El asturamericano
A José María Fernández Díaz-Formentí lo conocieron antes los niños peruanos que los españoles. O casi. Triunfó en la televisión de aquel país en 1979, respondiendo a infinidad de preguntas sobre los incas en un popular programa cultural, en el que intervino siendo adolescente y en el que arrasó. Había viajado para estar unos días y acabó extendiéndolo mucho más. Esa querencia hacia aquellas tierras le vino por las aventuras de Tintín, en las que Hergé utilizó tantos ambientes del Perú. Pero también por su afición a la música andina. Y por la posterior peripecia vital de su familia en Colombia y otras naciones sudamericanas.
[–>[–>[–>Ese embrujo que sintió el hoy gran estomatólogo Formentí por la peruanidad le llevó a desplazarse allí año tras año. Pasó muchos veranos en la costa, sierra y selva. Y luego lo hizo en el Ecuador, Bolivia, Venezuela, Colombia, Brasil, Chile o Argentina, entre otros lugares del nuevo mundo. Va camino del medio siglo en ello.
[–> [–>[–>Aunque lo suyo sea la excelsa naturaleza de esos países, conoce su cultura y su historia, porque Chema es un naturalista cultivado. No le he escuchado hablar de colonias ni de la España colonial, porque sabe que esas tierras fueron siempre las españolas del otro hemisferio, como proclamaba la Constitución de Cádiz. Allí nunca olí colonias ni perfumes, sino el aroma de una tierra de profundas raíces hispanas en la que fundamos incontables ciudades y villas. Y levantado cientos de templos, catedrales, hospitales o universidades. Allá mezclamos voluntariamente nuestra sangre con los nativos, con los hoy llamados “pueblos originarios”, creando esa raza hispánica que nos debiera enorgullecer como comunidad. Cuando se denuncia que nos llevamos el oro o la plata siempre me pregunto si los que lo sostienen han tenido tiempo a mirar a su alrededor y contemplar la inmensa monumentalidad que con esos metales preciosos los españoles logramos construir en América.
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La naturaleza que deslumbró a los indianos no solo lo hizo por su frondosidad o su riqueza botánica, sino por sus capacidades para generar recursos. Mi abuelo, que era corredor de seguros en Puerto Rico, contaba además con una hacienda en la montaña central de la Isla destinada a cultivar plátanos. De Jagüeyes salieron camiones cargados de esa fruta para su venta, porque las condiciones naturales de la zona permitían cosechas impensables en otros sitios. Esa inconmensurable feracidad americana contribuyó a forjar auténticos imperios agrarios, como los dedicados al café, al maíz o a la caña de azúcar. Las zafras cubanas fueron, por ejemplo, la materia prima con la que muchos asturamericanos triunfaron. Y con la que pudieron edificar sus vistosas quintas aquí, con una palmera al frente.
[–>[–>[–>Penetrando un buen día en la sierra liberteña, al norte del Perú, descubrí dos frutos exquisitos, el pacay y el mamey. A la vuelta, compartí esa experiencia con unos empresarios asturianos para sugerirles su importación. No sé en que habrá quedado aquello, pero desde luego nos podría haber procurado unos productos muy sabrosos y favorecido además la actividad agraria en destino y el comercio aquí, porque una naturaleza tan fértil no solo puede quedar para exclusivo deleite de ecólogos o biólogos, sino propiciar el avance de las naciones donde radican.
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Formentí conoce bien de lo que habla, algo infrecuente en nuestros días. Ha pateado las zonas de las que acostumbra a disertar. Y su cámara ha recogido lo que sus ojos han visto, en selvas impenetrables o cordilleras pobladas de cóndores. Se ha mezclado, como uno más, con los pobladores de los sitios recónditos en los que ha estado para retratar a colibríes, jaguares, fiestas populares, o comunidades indígenas. Y ha tenido la generosidad de compartirlo. Chema es un apasionado de América, a la que ama. Y tenemos la fortuna de contar siempre con su entusiasta impulso asturamericano, porque conoce Asturias y su medio con tanta profundidad como el del continente que sabe a cacao y huele a pimienta.
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