Dile cosas bonitas
Tengo una amiga que cuida desde hace años a su padre enfermo de alzhéimer. No hay nada en ella que te haga pensar que un día lo vio de otra manera. Me emociona siempre lo que me cuenta, las fotos que me manda, su manera de sonreírle a lo que desde fuera sólo parece una adversidad. Me emociona ella, me conmueve su padre. Un hombre guapísimo de profundos ojos azules, que te mira como si volviera a ser el niño más atento de la clase. Supongo que querer a su padre no la hace buena hija. Pero ella lo quiere como si lo hubiera elegido, como si hubiera ido a buscarlo. Algunos días cantan, rompen páginas enteras de libros viejos, se abrigan de menos o se destapan de más. Y lloran a veces en el espejo.
[–>[–>[–>Ella me ha enseñado que cuidar a otra persona es llamarla guapa muchas veces al día y que todas las veces suene bien. Que cuidar es rezar con una palabra. Decir cosas bonitas. No cosas bonitas en medio de otras cosas. Sólo cosas bonitas. Que cada minuto sea más un baile que una batalla.
[–> [–>[–>Escuchaba ayer un diálogo un poco cursi, en una serie de la que ni siquiera recuerdo el título. Un chico perdido en fuegos artificiales le decía a su amor platónico: «—Pienso en besarte la mente muchas veces», «—A mi mente le encantaría», le contesta ella. Ojalá alguien te mire con ese pensamiento. Te quiera por dentro, te bese la frente.
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Existen muchos días malos para la gente que cuida de los demás, para los que se suprimen a sí mismos y se dedican por entero a mimar a otros. Todos nos hemos sentido así alguna vez. No son ataques de ansiedad, son ataques de vacío, ataques de que das y das y parece que nadie te ve, que nadie te cuida a ti. Estás tan normal, entretenida en cualquier ocupación y de repente llega, es como un soplo, como le pasaba a Demi Moore en Ghost cuando Whoopi Golberg entraba en su cuerpo para poseer durante un rato su mente. Y esa sensación, ese escalofrío repentino te deja por unos segundos sin nada, como si no tuvieras nada, como si fueras nada.
[–>[–>[–>Pero mi amiga no calcula y remonta. Ve en su padre otra cosa distinta, lo mismo que ven los enamorados cuando se miran aunque nadie los entienda. Sabe que le puede dar besos cada vez y que cuanto más lo haga, menos besos se le quedarán atrapados dentro. Y que los dos pueden contarse muchas cosas, de esas que tienen poco sentido. Y que con esos besos y ese contarse locuras no necesitan más.
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En una entrevista que le hicieron a Geraldine Chaplin ya de mayor, le preguntaron si seguía en contacto con Carlos Saura, con quien había mantenido una historia de amor en el pasado: «Tuvimos una relación muy íntima, ¿cómo voy ahora a verlo y tomar el té con él?, ¿qué le voy a decir?, ¿hola?». Me habría gustado decirle que sí, que para empezar un hola está bien.
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