El alocado paisaje de la Hoya de Guadix, un desierto en la provincia de Granada como el de Arizona | Escapadas por España | El Viajero
La llamaron «la tierra roja» por los viajeros románticos del siglo XIX, esos intelectuales europeos que, en busca de un exotismo apasionado que atenuara la frialdad industrial, encontraron en el sur de España una sensibilidad que iluminaría la mitificación de lo andaluz. Aquí, en este paisaje quebrado que se extiende al noreste de la provincia de Granada, en esta abrupta depresión geológica moldeada por los vientos y el agua, se les reveló el misterio a través de este suelo arcilloso y cobrizo que contrastaba con la blancura de los pueblos.
Hoy en día se la conoce como Hoya de Guadix y es una cuenca rodeada por la cadena montañosa de Sierra Nevada. Una cuenca nacida de un antiguo lago, que revela las cicatrices de una época que se remonta al Cuaternario. La tortuosa orografía que dibujan las montañas se debe a la extrema erosión de las rocas sedimentarias. páramosestos páramos (malas tierras) formados por barrancos, barrancos, cañones y afiladas crestas que se extienden entre las poderosas cumbres béticas. Vistos en su conjunto, fácilmente podrían pasar por el lejano oeste americano.
“Más que esta belleza típica del desierto de Arizona, lo importante es que el lugar ha captado cada periodo evolutivo por capas, de modo que aporta información sobre la evolución del hombre hacia lo que somos hoy”, explica Goyo Garrido, guía de montaña, al borde de esta inmensidad donde también los colores se superponen, como sacados de una paleta gigantesca. Es precisamente este valor geológico el que (junto con la Hoya de Baza) le valió la declaración de Geoparque Mundial por la UNESCO en 2020.

Poco se sabe de la existencia de estos lugares duros y tortuosos donde el viento azotador levanta nubes de polvo mientras la mirada se pierde en el desierto. Sin embargo, este enclave, que fue punto de encuentro histórico y cruce de caminos antiguos, albergó uno de los asentamientos humanos más antiguos de la península. Así lo demuestran los restos megalíticos de la mayor concentración de dólmenes de Europa (alrededor de 240 ejemplares), que descansan en el valle del río Gor.
Hay muchas formas de vivir la Hoya de Guadix gracias a empresas como Goyo Garrido, que ofrece rutas de senderismo y bicicleta, visitas a yacimientos arqueológicos, observación de estrellas e incluso paseos en globo aerostático al amanecer, justo cuando el sol revela de repente esta maravilla natural. Pero la mayoría de viajeros optan por hacerlo en un vehículo 4×4, ideal para evitar terrenos accidentados.
Así accedemos a monumentos como el mirador del Fin del Mundo, en Beas de Guadix, una atalaya natural desde la que contemplar las laderas que, en un ejercicio de verticalidad, se precipitan hacia el valle del río Alhama. O en Los Coloraos, en Gorafe, donde intensos tonos rojos y ocres conforman un paisaje que cambia de piel con el paso de las horas. La belleza es insuperable a medida que avanza el día y el sol cubre y descubre los barrancos, mientras los picos nevados aparecen en el horizonte.

Viviendo en las entrañas de la tierra.
Más allá de esta explosión de formaciones geológicas, la Hoya de Guadix se caracteriza por la conservación del modo de vida más arcaico: vivir en cuevas excavadas en los cerros. En una región que alberga el mayor complejo de cuevas habitadas del continente, existe una verdadera prisa por volver a los orígenes, como lo demuestra la creciente rehabilitación de cuevas en estos tiempos en los que la vida está consumida por la tecnología frenética. Las cuevas de Kabila, en Benalúa, son las últimas llegadas. Tres cuevas transformadas en hotel comercio en las entrañas de la tierra, donde el silencio y la temperatura (fresca en verano y cálida en invierno) garantizan un descanso absoluto.

El deseo de recuperar esta arquitectura vernácula no se refiere sólo a los alojamientos, sino también a las bodegas, los restaurantes, los museos… Incluso hay funerarias y supermercados moldeados al abrigo de esta arcilla, gracias a la cual la industria alfarera fue, durante siglos, un potente motor económico. Actualmente prácticamente no existen talleres como el de Pepe Balboa, que sigue elaborando sus piezas con este barro local que ya utilizaban los romanos y cuyo uso, afirma, «desgraciadamente está amenazado por el auge del plástico y el acero inoxidable».
Son las ciudades que descansan sobre una topografía compleja las que dan el valor humano a la región. Pueblos como Purullena, con otro precioso mirador y calles que serpentean entre barrancos; Marchal, a quien el escritor granadino Carlos Ajenjo llamó “la perla de Alhama”; y Cortés y Graena, que, además de ser un importante balneario en funcionamiento desde época nazarí, conserva una bella disposición de cuevas (casi) sin construcciones modernas. Otras más grandes, como Guadix, se distinguen por su magnífica catedral y una ciudadela del siglo XI que domina el valle.
De las raíces también está arraigada la gastronomía del lugar, caracterizándose por su fuerza y origen humilde. Es tierra de almendros y melocotones, de aceite y vino, de quesos y dulces. Un pan exquisito que tiene su mayor embajadora en la panadería artesanal María Diezma, en Benalúa, donde tres generaciones de una familia trabajan desde 1939 en la producción ecológica con masa madre y horno de leña, recuperando variedades de trigo milenario y también innovando con ingredientes como la cúrcuma y la algarroba.

Las gachas con arenque o tocino, el choto con ajos y almendras y el cordero segureño a la plancha o guisado son algunos de los platos estrella de la Hoya de Guadix, siempre regados con el vino de altura de la zona. Delicias que no te puedes perder en restaurantes como La Cueva, en Purullena, o La Tinaja, en las afueras de Guadix, que capturan la esencia de uno de los rincones más sorprendentes de Andalucía.
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