donde el dolor no detiene la vida
«Los muertos hay que recogerlos –si se puede–, enterrarlos y seguir viviendo y seguir luchando». Estas fueron las palabras de una madre a quien le habían asesinado a un hijo el pasado mes de diciembre. Tenía cuarenta y dos años y dejaba un bebé de apenas un mes. Un año antes, esa misma madre había recibido los restos de otro de sus hijos, asesinado en 2017 cuando tenía tan solo catorce años.
[–>[–>[–>Estábamos en el departamento del Guaviare, visitando las comunidades campesinas. Hasta allí habíamos llegado una parte de la Delegación Asturiana de Verificación de Derechos Humanos, que cada año -desde hace veintidós-, viaja a Colombia con el objetivo de acercarse a los territorios más afectados por el conflicto, donde quienes defienden los derechos humanos viven bajo el impacto de una violencia persistente. La labor de la delegación consiste, ante todo, en escuchar a los líderes y lideresas de las comunidades, recoger sus testimonios y trasladar a las instituciones la realidad de la violencia, vulneraciones y atropellos que sufren, especialmente en el ámbito rural.
[–> [–>[–>Al día siguiente de llegar a Bogotá, nos trasladamos cuatro personas y el chófer a un lugar, cuyo nombre voy a obviar por razones de seguridad. Inconscientes de que estábamos atravesando una zona peligrosa, disfrutamos del largo trayecto contemplando la exuberancia de la naturaleza y la belleza de los paisajes, ajenos totalmente a que estábamos atravesando parajes complicados. Cuando llegamos a destino, después de siete horas de viaje, compartimos la comida con las comunidades que habían tenido reunión esa mañana. Una mujer se acercó a mí, me acompañó mientras comía y me contó su historia. Su mirada, opacada por la tristeza, contrastaba con la rotundidad de sus palabras. No hablaba desde la resignación, sino desde una lucidez que nacía de un dolor muy profundo. En su discurso no había retórica, solo la verdad desnuda y la expresión de la vida atravesada por la violencia.
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Me impresionó profundamente su determinación de seguir luchando. A pesar de haber perdido a dos hijos, tenía claro que debía defender sus derechos. Era ese mismo impulso el que la sostenía y la empujaba a seguir adelante, traspasando un umbral que, para muchas personas en otros contextos, resultaría sencillamente insoportable.
[–>[–>[–>No era la primera vez que me encontraba con quienes han perdido a seres queridos o han sufrido en su propia piel las consecuencias de un país que se desangra en silencio. Y, sin embargo, hay algo que se repite con una fuerza casi incomprensible: una voluntad firme de continuar, de resistir, de seguir trabajando para que, algún día, la paz deje de ser un anhelo y se convierta en la norma en un territorio demasiado habituado a convivir con la muerte.
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Colombia es un gran país que padece un conflicto armado desde hace demasiados años y del que conocemos muy poco. Más allá de las zonas turísticas blindadas con un acuerdo que permite la seguridad, existen muchos lugares en los que la violencia campa a sus anchas. El problema fundamental -como en el caso de todos los países que sufren conflictos enquistados- es la riqueza en materias primas que interesan a todos aquellos que se quieren enriquecer con ellas. En el origen de todo ello están las élites que quisieron acaparar las tierras y adueñarse del poder económico, político y militar, creando una estructura que facilitaba el despojo y la impunidad. Esta apropiación indebida provocó que inmensas extensiones de terreno se acumularan en unos pocos, mientras multitud de campesinos se veían despojados de ellas. En los años 90 las multinacionales, incluido el narcotráfico, llegaron a Colombia de forma masiva y contribuyeron al desalojo de grandes territorios, provocando tensiones sociales, que se intentaron resolver con reformas agrarias, pero los poderosos sabotearon esta iniciativa, provocando un crecimiento de la pobreza y de la exclusión social.
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[–>En 1999 se creó el Plan Colombia, un acuerdo con el Gobierno de EE UU, durante los mandatos del colombiano Andrés Pastrana y el estadounidense Bill Clinton. Este plan terminó siendo un fracaso que provocó el desalojo de millones de campesinos que huyeron a Bogotá a buscarse la vida.
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Colombia transmite la imagen de un país democrático, pero mantiene en su estructura un alto grado de violencia que se fundamenta en el uso indiscriminado de las armas, en la desigualdad y en la exclusión social con falta de acceso a servicios básicos de salud y educación. Es uno de los países del mundo más afectado por el narcotráfico y uno de los más violentos. Todas las personas que defienden derechos, ya sean laborales, territoriales, humanos o medioambientales son perseguidos, asesinados, masacrados o desaparecidos. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos documentó el asesinato de 99 defensores en el año 2025, 63 casos de masacres con 207 víctimas y 96.400 desplazamientos forzados, amén de multitud de reclutamientos forzosos de niños y niñas.
[–>[–>[–>Los grupos armados y organizaciones criminales ejercen sus estrategias de control mediante el ejercicio de la violencia, sobre la población civil y, de manera especial, sobre los Pueblos Indígenas y las comunidades campesinas y afrodescendientes. Su objetivo es promover la creación de nuevas organizaciones que les permita defender sus intereses sobre las tierras y sus recursos.
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En este contexto de conflicto cronificado es importante destacar el papel de las mujeres. Ellas han experimentado en sus propias carnes las dificultades y las secuelas de la violencia y, muchas de ellas, han tomado la iniciativa para liderar procesos de paz y de reconstrucción social, aportando una visión crítica que tiene en cuenta, tanto las causas como las consecuencias.
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El gobierno actual intenta eliminar la corrupción en la policía y los militares y trata de promover los cambios necesarios para poner en valor algunos derechos, pero la falta de apoyo mayoritario en el congreso bloquea estos intentos.
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La XII Delegación Asturiana de Verificación de Derechos Humanos visitó las regiones de El Cauca, Valle del Cauca, Eje Cafetero, Norte Santander, Guaviare y Meta. Lo que nos han transmitido las personas con las que hablamos es que, se teme un recrudecimiento de la violencia en los próximos meses, antes del cambio de gobierno. Se estima que los grupos armados, guerrillas, disidencias y grupos paramilitares, realicen una ofensiva de gran alcance.
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Para el gobierno de Colombia sigue siendo un desafío generar una acción más articulada que permita implementar la ansiada paz para todo el pueblo colombiano.
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