El baile de los matones
Intimidar es un verbo con el que siempre nos hemos tropezado, en mayor o menor medida, dependiendo del lugar en el que nos encontráramos. En la escuela hemos conocido el acoso escolar, ahora denominado con más frecuencia como bulliyng, y aunque nos hayamos salvado de él, a nadie le agradan esas prácticas, salvo, naturalmente, a los que sueñan con parecerse a los matones.
[–>[–>[–>Por eso, todos respiramos aliviados cuando por fin el gánster de Al Capone dio con sus huesos en la cárcel. Para nosotros fue una suerte de educación sentimental, una muestra de que la implacable persecución del agente federal Eliot Ness podía llegar más allá de la pantalla y reconciliarnos con un mundo mejor, en el que las trampas y las malas artes, cuando no la violencia convertida en muerte, dejaran de existir.
[–> [–>[–>Sin embargo, los matones crecieron, y tras dejar atrás el colegio, el instituto y la universidad, muchos de ellos entraron gozosos en las aulas de la política. Y allí comenzaron a conocerse. Se pasaban los apuntes, se repartían favores y después salían juntos a tomar una cerveza. Hasta que se dieron cuenta de que sus límites estaban quedando estrechos, que mejor repartirse las esquinas del aula entre unos pocos, y entonces decidieron ponerse a bailar. Nada de tangos ni de piezas románticas; nada de mambos oxidados o de herrumbrosos valses, mejor acompasar el cuerpo a las sempiternas danzas guerreras: movimientos enérgicos, rituales intimidatorios, armas supermodernas.
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Solo quedaba repartirse el mundo. Y lo hicieron como buenos amigos. Para ti, Putin, la soberanía de Ucrania; para ti, Netanyahu, la demolición de Palestina; y ahora para mí, Trump, la invasión de Cuba, que ya está bien de tanta resistencia comunista. Como era lógico, se pusieron a la tarea. Todos recordaban sus tiempos jóvenes de matones y de espías, de soldados de combate en unidades especiales de élite, de excéntricos payasos inmobiliarios.
[–>[–>[–>La última amenaza de Trump se dirige a Cuba. A quien carece de cualquier atisbo humanitario, y confunde la sangre con una mancha en el océano, poco le importa respetar uno de los principios fundamentales del Derecho Internacional, cual es la determinación o autodeterminación de los pueblos, combinado siempre con la norma básica de no intervención.
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Además, juega con ventaja. Sabe bien que en esta época ya no existen agentes como Eliot Ness que puedan ir detrás de su pista (la Unión Europea y la ONU no se distinguen, precisamente, por su tenacidad para apresar a los malvados). «Los intocables» han vuelto a aparecer y pisan fuerte por las calles del fascismo. Y por eso el payaso neoyorkino cree que será muy difícil que algún día la justicia consiga juzgarlo y hacerle pagar caras sus múltiples felonías.
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[–>Mas Cuba lleva mucho tiempo posicionándose como una metáfora de resistencia (dignidad y unidad sueñan juntos) frente el bloqueo de Estados Unidos. No se trata de ocultar las carencias del régimen, pues, como el de todos los países, presentará sus inevitables desconchaduras, sino de conseguir que sean los propios albañiles cubanos los que, espátula en mano, saneen la zona, la rellenen con el material adecuado y dejen limpia la superficie. Claro que a veces algo tan sencillo como respirar, tomar un poco de oxígeno, acaba convirtiéndose, al cabo de muchos años –y sobre todo cuando los intereses económicos están por el medio–, en un asma de considerables proporciones.
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