Doñana más allá del parque nacional: caminatas, bici o paseos a caballo | Escapadas por España | El Viajero
Hay un rincón de la costa onubense donde cada día se vive un pedacito de verano. No importa si hace frío, invierno o mar embravecido. Está en una playa muy, muy larga, al lado de una antigua torre dorada al pie de la cual sucede todo. Hay pescadores que recorren la costa a toda velocidad en bicicletas eléctricas de ruedas anchas. Hay sesiones de fotos en las que los novios parecen decir “Sí, quiero”, mientras las novias mojan sus vestidos en sal. Hay nadadores atrevidos -o no- que aprovechan las olas. Y aquellos que prefieren la tranquilidad de la arena llena de conchas para vivir aventuras entre las páginas de un libro. También jinetes y amazonas que, por puro pasatiempo, montan a caballo en un impresionante atardecer a un paso del Parque Nacional de Doñana, territorio del lince ibérico.
La Torre del Loro, llamada comúnmente, es una antigua torre de vigilancia construida en el siglo XVI, declarada Bien de Interés Cultural y ya en ruinas. Es el corazón de esta parte de la costa onubense, ya que sirve casi como punto intermedio de 27 kilómetros de playa prácticamente virgen entre las localidades de Mazagón y Matalascañas. Es un lugar que sorprende por el color de la arena. También es por las heridas creadas por el agua y el viento en los acantilados de Asperillo que un sistema de dunas fósiles fue declarado Monumento Natural. Se extiende sobre 12 hectáreas que se elevan hasta cien metros en tonos naranja, blanco, amarillo y negro, que corresponden a los materiales que lo constituyen desde hace 15.000 años. «La sensación de caminar junto al mar sin ver prácticamente a nadie es increíble. Y subir a los miradores sobre los acantilados es un espectáculo, bonito, un atractivo muy fuerte», confirma Alejandro Écija, de 47 años, granadino.

Licenciado en biología, Écija recorre este ecosistema casi a diario con las excursiones a caballo que organiza con su empresa Arte Andaluz, fundada en 2004. “En invierno no se puede nadar, pero el paseo es agradable todos los días del año”, subraya, que ofrece numerosas excursiones por Doñana, como las que pueden durar entre dos y cinco días desde los pinares de Aznalcázar hasta Mazagón, siguiendo en parte el camino trazado por la Hermandad de Huelva. hacia El Rosée. “Es hermoso”, dijo. Eso sí, cabe destacar que la ruta estrella es la que discurre por la playa al atardecer. En primer lugar por el paisaje y, en segundo lugar, porque es accesible a todo el mundo, incluso si nunca ha montado a caballo. “Se necesitan dos horas y no es necesaria experiencia previa”, subraya.

Los recorridos parten desde sus instalaciones, ubicadas junto al cámping Doñana, un clásico. Es enorme y dispone de todo tipo de alojamiento: desde plazas para acampar o aparcar la caravana hasta barracones, pasando por distintos tipos de cabañas o casas prefabricadas. el área de glampinggestionado por Kampaoh, y donde hay tiendas de campaña de hasta 24 metros cuadrados con capacidad para seis personas y el lujo de un hotel: toalla, vajilla, kit de limpieza o incluso una nevera. En invierno también hay edredones y calentadores. Ofrecen un descanso más cercano a la naturaleza, al abrigo de los pinos en cuyas ramas revolotean las urracas. Más que suficiente para servir como sede y punto de partida para explorar un entorno alejado del cemento y el hormigón, pero con las facilidades que ofrece un lugar con multitud de instalaciones de ocio y acceso directo a la playa, de fácil acceso a pie.

Sepa donde moverse
“Más allá del verano aquí ya casi no hay nadie”, reconoce Antonio D. Martín, secretario de la asociación Parque Dunar, fundada en 2017 en Matalascañas por un grupo de senderistas y voluntarios que realizan actividades medioambientales y recuperan zonas abandonadas. «Es un ecosistema increíble: hay dunas, playas, linces, observatorios. De todo», afirma Martín, que recomienda visitar el Palacio del Acebrón, un centro de visitantes de la Junta de Andalucía que muestra cuál ha sido la relación entre el hombre y el medio natural: desde las dificultades de la vida en las marismas hasta los oficios tradicionales. También es el punto de partida de un sendero de apenas dos kilómetros, ideal para familias, que se adentra en un bosque de galería. Un espacio similar es el centro El Acebuche, que cuenta con restaurante y ofrece información y paseos -hay diferentes opciones para recorrer hasta siete kilómetros- junto a varias lagunas, con diferentes miradores para observar pacientemente las aves acuáticas. A veces mucho, porque a pesar de las últimas lluvias, todavía están secos.

En invierno se pueden contemplar enormes grullas -más grandes que las cigüeñas- o especies únicas como el pato y la focha piedra, una rareza en España. También la cerceta gris, el pato más amenazado de Europa. “El acceso a zonas restringidas con permiso es muy recomendable, pero para ver aves y linces lo mejor son lugares públicos como este”, explica Manu Mojarro, de 45 años, de Huelva. Licenciado en ciencias ambientales por la Universidad de Huelva, desde 2012 dirige Wild Doñana, empresa que ofrece rutas de senderismo, observación de fauna y fotografía. “Por supuesto, hay que saber dónde moverse”, explica el especialista, quien afirma que ese es uno de los grandes factores para tener suerte en la observación. “La otra es la casualidad”, advierte. Dice que una de las especies más emblemáticas es el águila imperial ibérica, de la que apenas quedan una decena de parejas en este territorio. Descubrirlo es de hecho una de las grandes recompensas para quienes participan en los safaris fotográficos que organiza con su equipo, en los que también aportan información sobre la vegetación, el paisaje, la historia y la cultura local. También cuentan con rutas que surcan los bosques mediterráneos en busca de linces. “Donde más hay es cerca de El Rocío”, afirma.
Otra de las rutas que más gustan a Mojarro es la que cruza la Laguna del Jaral, que comienza en la carretera entre Matalascañas y Mazagón para subir a una duna fósil. “El paisaje es muy potente”, subraya. Pero últimamente se llena raramente: sólo una vez en los últimos 20 años, a pesar de las intensas lluvias del año pasado o del pasado mes de febrero, que al menos mejoraron las reservas de la zona y beneficiaron a un gran número de aves migratorias. De hecho, en enero se registraron cerca de 300.000 ejemplares, cuatro veces más que en 2024. “A medida que avance la primavera, la explosión de vida será increíble”, afirma el especialista. Unos kilómetros más adelante se encuentra otro lugar de interés, la Cuesta de Maneli, a la que se puede acceder en coche por la A-494 o tomando el carril bici paralelo, de 17 kilómetros de longitud, que permite recorrer buena parte del territorio sin dificultad ni miedo al tráfico.

Sea cual sea el vehículo, deberás dejarlo en el aparcamiento para continuar a pie por pasarelas de madera que ofrecen un panorama único de dos mares. Un azul, el Atlántico. Y otra verde, de pinos. El paseo de 1,3 kilómetros, que transcurre por una zona quemada en los incendios de 2017, finaliza junto a la playa, donde es fácil avistar charranes, gaviotas, chorlitos y correlimos. Junto a un precioso mirador, unas empinadas escaleras descienden hasta la orilla para volver a sentir el verano cualquier día del año.
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