El apoyo a Trump empieza a resquebrajarse entre sus bases en su primer año tras su regreso a la Casa Blanca
Un año después de su regreso a la Casa Blanca, el respaldo a Donald Trump sigue siendo mayoritario entre los suyos, pero ha perdido firmeza. No se trata de una ruptura ni de un vuelco electoral inmediato, sino de una adhesión más frágil, menos automática, que empieza a mostrar fisuras cuando se contrasta con la realidad cotidiana y con una agenda presidencial cada vez más cargada.
[–>[–>[–>Ese desajuste se hace visible en la forma en que el bolsillo queda relegado frente a una política exterior que gana protagonismo —con Venezuela como emblema— mientras el malestar por los precios sigue sin respuesta clara. En paralelo, la crisis de confianza asociada al caso Epstein permanece abierta: no monopoliza la atención pública, pero tampoco se diluye, y actúa como un ruido de fondo persistente dentro de la propia coalición trumpista.
[–> [–>[–>Economía doméstica
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El continuo aumento del coste de vida se ha convertido en el principal lastre de Trump. Según una encuesta de AP, solo el 31% de los estadounidenses aprueba cómo está gestionando la economía, nueve puntos menos que en marzo y el nivel más bajo registrado para Trump en este sondeo en cualquiera de sus mandatos.
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De hecho, Trump se ha burlado de esa frustración popular: «Tienen una nueva palabra. Ya sabes, siempre tienen un engaño. La nueva palabra es asequibilidad», dijo en diciembre. Sin embargo, apenas unas semanas después, el presidente parece intentar corregir el rumbo, presentando datos macroeconómicos como signo de mejora, algo que ya intentó su predecesor, Joe Biden, sin éxito.
[–>[–>[–>Manifestación en Colombia contra la intervención en Venezuela del presidente estadounidense Donald Trump, el miércoles 7 de enero de 2026 / AP Photo/Santiago Saldarriaga
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La aprobación de Trump también baja en los temas que él vendió como cruciales en su campaña de reelección y la aprobación baja 10 puntos tanto en la gestión de la inmigración (ha pasado del 49% al 38%) como del crimen (pasa del 53% al 43%).
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Aun así, su popularidad a nivel general (se sitúa en el 36%, seis puntos menos que en marzo) cae menos que la percepción de cuán bien lo está haciendo en los temas que más preocupan al votante. Es decir, la simpatía por el personaje hace más resiliente al presidente que su eficacia como mandatario.
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[–>Dentro del Partido Republicano, la erosión es más contenida, pero real. El 69% de los republicanos aprueba su gestión económica, frente al 78% de marzo. En las entrevistas alrededor de las encuestas, los votantes que siguen apoyando a Trump describen sin embargo cómo su economía doméstica no encaja con el relato oficial de que la economía estadounidense está volviendo a florecer, aunque le brindan más tiempo al presidente para llevarlo a cabo.
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Venezuela o la cesta de la compra
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Ese malestar doméstico convive con un giro estratégico que explica por qué gran parte del universo MAGA no percibe necesariamente una contradicción entre el ‘América primero’ y la operación en Venezuela. En esta fase, el lema se interpreta menos como aislacionismo y más como control de esfera: Estados Unidos debe mandar en su hemisferio y actuar con contundencia cuando invoque el interés nacional.
[–>[–>[–>Bajo esa lógica, la operación en Venezuela se presenta como una acción legítima de interés nacional: si la presión diplomática o económica no basta, el uso de la fuerza se normaliza siempre que pueda mostrarse como rápido, que parezca una victoria militar fácil de vender, sin bajas estadounidenses ni imágenes caóticas. Trump lo expresó sin matices —»a MAGA le encanta todo lo que hago»—, pero las grietas afloran cuando el mensaje se desordena.
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Tras sugerir que EEUU «dirigirá» Venezuela durante un tiempo y no descartar «botas sobre el terreno», el secretario de Estado, Marco Rubio se vio obligado a matizar que no habría tropas estadounidenses en suelo venezolano, una corrección que reveló el delicado equilibrio entre épica exterior y temor a una implicación prolongada.
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Primeras críticas internas
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La voz más crítica ha sido la de una excongresista republicana, Marjorie Taylor Greene, que ha pasado de ser una prominente aliada de Trump a renunciar a su escaño por desavenencias con el presidente. «Se trata del mismo guion de Washington del que estamos tan hartos y cansados, que no sirve al pueblo estadounidense», dijo a la NBC, y añadió: «La Administración Trump hizo campaña con el lema ‘Hagamos América grande otra otra vez’, que pensábamos que ponía a Estados Unidos en primer lugar. Quiero que la política interior sea la prioridad que ayude a los estadounidenses a costearse la vida después de cuatro desastrosos años de la Administración Biden».
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El ideólogo de ‘Hagamos América grande otra vez’, Steve Bannon, que fue jefe de estrategia de la Casa Blanca y aún continúa siendo una persona influyente en los círculos ultraconservadores, también ha rechazado abiertamente la entrada en Venezuela. «La falta de encuadre del mensaje sobre una posible ocupación tiene a la base desconcertada, si no enfadada», dijo Bannon, que se preguntó si no evocaba el «fiasco de Irak bajo Bush«, un precedente muy presente en el imaginario estadounidense.
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Epstein y la grieta de la confianza
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Mientras tanto, se sigue proyectando sobre Trump la sombra del escándalo de Jeffrey Epstein, el magnate pederasta que tramó una red de abusos de hombres poderosos sobre mujeres jóvenes y menores en su mansión de lujo.
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La Cámara de Representantes, controlada por los republicanos, aprobó una medida para forzar la publicación de archivos sobre el caso del Departamento de Justicia tras meses de resistencia del propio Trump. El giro llegó cuando incluso aliados cercanos se volvieron críticos. El episodio no ha quebrado el apoyo republicano, pero sí lo ha debilitado en un terreno sensible: la transparencia.
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Una amplia mayoría de estadounidenses, incluidos muchos votantes republicanos, cree que el Gobierno oculta información sobre la muerte de Epstein y sobre quiénes estuvieron implicados. No es el tema que más votos mueve, pero sí una herida entre una base ultraconservadora y religiosa a la que no gustan los escándalos sexuales.
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Por ahora, el apoyo aguanta. Pero entre un bolsillo que aprieta, una política exterior que compite por la atención y una crisis de confianza que no termina de cerrarse, el trumpismo entra en 2026 menos blindado de lo que estaba hace un año.
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