Dios invisible, y los fantasmas, a veces
Ya lo escribí: no soy literato, que sería mucho, siendo lo que soy, «casi nada». Ni literato de libros ni de Biblias, que éstas son historias de milagros y mitos, unos de hebreos y otros de cristianos, alguno maravilloso, con división en Antiguo Testamento, o libros en hebreo y alguno en arameo, y en Nuevo Testamento, o también libros, pero en griego. Escribí testamentos y muchos, que en nada se parecen a los de los judíos y cristianos, pues los míos fueron ya en tiempos de secularización, sin Yahvé ni Dios.
[–>[–>[–>Tiene mucho de magia, milagro o de arte de birlibirloque y abracadabrante, que lo escrito en un papel –un testamento– sea «la última voluntad del muerto» y con efectos a partir de su muerte, que eso lo dice el Código Civil con mucha presunción. El muerto, así, ya no se enterará de los tejemanejes de los vivos para burlar su voluntad. Nada de esa magia se podría hacer sin la gracia de la Fides, diosa femenina, residente en el Olimpo de Roma, que, por eso, fue llamada La Papisa y cuyos sacerdotes, siempre vírgenes, vistieron albo o in albis, como los ángeles.
[–> [–>[–>Cuando voy al Rastro, al del Campillín (Oviedo) y al del Molinón (Gijón), sufro al ver tantos libros con dedicatorias, casi de amor, pisoteados y esparcidos por los suelos, de autores vecinos, que lucharon para conseguir con «su literatura», una pizca de inmortalidad, por miedo a la muerte, a desaparecer. Un desaparecer de brutalidad terrorífica, en la que únicamente hay una disyuntiva: ser mordidos por gusanos que zampan todo, incluso los ombligos, encajonados los cuerpos en nichos sin luz, o bien arder, como arden las piñas, sin necesidad de ayuda de blancas pastillas, ideales para churrasqueiras portuguesas. Toda muerte es un escándalo y el responsable dicen que es Dios, por no «haber creado o criado» como es debido.
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Castilla del Pino, que escribió mucho y escuchó más por ser psiquiatra, sobre sensateces de locos y sandeces de cuerdos, lo tuvo, antes de morir, muy claro, pues dijo: «Escribir es no querer morir». Y eso lo dijo en su preciosa mansión de Castro del Río, entre las poblaciones cordobesas de Espejo y Baena, mientras bebía finos caldos de color del oro de la también cordobesa Montilla. El tremendista Cela, que hizo testamento como si no lo hubiera hecho, pues de nada le valió, y no le valió pues los jueces lo anularon, dijo estar de acuerdo con Castilla del Pino, pues, «la literatura –para el gallego- no es más que muerte». ¡Qué vergüenza lo del nulo testamento de Cela, que tanto se cachondeó de los notarios en «La Colmena» y del opositor a notarías, don Ventura Aguado!
[–>[–>[–>A las razones de siempre, para no ser literato, ahora añado una nueva: me da mucha vergüenza escribir un libro; y no explico los porqués. Sí que reconozco la influencia sobre mí del matemático, astrólogo y adivino, Diego de Torres, además truhán y torero, y fracasado cazafantasmas. Para ser tanto y tan diverso –caso de Don Diego– hay que pasarse y pasearse mucho: se pasó y paseó mucho el salmantino al insultar a los escritores, llamándoles «pajizos, tabacones, confusos y embadurnadores de una presunción pegajosa».
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Si por necesidad de inmortalidad tuviera un día que escribir un libro, el tema elegido sería, sin duda, sobre el azar, asunto de fondo vital y siempre actual, y de física cuántica, pues la vida –dicen unos– es una acumulación de azares que, como la exposición al sol, obliga a bajar párpados para evitar cegueras. Otros, por el contrario, gritan el «Inch´Allah» o «no hay azar, sólo Dios», con su Providencia que dicen fantasmal. El sabio Steiner, en uno de sus libros, consideró que el azar era «el casino o lotería de la supervivencia», atreviéndose a decir: «Era la lotería y tuve suerte, siendo Fortuna al azar favorable». Javier Sampedro, en su columna, escribió hace un año: «El azar os hará libres».
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[–>Los cristianos españoles deberíamos reconocer que fueron los árabes los que trajeron la palabra azar (zabr o flor), de ahí nuestro azahar que, como toda flor, es un genital, y que, como todo lo creado, bien animales, bien humanos, bien plantas, lleva el peso de los genitales, siempre tan pesados. Fue, por puro azar, haber leído como con un deslumbre de flash, lo siguiente: «Todo fantasma exige una presencia, hacerse ver». Y acaso lo de Dios también lo exigiera, para no dudar tanto. Lo entrecomillado está escrito en un pequeño libro o libreta, titulado «La belleza de lo figurado», de un pintor leonés, pero con nombre propio, Adolfo, y de apellido, Barthe, que recuerdan a un destacado asturiano, Barthe Aza, que llegó a presidir la Caja de Ahorros de Asturias, en un tiempo pasado –antes de los años noventa del pasado siglo– y que, para llegar a ello, había que tener honra, honradez y todo lo demás.
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A.- La imaginación o fantasía produce monstruos:
[–>[–>[–>A raíz de lo del libro del párrafo anterior, como por arte de brujería, se vieron fantasmas grotescos o duendes, todos presentes y por doquier; los importantes papeles secretos y sus secantes fueron agitados por manos de esqueletos y volaron por los aires, cayendo junto a un piano, cuya cola negra parecía una enlutada góndola veneciana. Al fondo del corredor, resonante por las maderas viejas de un tétrico pasillo y forrado con hules encerados, en un piso de la calle Campomanes, aparecieron sombras, temblando la mortecina luz de los velatorios, oyéndose el arrastrar cadenas, y viéndose caras blancas y espectros. En el arca del pasillo, junto al teléfono de cuatro números (4003), se oían ruidos misteriosos y cantos lúgubres, ruidos que se unían a los de las tormentas con relámpagos y truenos. Llamaron a través del timbre, y se mal pensó en monstruos llegados, no y no; resultaron ser dos Hermanitas de Ancianos Desamparados, del convento próximo en González Besada, tan ricamente vendido después. Las pías Hermanitas pedían para los pobres y regalaban un ejemplar de «El pan de los pobres». Y los fantasmas se hicieron presentes por la imaginación y fantasía.
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B.- «El sueño de la razón produce monstruos» (Goya):
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Dio para pensar mucho el grabado 43 de la serie «Los caprichos de Goya». También la razón, producto del cerebro humano, al igual que la imaginación, la fantasía y los sueños. ¡Qué gran bobada fue la pretensión de los ilustrados del siglo XVIII para que todo fuese razón! ¡Qué gran bobada fue la pretensión de los románticos del siglo XIX y literatos góticos para que todo fuese fantasía! Y los fantasmas se hicieron presentes por patologías y sueños de la razón, incluso por afán de hurgarse y purgarse haciendo ejercicios espirituales, exámenes de conciencia y meditaciones. Eso puede llegar a ser vicioso, enfermizo y vía para una segura depresión por atrofia egoísta del yo.
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Y por la gracia de un fantasma, «El fantasma de Canterville» (Oscar Wilde) aprendí inglés. Tuvo arte en ello el buen profesor Chamorro, padre del actual presidente del TSJA, Jesús Chamorro, compañero y superior. La Academia del profesor Chamorro estaba en la calle Cervantes, arriba, cerca de la Avenida de Galicia. En la enseñanza de lenguas modernas en aquel Oviedo, hubo muchas extravagancias: acaso la más sonada ocurrió en los Maristas de Santa Susana, pues el manual de francés, en el 4º de bachillerato, era un ejemplar, en francés, de la horrible revista norteamericana Selecciones del Reader’s Digest.
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