El asesinato de un alto cargo de un partido cristiano eleva los temores al estallido de la violencia interna en el Líbano
Pierre Moawad, Roula Mattar, Georges Soueid, Pierre el Rahi, Flavia Moawad, Elie Soueid… Son muertes con nombre propio, reivindicadas en un mar de víctimas anónimas. Son libaneses cristianos asesinados por las bombas que arrasan con la comunidad chií. Su excepcionalidad va menguando a medida que los ataques israelíes atacan zonas fuera del control de Hezbolá y, por lo tanto, con población no chií, como ellas. El ataque de este domingo que ha matado a un líder de las Fuerzas Libanesas, unas de las formaciones cristianas más importantes del Líbano, radicalmente anti-Hezbolá, ha vuelto a despertar los fantasmas de la violencia interna que tanto daño ha hecho a este país.
[–>[–>[–>«El problema de esta guerra es que no sabemos quién se está escondiendo entre nosotros«, denuncia Tony, que regenta una pequeña papelería en el barrio cristiano de Ashrafiye en Beirut. Sin embargo, vive una plácida y tranquila vida en las colinas al este de la capital libanesa, en la aldea de Ain Saade, una ciudad mayoritariamente cristiana. Este domingo su paz se vio sacudida. A apenas un centenar de metros de su casa, tuvo lugar un doble ataque israelí de precisión. Pierre y Flavia Moawad murieron en su propia casa, junto a su vecina Roula Mattar que había venido a tomar café. Era la primera vez que esta aldea era objetivo israelí desde el inicio del conflicto en 2023. «Por suerte, hay un valle que separa mi casa de esa zona», celebra en declaraciones a este diario.
[–> [–>[–>Los Moawad murieron donde vivieron, en el ala este de un edificio de cuatro pisos dentro del «complejo maronita«, un proyecto de vivienda social construido por la Iglesia para familias de bajos ingresos. Pierre era el jefe de la oficina de las Fuerzas Libanesas en Yahshush, en la región montañosa de Kesrouan. Su muerte ha despertado mucha suspicacia por la metodología israelí, propia de un asesinato selectivo normalmente dirigido a miembros de Hezbolá o de la Guardia Revolucionaria iraní, y la ausencia de víctimas mortales de la comunidad chií entre el balance final, que podría indicar que los Moawad habían sido víctimas colaterales. Pero, sobre todo, hay mucho enfado e indignación entre los cristianos del Líbano. Sienten que han sido arrastrados a la guerra por parte de Hezbolá. La milicia chií empezó a lanzar proyectiles contra Israel el pasado 2 de marzo en venganza por el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jameneí.
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Los ataúdes del fallecido Pierre Mouawad, líder del partido Fuerzas Libanesas, y su esposa Flavia son transportados durante la ceremonia fúnebre, al norte de Beirut, Líbano. / WAEL HAMZEH / EFE
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Fantasmas de la guerra civil
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Desde entonces, Israel ha desatado su más brutal violencia contra el Líbano, provocando 1.530 muertes. Sólo durante este fin de semana de Pascua al menos 179 personas han sido asesinadas. La mayoría de pérdidas se concentran en la comunidad chií, la base de apoyo de la milicia, pero no exclusivamente. La expansión de los ataques israelíes ha alcanzado zonas que no están bajo la influencia de Hezbolá, donde los 1,2 millones de desplazados se están refugiando. En algunos casos, los objetivos han sido personas desplazadas del sur o el este del Líbano o los suburbios sureños de Beirut, áreas bajo órdenes de desplazamiento forzado por parte del Ejército israelí. Pero, a menudo, se cobran víctimas colaterales. «Moriremos todos como libaneses, porque los chiíes vienen a nuestros barrios y no sabemos si son Hezbolá o no e Israel les ataca directamente», reconoce Fatem, una secretaria de un pueblo en las montañas libanesas que prefiere no identificar.
[–>[–>[–>«Allí estamos seguros, porque no hay desplazados«, dice a este diario. La ausencia de desplazados en ciertas localidades no es por voluntad de quienes se han quedado sin otro lugar al que ir, sino porque, a menudo, la propia población local les impide instalarse en sus barrios. Ya se han registrado varios enfrentamientos entre estos dos grupos de libaneses no acostumbrados a compartir espacios, ya que las sectas religiosas que forman la sociedad multisectario del Líbano también están divididas territorialmente. Estos han elevado los temores a un posible enfrentamiento civil. El Líbano ya sufrió una sangrienta guerra civil durante 15 años, entre 1975 y 1990, que provocó 120.000 víctimas mortales y más de un millón de desplazados. Ese fantasma siempre amenaza con volver. “No creo que vaya a haber otra guerra civil, pero si la hay, la aceptaremos”, constata Tony, dispuesto a cualquier escenario.
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Las declaraciones de los líderes cristianos indican su voluntad de prevenirla. «Aunque el Estado decida no impedir que algunas personas se expongan al peligro, no tiene derecho a permitir que quienes permanecen en sus casas mueran así; cuando las autoridades cumplan con su deber, no habrá guerra civil», declaró Samir Geagea, líder de las Fuerzas Libanesas, el partido al que pertenecía Moawad. Antes de los funerales del matrimonio, manchados de tensión y gritos de «Hezbolá, terroristas», varios oficiales de la formación han recordado a sus seguidores la importancia de «no dejarse llevar por reacciones impulsivas«. Hasta ahora, las tensiones sectarias se habían mantenido latentes, pero el asesinato de Moawad puede ser la gota que colme el vaso para los cristianos.
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[–>«Evitar esconderse entre la población civil»
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«Dados los peligros que enfrentan quienes acogen a cientos de miles de libaneses, y la guerra que libra Israel en su persecución de los miembros de Hezbolá involucrados en el conflicto, creemos que los líderes de esta formación deben cumplir con sus responsabilidades morales y evitar esconderse entre la población civil en las comunidades de acogida, permaneciendo en el frente donde se libra la verdadera resistencia, para proteger vidas, la paz civil y el tejido nacional», ha declarado el Movimiento Patriótico Libre, una formación cristiana que había sido aliada de Hezbolá. Otros políticos alertan de que la ira también se extiende a las comunidades sunitas y drusas del país. Algunos proponen una mayor supervisión de los contratos de alquiler para las personas desplazadas y sancionar los contratos que no están registrados en los municipios.
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Desde detrás del mostrador, Fatem reconoce que ya no tiene medio. «Vivimos al día, antes teníamos miedo pero ahora ya no», constata la recepcionista. El recrudecimiento de la violencia israelí en distintos puntos del país tiene varias consecuencias. Por un lado, un mayor número de personas desplazadas que superan el millón, según Naciones Unidas. Por otro, la sensación de que ningún lugar es ya seguro, sumada a la impotencia por no poder hacer nada para salvar la vida. Según The New York Times, oficiales militares israelíes están instando en privado a las comunidades cristianas y drusas del sur del Líbano a expulsar a los residentes musulmanes chiítas que se refugian entre ellas, una acción que los grupos de derechos humanos señalan que es limpieza étnica. «Si tenemos que morir, moriremos», afirma Fatem con la resignación de un pueblo al que se le ha retirado la capacidad de proteger sus vidas.
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