Desorientación
Observo que con Vox progresa cada día que pasa la desorientación, que en política es peor que el miedo. Ya no se trata de una excentricidad ruidosa ni de un rapto de protesta, Vox es un actor instalado en el tablero, con capacidad para bloquear, condicionar y, sobre todo, crecer. Y el auténtico problema es que nadie parece saber qué hacer con él, salvo alimentarlo. Cuando ya ha engordado, la pregunta es dónde se coloca a un partido que vive de tensar la cuerda pero al que, por simple aritmética, hay que considerar de vez en cuando.
[–>[–>[–>María Guardiola ha sido la primera en cantinflear públicamente con el dilema. Un día marca distancia, al siguiente abre la puerta, y al tercero finge que no existe. El Partido Popular que, más veces de las deseadas, confunde estrategia con improvisación, ha terminado recomendándole menos aspaviento y mas discreción a la candidata y presidenta extremeña. Este zigzag en vez de desactivar a Vox, lo convierte en árbitro. Y llegados a esta altura quizá la estrategia adecuada sea permitirle compartir gobiernos hasta desgastarse, como suele suceder cuando la épica se mancha de gestión y las soluciones simples se agotan. Sucedió con Podemos y sus satélites.
[–> [–>[–>El PSOE ha hecho su parte del trabajo con una eficacia que roza el cinismo. Lleva años inyectando vitaminas a la ultraderecha al ponerle en bandeja el debate público de la alarma moral, que es el que más le conviene. Vox como espantajo para contrarrestar a la derecha liberal. Y ahora busca sacar rédito de la misma cantinela, que consiste en estigmatizar al oponente reprochándole que pacte con los populistas ultraconservadores, mientras se beneficia de que no tenga otra alternativa. El sanchismo sí la tuvo pactando con los independentistas catalanes y los herederos de ETA. No es el más indicado, creo, para dar lecciones de con quién se debe llegar a acuerdos y con quién no.
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