Dilemas del cribado de cáncer
El médico se enfrenta con tres decisiones ante un paciente que acude a su consulta en busca de ayuda: qué enfermedad le afecta, cuál es su pronóstico y cómo se puede modificar favorablemente. Decisiones que tiene que tomar en un mundo de incertidumbre en el que se maneja con probabilidades. La certeza del diagnóstico es mayor cuantos más signos y síntomas confirmen esa hipótesis y descarten las que compiten por ser las verdaderas. Hay pruebas que son definitivas, o por eso se tienen. En la medicina tradicional, la anatomía patológica tiene mucha autoridad. En cáncer es obligada. Precisamente el cáncer es una de las enfermedades donde el pronóstico juega un papel grande en el acto médico. Siendo como es una enfermedad mortal, los tratamientos se esfuerzan por prolongar la supervivencia, no pocas veces en lograr la curación. Conocemos las estadísticas porque desde hace años en muchas países o regiones se recogen con mucho celo todos los casos de cáncer desde el diagnóstico y ese registro se cruza con la mortalidad. Sabemos cuántos años vive cada paciente. Solo queda compararlo con los años que viven sus conciudadanos. Es la supervivencia relativa que se hace a diferentes periodos, la más común a los 5 años. Por ejemplo, si se dice que una mujer de 80 años con cáncer de mama tiene una supervivencia del 90% a los 5 años, no quiere decir que el 90% vivirán esos 5 años, algo imposible a esa edad por el acoso del resto de las enfermedades, si no que respecto a la fracción de sus coetáneas que vivirán 5 años más, ella pierde el 10%. Y si fuera de pulmón, con supervivencia del 14% pues perdería el 86%. Pero no sabemos cuánto va a vivir el paciente que está en la consulta, algunos apenas, otros mucho.
[–>[–>[–>El pronóstico del cáncer, además del tipo o localización, depende fundamentalmente del estadio. De manera simplificada: local, que solo afecta al órgano o tejido, regional, que invade los ganglios o tejidos colindantes, y distante, que se encuentra cáncer lejos debido a las metástasis. Como es lógico, sin hacer nada, solo por la historia natural, el cáncer que se diagnostica en estadio local tardará más en hacer su labor destructiva que el que ya tuvo tiempo de realizarla: la supervivencia es acorde al estadio. Además, si está localizado, el tratamiento ha de ser más eficaz. Si es así, debería el sistema sanitario salir a buscar cánceres en personas asintomáticas para zanjar el problema cuanto antes. Es el cribado, así lo llamamos cuando se hace sistemáticamente, o la detección precoz si paciente y médico llegan al acuerdo de practicar una prueba que lo descubra. Evidentemente, basta con detectar antes para que ese paciente viva más años, independientemente de la utilidad del tratamiento realizado en ese momento. Para saber si la intervención terapéutica ha sido eficaz necesitaríamos conocer cuánto hubiera sobrevivido sin tratamiento. Imposible, no sería ético. Podríamos comparar la supervivencia entre los cánceres detectados precozmente y los que aparecen en la clínica. Pero los primeros solo por diagnosticarlos antes vivirán más, independientemente de la potencial eficacia del tratamiento en ese estadio. Así que la única forma no sesgada de conocer la eficacia del diagnóstico temprano es examinando la mortalidad. Y el banco de prueba es el ensayo clínico: comparar la mortalidad a los 5 o 10 años entre dos grupos de la misma población: a unos se les ofrece la prueba diagnóstica a otros cuidados ordinarios. En la práctica ocurre algo que nos incomoda: que en el grupo intervención no todos acuden a realizarse la prueba y en el control, de manera espontánea, algunos la hacen. Así que a uno le apetecería comparar la mortalidad entre los que se hicieron la prueba, o entre los diagnosticados gracias a ella, y los que en el grupo control no se hicieron la prueba. Porque lo que realmente queremos saber es la eficacia de la prueba. Pero si jugamos en el mundo de la probabilidad, eso está prohibido. Hay que comparar la mortalidad en uno y otro grupo independientemente de si se hicieron o no la prueba (o si se descubrió el cáncer gracias a ella). Es duro admitirlo, pero son las reglas del juego.
[–> [–>[–>Otra cosa es que queramos saber cómo se comportaron los cánceres entre los que aceptan participar en comparación con los que no aceptan: Si voy y tengo un cáncer qué ocurrirá. Pero ¿por qué no va la que no va o va la que va? Con esas reservas, el beneficio de la detección precoz se dispara. Si se reduce entre el 20% y o 30 % la mortalidad en casi todos los ensayos clínicos de cáncer de mama, en las que participan la reducción se duplica. Y cuando se estudia la mortalidad entre participantes según el número de veces que acudieron a realizar la mamografía, se observa que entre las que no faltaron a las dos previas al diagnóstico la mortalidad se reduce a la mitad comparada con las que asisten irregularmente.
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El mensaje está claro y es lógico, acuda a la llamada del sistema de salud para hacerse la prueba, sea mamografía o sangre oculta en heces para cáncer colorrectal o citología de cérvix. Los beneficios son grandes.
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