El combustible del fuego
España arde cada verano por los cuatro costados. Esta vez ha sido Madrid, con miles de evacuados y una población obligada a abandonar sus casas mientras el humo convertía el cielo en una metáfora demasiado evidente de un país que siempre llega tarde. Antes fueron Galicia, Castilla y León, Valencia, Canarias o Andalucía.
[–>[–>[–>La explicación fácil consiste en señalar al cambio climático. Y, desde luego, sería absurdo negar su influencia. Las olas de calor son más intensas, las sequías prolongadas y los vientos imprevisibles. Pero el clima no prende una cerilla. Los incendios necesitan fundamentalmente un territorio abandonado, montes convertidos en polvorines por décadas de despoblación, una gestión forestal insuficiente, los cortafuegos olvidados y una burocracia que suele reaccionar con mayor rapidez para discutir competencias que para limpiar el monte. A ella se suma la contraproducente cháchara ecologista. En el monte habría que actuar todos los inviernos y nadie se ocupa de hacerlo como es debido.
[–> [–>[–>Entonces, en medio de la tragedia más puntual, llega el incendio político. Gobierno y comunidades autónomas intercambian reproches indecentes mientras aún se cuentan las hectáreas calcinadas. Los unos culpan a la emergencia climática; los otros, a la falta de prevención; todos encuentran argumentos para el adversario, y muy pocos para la autocrítica. El bosque arde al mismo tiempo que el debate público se incendia, aunque este pocas veces sea ajeno a las llamas.
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La responsabilidad rara vez pertenece a un solo despacho. Resulta acumulativa. Es el resultado de muchos años de decisiones aplazadas, de presupuestos insuficientes, de una política forestal que únicamente cobra protagonismo cuando las llamas ocupan las portadas y de una sociedad que ha dado la espalda al mundo rural hasta descubrir que su abandono tiene consecuencias. España no solo necesita más medios para sofocar sus incendios –la escasa disponibilidad de hidroaviones es descorazonadora–, también necesita menos excusas para prevenirlos. El fuego aquí siempre encuentra combustible.
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