influencers y videos realizados a través de inteligencia artificial. Esa pérdida de autenticidad y creciente mercantilización empieza a generar rechazo. «Cuando la experiencia digital deja de servir a quien la usa y empieza a servir solo a quien la monetiza, la relación con ella se rompe», sentencia Beatriz Crespo, doctora y conferenciante científica especializada en Microhábitos Saludables.
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Saturación de estímulo
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Aunque son muchos los factores que están detrás de esta incipiente moda, los expertos están de acuerdo en que la «fatiga» procede de una saturación de los estímulos que el cerebro es capaz de afrontar. «Es una respuesta instintiva del sistema nervioso», recalca Beatriz Crespo, que insiste: «el cerebro humano no está diseñado para procesar la cantidad de estímulos, alertas y decisiones que le exige el ecosistema digital actual». La literatura científica actual así lo corrobora: la sobresaturación informativa afecta al funcionamiento de nuestro cerebro.
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En concreto, estudios recientes han mostrado que la adicción a redes como TikTok o Instagram se ha vinculado a la disminución de la materia gris en áreas clave para el control cognitivo, lo que se asocia con una incapacidad para concentrarse en una tarea concreta, y dificultades para regular las emociones. Esto también afecta al pensamiento crítico, pues sergún la neurociencia cognitiva, el córtex prefrontal requiere concentración sostenida para funcionar de manera óptima. Cuando hay distracciones o sobrecarga cognitiva, se reduce la capacidad de razonamiento abstracto y evaluación lógica.
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Los teléfonos móviles se cerraron en una acción analógica. / The Offline club.
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Roberto García tiene una postura más vehemente con respecto a la tecnología. «Nos está influyendo en todo, configuran cómo nos sentimos y cómo actuamos», asegura el psicólogo, que advierte que tiene un «potencial adictivo» comparable al «de la heroína o el azúcar». «Las redes sociales venían a acercarnos a la gente, pero mientras nos acercamos a personas que están a miles de kilómetros, nos hemos alejado de los que están al lado», insiste.
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De hecho, el psicólogo es especialmente crítico con el acceso temprano a las nuevas tecnologías. «Llevamos dos generaciones en las que se ha roto el efecto Flynn –la teoría del aumento constante del CI–», revela. Y en esta circunstancia no toda la responsabilidad es de los padres, pues «el sistema tampoco contribuye». «Nuestro cerebro no es digital y estamos viendo la consecuencia de ello», insiste.
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La pandemia, el punto de inflexión
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Pero, ¿cuándo empezó este incipiente cambio de paradigma? Si se tuviera que encontrar un momento de inflexión, la mayoría de expertos apuntan hacia 2020. «La pandemia satura el ecosistema y normaliza la fatiga», resume Blasco-Arcos. Crespo, por su parte, recuerda que el confinamiento obligó a «volcar toda nuestra vida en una pantalla». «Cuando por fin podemos volver al mundo físico, muchas personas descubrieron que lo digital ya no les llenaba», sentencia Crespo.
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Blasco-Arcos, aunque de acuerdo con señalar este periodo, considera que el hartazgo «viene de lejos» aunque se haya acelerado en los últimos años. Para la experta, la crítica comienza en 2010 en la Academia bajo la firma de autores como Sherry Turkle o Nicholas Carr. En 2018; el escándalo de Cambridge Analítica, en el que se conoció que se habían utilizado las redes sociales para influir en los procesos electorales de varios países, fue suficiente para «abrir la sospecha pública» sobre unas redes sociales que hasta el momento se habían consolidado como una herramienta independiente.
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El hartazgo es, además, transversal. La generación Z, conocedores de la industria de la hiperconexión, lideran los discursos de desconexión, pero lo hacen desde las redes sociales. Los boomers consumen menos pantallas, pero no lo performativian. Los millenials, por su parte, están «agotados» de la hiperxonexión, pero no llegan a convertirla en su identidad. «Lo generacional es la forma de expresar ese malestar», concluye Blasco-Arcos.
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Tips para desconectar
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Desconectar de la jungla digital no es sencillo y, como diría el dicho popular «cada maestrillo tiene su librillo». «Al final, como se trata de hacer una conexión consciente, y lo más sencillo es empezar pensando cuál es la herramienta que más nos distrae», revela Mar Cabra, que prefiere hablar de «conexión consciente» antes de desconexión digital. «Creo que hay muchos beneficios de la tecnología porque nos conecta y nos ayuda a llegar más lejos, por eso abogo por aprender a relacionarnos con ella de manera saludable», sentencia.
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Entre sus estrategias hay algunas básicas, como quitar las notificaciones de las apps más «interrupcionistas» o establecer una hora en la que lleguen todas al mismo tiempo, a modo de «resumen programado», una opción que está integrada en iPhone y en algunos móviles Android. Muchos teléfonos también permiten el uso de una aplicación nativa de Bienestar Digital, con la que se pueden establecer límites de tiempo de uso. «En este caso, es importante establecer límites reales que concuerden con nuestra forma de usar las apps», insiste la periodista.
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Beatriz Crespo, por su parte, propone tres microhábitos saludables que apenas suponen dos minutos y que, según expone «pueden cambiarlo todo». Entre estos hábitos se encuentra dejar el móvil fuera del dormitorio, poner un límite al scroll sin rumbo haciendo respiraciones cada 10 minutos para «volver al presente» y realizar un ritual de cierre cada noche. «Pon una alarma entre las ocho y las nueve de la noche y cuando suene, empiece a reducir la exposición a pantallas, cambia el tipo de luz a más cálida y dúchate con agua caliente», resume Crespo.
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Beneficios a tres niveles
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Las técnicas son tan variadas como las personas que las quieran llevar a cabo, pero lo que los científicos tienen claro es que cualquier intento de apartarse de las tecnologías tiene beneficios a tres niveles: cognitivo, simbólico y relacional. «En lo cognitivo, la evidencia apunta a mejoras en el sueño, en la atención sostenida y reducción del cambio constante de tareas», destaca Blasco-Arcas. En lo que se refiere al ámbito de la simbología, «las microdesconxiones devuelven una sensación de propiedad sobre el propio tiempo», incide la catedrática de Marketing. Por último, se reduce la comparación social ascendente, que está relacionada con el malestar emocional.
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Al final, como insisten los expertos, la clave no está en la abstinencia al completo, sino en la «intencionalidad»: en el hecho de recuperar el control sobre nuestro tiempo y nuestra atención y tener consciencia dónde y para qué lo invertimos.
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