El cuerpo interpreta la pérdida de peso como una amenaza; por eso, mantener esos kilos es tan difícil
Rocío Herrero Mediavilla es doctora en Medicina y directora del centro de salud La Lila, en Oviedo.
[–>[–>[–>
La forma de entender la obesidad está viviendo una transformación histórica. Y no es un simple matiz: es un cambio de paradigma que permite comprender la obesidad de manera más profunda y mejorar su abordaje clínico.
[–>[–>[–>Durante años, se simplificó como un problema de peso y voluntad. Hoy, la ciencia la define como una enfermedad crónica, compleja, recidivante y multifactorial. Este cambio lo cambia todo. Porque permite dejar de culpar al paciente y empezar, por fin, a tratar la enfermedad con un enfoque integral que tenga en cuenta la biología, el entorno y los factores psicosociales.
[–> [–>[–>La obesidad no es simplemente pesar más de lo recomendado. Es una enfermedad metabólica en la que la grasa corporal deja de funcionar correctamente. Este tejido adiposo –la grasa– no es un simple almacén: es un órgano activo (endocrino) que regula el metabolismo, las hormonas, la inflamación y la energía del cuerpo. Cuando se altera, aumenta el riesgo de diabetes tipo II, enfermedades cardiovasculares, enfermedad renal, hígado graso, apnea del sueño, ciertos cánceres y más de doscientas complicaciones adicionales.
[–>[–>[–>
Cifras nacionales y regionales
[–>[–>[–>
En España, el 61% de la población tiene exceso de peso: un 39,8% presenta sobrepeso y un 15,2% obesidad. En Asturias, la cifra alcanza el 19,1%, situándose por encima de la media de muchas comunidades. El impacto no es solo sanitario, también es económico: representa alrededor del 8% del PIB si se suman los costes directos e indirectos.
[–>[–>[–>Y, sin embargo, sigue siendo una enfermedad en gran parte invisible. Solo el 54,3% de los adultos con obesidad tiene un diagnóstico registrado en su historia clínica. ¿Por qué? En gran medida, por el estigma. Muchas personas evitan acudir al médico por miedo a ser juzgadas. El estigma médico es una barrera que llega a retrasar diagnósticos importantes una media de seis años al atribuir cualquier síntoma exclusivamente al peso.
[–>[–>[–>
Según las Guías GIRO («Guía española del manejo integral y multidisciplinar de la obesidad en personas adultas»), este prejuicio es significativamente mayor en mujeres, quienes sufren una presión social y médica más intensa. El estigma no solo afecta a la salud física; además, genera una gran carga emocional dando lugar a baja autoestima, ansiedad y depresión.
[–>[–>
[–>El Índice de Masa Corporal se queda corto
[–>[–>[–>
El diagnóstico se ha basado casi exclusivamente en el Índice de Masa Corporal (IMC). Es útil como referencia general, pero tiene limitaciones, dado que no distingue entre músculo y grasa, no indica dónde se acumula la grasa y no refleja cómo afecta al organismo. Esto hace que personas con alta masa muscular puedan ser clasificadas erróneamente como obesas, mientras que otras con un porcentaje elevado de grasa visceral pasan inadvertidas. Hoy se impone una visión más completa: evaluar la adiposidad (cantidad), el tipo de grasa y, sobre todo, su impacto en la salud, desde las fases preclínicas, en las que no hay complicaciones evidentes, hasta las fases clínicas, en las que existen alteraciones metabólicas, cardiovasculares o renales.
[–>[–>[–>
Durante años, y todavía hoy, el consejo médico fue simplista: «Menos plato y más zapato». Pero esa idea se formuló cuando aún no se entendía bien cómo funciona el cuerpo. Hoy sabemos que el hambre y la saciedad están regulados por hormonas como la leptina (que reduce el apetito) y la grelina (que lo aumenta). Es decir, el apetito no es solo cuestión de voluntad, es biología. Además, el cuerpo tiende a resistir la pérdida de peso. Cuando una persona adelgaza, el organismo reacciona aumentando el hambre y reduciendo el gasto energético como mecanismo de supervivencia. El cuerpo interpreta la pérdida de peso como una amenaza. Por eso, mantener el peso perdido es tan difícil, incluso haciendo «todo bien».
[–>[–>[–>El ejercicio físico, fundamental
[–>[–>[–>
El ejercicio es fundamental, una auténtica polipíldora que mejora el metabolismo, reduce la inflamación y protege corazón, músculo y mente. Pero su efecto sobre la pérdida de peso suele sobreestimarse. El antropólogo Herman Pontzer observó en poblaciones muy activas –como los Hadza de Tanzania– que, pese a su enorme nivel de actividad, su gasto calórico total era similar al de un occidental sedentario. El cuerpo mantiene un «presupuesto energético» estable y compensa el exceso de actividad reduciendo energía en otras funciones. Sin embargo, esto no resta valor al ejercicio; simplemente aclara su función real.
[–>[–>[–>
Sus beneficios van mucho más allá de la pérdida de peso. El entrenamiento de fuerza es clave para preservar la masa muscular y sostener un metabolismo sano durante la pérdida de peso. Y el NEAT –todo el movimiento cotidiano fuera del gimnasio– es el componente que más contribuye al gasto energético diario: caminar, subir escaleras, moverse en casa, hacer recados… Su efecto acumulativo supera con creces el de una hora de gimnasio.
[–>[–>[–>
Microbiota intestinal
[–>[–>[–>
En los últimos años, la microbiota intestinal ha entrado en escena. Hoy sabemos que no solo «somos lo que comemos», sino que somos lo que nuestra microbiota hace con lo que comemos. Nuestros microorganismos intestinales influyen en como procesamos los alimentos y en cuanta energía extraemos de ellos. Un desequilibrio (disbiosis) puede favorecer el aumento de peso incluso con la misma alimentación.
[–>[–>[–>
El papel de la microbiota intestinal en la obesidad es una vía emergente en investigación y podría ser clave para entender porque algunas personas tienen más dificultades que otras para perder peso. A este complejo sistema hay que añadir dos factores clave: el estrés crónico y la falta de sueño. El estrés prolongado aumenta el cortisol, elevando el apetito y favoreciendo la acumulación de grasa abdominal. Dormir poco altera las hormonas del hambre, haciendo que busquemos alimentos muy palatables y altos en calorías.
[–>[–>[–>
En resumen, no solo importa qué comemos, sino también cómo vivimos y descansamos.
[–>[–>[–>
Nuevos fármacos
[–>[–>[–>
Por otra parte, en los últimos cinco años, los avances en medicina metabólica han sido mayores que en los veinticinco anteriores. Los fármacos basados en GLP-1 han supuesto un cambio sustancial al intervenir directamente en el eje intestino-cerebro. Entre sus múltiples efectos, actúan sobre los mecanismos del hambre y la saciedad, ayudando a silenciar lo que muchos pacientes describen como «ruido mental» (food noise): pensamientos involuntarios y continuos relacionados con la comida que aparecen de forma intrusiva a lo largo del día.
[–>[–>[–>
Al regular esta señalización, el paciente recupera el control sobre su conducta alimentaria. No son una solución mágica y requieren seguimiento médico, pero han demostrado que, cuando se trata la biología, la respuesta del organismo cambia. Un enfoque multidisciplinar que implique a médicos, nutricionistas, psicólogos y entrenadores personales es crucial para garantizar un tratamiento eficaz. Conceptos como «operación bikini», «cuerpo de verano» o «dieta milagro» simplifican un problema complejo.
[–>[–>[–>
La obesidad no es una elección estética. Es una enfermedad con riesgos reales para la salud. Entenderlo no es solo una cuestión médica; es una cuestión de dignidad. Porque cuando cambia la forma de mirar la enfermedad, cambia también la forma de tratar a las personas. Y ahí empieza, de verdad, la solución.
[–>[–>[–>
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí