El chivo expiatorio
Se denomina «chivo expiatorio» a la persona u objeto, ya sea individual o en grupo, a quien se acusa injustamente de un error o fracaso, para así poder evadir la responsabilidad correspondiente. Es un concepto utilizado con frecuencia, tanto en ambientes familiares, como laborales, sociales o políticos, para así desviar la atención de la realidad. Cuando se usa a menudo y se cae en una culpabilización permanente, hablamos de «cabeza de turco», en recuerdo de todos los males atribuidos durante siglos al enemigo otomano. El término «chivo expiatorio» tiene un origen bíblico, en las palabras de Yahvé a Moisés, después de la muerte de los dos hijos de Aaron (Levítico 16:22 «Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada»), para lavar simbólicamente los pecados del pueblo de Israel y transmitirlos a un tercero (macho cabrío o chivo), que era alejado hacia el desierto. Se cumplía, de esta forma, el viejo lema de «Quien tiene un culpable posee un tesoro». El pueblo judío celebra este hecho en el denominado «Día de la Expiación» o «Yom Kipur», la festividad más solemne de su calendario, dedicado al arrepentimiento y a la reconciliación con su Dios.
[–>[–>[–>El uso de sacrificios liberadores, ya sean humanos o utilizando animales u objetos, forma parte de la historia de la humanidad. Se trata de un ritual que las diferentes religiones han incorporado a su catálogo instrumental. Desde el macho cabrío de la Biblia, a la caza de brujas cristiana de la Edad Media, pasando por los «intocables» de la India o el propio pueblo judío, acusado de envenenar los pozos y ser origen de la peste negra, para finalizar por el propio sacrificio de Jesús, transformado en el «Cordero de Dios», para liberar al mundo de sus culpas. El filósofo y antropólogo francés René Girard (1923-2015), en su texto «El chivo expiatorio», Ed Anagrama, Barcelona, 2024, nos indica que este mecanismo es esencial para controlar la violencia interna de los grupos y sólo a partir de sacrificar a un inocente, se restaura la cohesión social. No me negarán que de ahí a la maquiavélica frase de «El fin justifica los medios», no hay más que un paso. En la novela actual, es famosa la obra de Mario Vargas Llosa (1926-2025) «La fiesta del chivo», Ed Alfaguara, Madrid, 2000, título tomado del merengue dominicano «Mataron al Chivo», referido al asesinato del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina (1891-1961).
[–> [–>[–>Tenemos numerosos chivos expiatorios muy presentes a nuestro alrededor. Me refiero a los inmigrantes. Se estima que en este momento, el número de personas que viven fuera de su país de origen es de más de 300 millones (3,7% de la población mundial). En España, las cifras alcanzan los 10 millones de individuos (un 20% de la población actual) y es paradigmático el ejemplo de Guissona (La Segarra, Lleida) con un 55,5%. Los conflictos armados generan muertos, heridos y grandes movimientos migratorios, que se encargarán de incrementar el número de personas desplazadas hacia las regiones occidentales. Los países ricos reciben un verdadero manantial humano, capaz de seguir generando riqueza con su incorporación pero, en muchas ocasiones, los recién llegados son estigmatizados por su diferente color, religión, costumbres o pobreza. Disponemos de un «chivo expiatorio» de lujo para culparles de todos nuestros males y muchos partidos ultranacionalistas hacen responsables de todos los desastres pasados, presentes y futuros a los inmigrantes, especialmente a los más pobres. La humanidad se halla en un momento difícil, desconcertada y sin un rumbo claro, pero dispone de una magnífica perla expiatoria, a quien culpar de las adversidades.
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Para paliar parcialmente los efectos del chivo expiatorio, no se me ocurre nada mejor que recordar una pieza del músico ucraniano Miroslav Skórik (1938-2020), «Melody», compuesta originalmente en 1982 para una película bélica («El alto paso»), y posteriormente utilizada para reflejar el rechazo colectivo frente a la invasión rusa de Ucrania. La obra inicial fue escrita para flauta y piano, aunque se ha transportado con diferentes arreglos para cuerda y piano, orquesta o con voz de solista y coro. Se trata de una melodía sencilla en La menor, que comprende un tema original derivado del folclore ucraniano y una repetición ligeramente modificada. Es la obra más popular del compositor, nacido en Leópolis (ciudad austrohúngara, polaca o ucraniana, según el momento histórico) y deportado a Siberia, con su familia, durante más de 10 años. Pueden recuperar diferentes versiones de esta popular melodía, que reside en el alma de todos los ucranianos, tan necesitados de revivir los buenos recuerdos de su patria invadida. Su interpretación forma parte del repertorio de las orquestas de este país en su deambular internacional. La famosa pianista ucraniana Anna Fedorova (Kiev, 1990 – ) la lleva consigo en su gira actual por España. Como decía, pueden apreciar múltiples variaciones y con varios instrumentos. No obstante, la forma más emotiva quizás sea la que nos acerca el violonchelo, en una ejecución de la joven artista francesa Camille Thomas (1988–). En todos los casos, debajo del lamento de la melodía popular, transcurre la voz del pueblo que sufre el chivo expiatorio de la emigración y, en este caso, además, la mayor de las desgracias humanas, la guerra.
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