El cuerpo humano, una máquina imperfecta
El cuerpo humano ha sido descrito muchas veces como una máquina prodigiosa. Cada órgano cumple una función específica, cada sistema se sincroniza con los demás y, por lo general, todo parece obrar en una armonía admirable. Respiramos sin darnos cuenta, el corazón late sin que lo ordenemos y las células trabajan incansables para mantener el equilibrio interno. A simple vista, parece un mecanismo infalible, diseñado con una precisión casi divina. Sin embargo, esa percepción es una ilusión de juventud y de salud: el cuerpo, como toda máquina, está condenado a desgastarse. La idea de que todo funcione a la perfección es una entelequia, una aspiración imposible. En la infancia y la juventud, el cuerpo repara sus averías con rapidez; las heridas cierran sin dejar huella, las noches de insomnio se compensan con un día de descanso y los excesos rara vez dejan factura. Pero al cruzar esa frontera emocional y biológica de los treinta años, algo comienza a cambiar. No se trata de un cataclismo, sino de un lento proceso de deterioro. Las piezas que antes eran flexibles se vuelven rígidas, las hormonas flaquean, el azúcar en sangre se vuelve inestable y el sueño deja de ser reparador. La ciencia explica estos procesos como parte del desgaste natural del organismo. Cada célula tiene un número limitado de divisiones; los telómeros, esas estructuras que protegen el ADN, se acortan con cada copia; los tejidos pierden elasticidad; los músculos acumulan microlesiones que ya no se reparan del todo. Son señales de que la máquina sigue funcionando, pero cada vez con menos precisión. Y como ocurre con cualquier sistema complejo, un pequeño fallo en un engranaje puede afectar el rendimiento general. Una rodilla que duele cambia la postura, una mala noche altera el humor, una hormona desequilibrada entorpece el metabolismo. A pesar de ello, seguimos actuando como si nuestro cuerpo fuera inmortal o como si los achaques fueran accidentes aislados. Nos sorprende que el metabolismo se vuelva más lento o que la vista se fatigue antes del anochecer. Resulta incómodo aceptar que la perfección biológica no existe, que cada cuerpo tiene un historial de errores, adaptaciones y remiendos acumulados a lo largo de la vida. La conciencia de esa imperfección es, sin embargo, profundamente humana: reconocer que somos falibles también nos acerca a la humildad de estar vivos. La vejez, entonces, no debería entenderse como un fracaso de la máquina, sino como la prueba de su extraordinaria capacidad de resistencia. Cada célula que persiste, cada neurona que todavía dispara señales, cada latido que mantiene el flujo de la existencia son gestos de triunfo contra la entropía. Comprender que el cuerpo envejece no implica resignarse, sino aprender a escucharlo y cuidarlo con la atención que merece. Al fin y al cabo, no hay máquina más sofisticada, ni más frágil, que la que habitamos.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí