Edgar Morin y el pensamiento complejo anticiparon la policrisis del siglo XXI
La desaparición de Edgar Morin, fallecido hoy en París a los 104 años, cierra una de las trayectorias intelectuales más singulares del último siglo. Intentó reformar a la vez la forma de conocer, la organización de los saberes y la comprensión de un mundo cada vez más interdependiente.
[–>[–>[–>Con la muerte de Edgar Morin se cierra un largo ciclo intelectual: una obra que atraviesa la física, la biología, la sociología, la epistemología y la ética, sostenida por una misma convicción, la de que el pensamiento heredado de la modernidad ya no basta para describir lo real.
[–> [–>[–>La comparación con Sartre puede servir de orientación. Si Sartre fue, en buena medida, el gran filósofo del sujeto en la Francia del siglo XX, Morin trabajó en otra dirección: para Sartre, el sujeto era el punto de partida absoluto; para Morin, es apenas un nodo dentro de una infinita red de bucles biológicos, sociales e históricos. Sartre apuntaló el existencialismo; Morin construyó el edificio del pensamiento complejo. Su lugar está más cerca de la cibernética, la teoría de la información, la teoría de sistemas y la termodinámica del no equilibrio que de la gran tradición fenomenológica que inspiró a Sartre.
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El Método
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Ese desplazamiento cristalizó en La Méthode, publicada entre 1977 y 2004 en seis volúmenes, la obra central de toda su trayectoria. Allí formuló tres principios que resumen bastante bien su planteamiento. El primero es el principio dialógico: hay realidades que solo se dejan pensar si se aceptan a la vez términos antagonistas y complementarios, como orden y desorden, autonomía y dependencia, individuo y sociedad. El segundo es el principio de recursividad organizacional: los efectos actúan sobre sus propias causas y las rehacen. El tercero es el principio hologramático: en ciertos sistemas, el todo está presente en cada parte, como el patrimonio genético en cada célula o la cultura en cada individuo.
[–>[–>[–>La Méthode aplica esos principios, considerados reglas de trabajo, a distintos planos: la materia, la vida, el conocimiento, las ideas, la condición humana y la ética. De ahí su carácter poco habitual: no es un tratado de filosofía en sentido clásico, ni una teoría sociológica más, ni una incursión literaria en la ciencia (esta era la singularidad inclasificable de Morin), sino un intento de reorganizar el conocimiento cuando las disciplinas empiezan a mostrar sus costuras.
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Ese esfuerzo tuvo también una traducción pedagógica. En Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, elaborado para la UNESCO, Morin defendió que la enseñanza debía afrontar los errores del conocimiento, la condición humana, la identidad terrestre y la incertidumbre. Proponía una corrección educativa de fondo: si el mundo está tejido por relaciones múltiples, no tiene sentido seguir educando como si los saberes vivieran aislados unos de otros.
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[–>Originalidad secular
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El contexto científico ayuda a entender la originalidad del proyecto. En el texto “A new way of thinking”, publicado por la UNESCO, Morin explica que la complejidad es una respuesta a los límites del paradigma simplificador. Por eso su trabajo dialoga con Shannon, Wiener, von Neumann, von Foerster o Prigogine (todos pioneros de la complejidad), pero no desemboca en la misma dirección que la complexity science anglosajona. Mientras esta se consolidó en espacios como el Santa Fe Institute, con un fuerte peso de la modelización matemática y computacional, Morin puso el acento en otra cuestión: qué significa conocer cuando el observador forma parte de aquello que observa.
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Ahí está también una de las razones de su desigual impacto social. En Europa continental y en América Latina, Morin encontró lectores en educación, sociología, psicología, urbanismo o pensamiento político, y su figura llegó a ser vista como la de un “maestro universal”, en expresión de la propia UNESCO. En el mundo anglófono, en cambio, su presencia fue tardía y parcial. La mayor parte de La Méthode sigue sin traducción inglesa completa, y su nombre quedó fuera del circuito (la “French Theory”) que convirtió a otros autores franceses, como Foucault o Derrida, en referencias estables de la academia estadounidense. Incluso libros recientes como The Challenge of Complexity, editado en 2022, se presentan todavía como un intento de acercarlo a lectores angloparlantes.
[–>[–>[–>La ironía es que uno de sus conceptos sí ha acabado circulando mucho más que su obra. La policrisis, formulada por Morin desde los años noventa, nombra la interacción entre crisis ecológicas, económicas, sociales, políticas y civilizatorias que se alimentan entre sí. El término ha pasado al lenguaje de historiadores, analistas internacionales y organismos globales. En 2024, el propio Morin seguía usándolo para describir el momento contemporáneo.
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Legado abierto
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Su legado, en todo caso, no deja un sistema cerrado. Morin planteó la necesidad de una reforma del pensamiento, pero dejó abierta la cuestión de cómo trasladarla a instituciones científicas y educativas que siguen funcionando a partir de la fragmentación del saber. También dejó sin desarrollar muchas de las preguntas que hoy dominan el escenario tecnocientífico: la inteligencia artificial, la computación a gran escala, las redes digitales, el poder infraestructural de las plataformas.
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Aun así, su trabajo conserva algo esencial. Frente a una parte de la ciencia de la complejidad volcada en simular, calcular y optimizar sistemas, Morin insistió en que conocer implica siempre reflexividad, incertidumbre y responsabilidad. No resolvió todos los problemas que dejó abiertos. Pero ayudó a formular mejor la pregunta de fondo todavía sin resolver: qué tipo de conocimiento hace falta para vivir en un mundo que ya no se deja reducir a esquemas simples.
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