Dieta y cerebro
Fue hace muchos años. Entonces tenía caballos con los que paseaba por el monte. En el pueblo los vecinos me aconsejaban cómo alimentarlos. Había un cierto consenso: que la hierba los ponía flojos y el grano los hacía más finos, brillaba la capa y se volvían ágiles e inquietos. Un día me atreví a comentárselo al Dr. Grande Covián, el gran experto en dieta: ¿podría la alimentación influir en el comportamiento? Con una sonrisa entre irónica y complaciente me dijo: «El cerebro, afortunadamente, está encerrado en el cráneo, inaccesible a nuestro examen». Entonces no había los medios de investigación que hay ahora. Tampoco se hablaba de esa entelequia que es el cerebro intestinal. Pienso en todo esto porque Kennedy ha dicho que con una dieta ketogénica se puede controlar la esquizofrenia.
[–>[–>[–>Los cuerpos cetónicos son metabolitos de la grasa. Cuando el organismo percibe que no hay glucosa en las células, bien por falta de insulina, bien por ayuno o por una dieta escasa en carbohidratos, acude a la grasa como fuente de energía. El hígado las metaboliza a cuerpos cetónicos que en las mitocondrias se incendian para producir energía. Aunque el cerebro se alimenta fundamentalmente de glucosa, en esa situación de escasez emplea los cuerpos cetónicos. Quizá en ese cambio de fuente de energía resida sus potenciales efectos beneficiosos.
[–> [–>[–>Desde hace más de 2500 años se sabe que el ayuno puede evitar los ataques epilépticos. Como tanto el ayuno como una dieta rica en grasas y pobre en hidratos de carbono produce cuerpos cetónicos, se pensó que eran esos metabolitos los que evitaban la epilepsia. Entonces, en la década de 1920, se diseñó la dieta ketogénica: 1 gramo de proteína por kilo de peso, 15 de hidratos de carbono día y el resto grasa.
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Con esta dieta se pierde peso rápidamente, pero hay un efecto rebote, entre otras cosas porque es difícil de mantener. Robert Atkins propuso una modificación que ha tenido mucho éxito. Comienza con un periodo de inducción con restricción casi absoluta de hidratos de carbono, lo que produce cuerpos cetónicos. En las siguientes fases se introducen progresivamente carbohidratos hasta llegar al equilibrio que haga que la persona vuelva a disfrutar de la comida pero no gane peso o siga reduciéndolo. Ha habido mucha investigación sobre su eficacia y efectos secundarios, sobre todo sobre el colesterol. Todo apunta a que lo eleva, a partir de la fracción que se denomina malo, el LDL. Además, aunque a corto plazo con esta dieta se pierda más peso que con una equilibrada con reducción de calorías, a los 12 meses no hay diferencia.
[–>[–>[–>Pero volvamos a los efectos sobre el cerebro. La posible reducción de la epilepsia es la más estudiada. Hay bastantes pruebas que lo corroboran pero se ve que muy pocos la soportan. No es un tratamiento estándar aunque se debe valorar en los niños en los que no se controla la epilepsia con medicación. En cuanto a otras enfermedades mentales, la evidencia es anecdótica. Hay ensayos clínicos en marcha.
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Es lógico pensar que la dieta modifique la flora intestinal: un cambio en su medio favorecerá unas bacterias y perjudicará otras. En consecuencia, las sustancia que producen como consecuencia de su actividad vital serán diferentes. Y como en un organismo todo está interrelacionado lo que hacen nuestros microbios afectara al cerebro.
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[–>Carlos López Otín ha incorporado la disbiosis a los marcadores de envejecimiento, es el duodécimo. Según sus palabras: «Es la pérdida del equilibrio entre las células de un organismo humano y las células bacterianas, microbianas, en general, que lo habitan».
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Que hay una conexión bidireccional cerebro intestino no es decir nada nuevo: la hay con todos los órganos y sistemas. Lo interesante es cómo la microbiota la afecta. Todo indica que puede modificar la actividad del nervio vago, representante del parasimpático, mediante la producción de neurotransmisores o activando receptores específicos. Una actividad vagal elevada es la que se busca con la respiración profunda y la meditación. El estrés es lo opuesto: se inhibe mientras se estimula el simpático.
[–>[–>[–>El intestino es mucho más que un órgano digestivo: ahí reside 70-80% del sistema inmunitario. Si hay disbiosis, pueden liberarse citoquinas inflamatorias que acceden al cerebro modificando la función cognitiva y el estado de ánimo. Además, aproximadamente el 90% de la serotonina se produce en el intestino. Ya se sabe, el Prozac aumenta la serotonina en el cerebro. También sintetiza una buena parte de la dopamina, otra de las moléculas clave en la motivación y el placer. O el neurotransmisor GABA que ayuda a reducir la ansiedad. Y están los metabolitos, por ejemplo de la fermentación de la fibra en el intestino. Algunos, grasas de cadena corta, llegan al cerebro y pueden modular su actividad. En fin, esas bacterias que nos habitan influyen en la producción de hormonas como la grelina y la leptina, las que regulan el apetito y la saciedad o el cortisol, la hormona del estrés.
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Quizá la idea de que somos lo que comemos tenga más verdad de la que aparenta. No es que este o aquel alimento vaya a formar parte de nosotros, es que lo que comemos nos hace ser -o más bien estar- como lo hacemos.
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