El empleo y los jóvenes, expectativas y frustración
El acceso a un empleo razonablemente remunerado y a una vivienda asequible en términos económicos han sido históricamente los catalizadores sociales que han estabilizado la convivencia, y el incentivo que empujaba a los jóvenes a formarse y alinearse con los valores clásicos intergeneracionales heredados (estudios / empleo /familia / hijos). Este modelo –exitoso hasta hace poco– ha entrado en crisis y amenaza con una revolución o purga colectiva de consecuencias imprevisibles.
[–>[–>[–>Nuestras vidas –desde muy jóvenes– estaban determinadas por unas certezas vitales que hemos interiorizado y trasladado a nuestros hijos: un proyecto de vida basado en el empleo estable y de calidad, acompañado de un acceso a la vivienda factible y viable, a partir de un esfuerzo de cualificación proporcionado y ponderado.
[–> [–>[–>Hoy, vivienda y empleo de calidad constituyen un imposible para la mayoría de los jóvenes que ya no confían en su propio esfuerzo como principio para un proyecto de vida viable. La precariedad y unos salarios insuficientes, asociado a alquileres o precios de la vivienda escandalosos, están desincentivando a los jóvenes, que se ven obligados a suspender o alargar indefinidamente sus proyectos vitales con consecuencias bien visibles en la postergación de la edad reproductiva, el retraso en la independencia con respecto a sus padres y –muy preocupante– el incremento de los problemas mentales (descreimiento, frustración, sensación de engaño, crisis de expectativas). Entiendo que el inquietante fenómeno –lo es– del incremento de las bajas laborales que está en cifras alarmantes, también guarda relación con la desmotivación con respecto al trabajo.
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Hay quien, desde la perspectiva de la épica del esfuerzo, sostiene que, en realidad, lo que les ocurre a los jóvenes es que les hemos engañado, haciéndoles creer que sus deseos debieran coincidir con su destino. Pudiera ser así, acaso en parte, pero lo cierto es que de la crisis del mercado de trabajo y de la vivienda no se puede culpar a los jóvenes.
[–>[–>[–>La calidad del mercado de trabajo en España está en míninos históricos, siendo el más precarizado y con menor nivel de ingresos de los 27 miembros de la Unión Europea (informe FOESSA) acaso porque el mix de nuestra economía entraña grandes desequilibrios, con predominancia de los sectores terciarizados de remuneraciones muy bajas, y una cierta pérdida del pulso industrial, proveedor de empleos de calidad con salarios altos.
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De esta manera se ha extendido el fenómeno de trabajadores pobres, incapaces de escapar de la precariedad económica que está generando un malestar creciente a modo de carcoma que afecta al sistema, y que aprovechan los «ingenieros del caos» en expresión de Empoli, para sacar ventaja política de forma indecorosa.
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[–>La reacción ante una situación tan crítica por parte de los trabajadores afectados (principalmente jóvenes, en sentido extendido) consiste en multiplicar sus esfuerzos aceptando situaciones de pluriempleo propias de otra época, bien cobijarse bajo el paraguas del estado del bienestar (ingreso mínimo, renta básica, subvenciones varias) o, alternativamente, dimitir de la búsqueda de empleo emulando el fenómeno, aunque con retraso, de lo que en EE UU se calificó como la Gran Deserción (La Gran Dimisión / la Gran Renuncia) consistente en el abandono de millones de trabajadores de sus puestos de trabajo o el cese en la búsqueda del mismo, como consecuencia de una reflexión acerca del modelo de vida y de las prioridades vitales, asunto sobre el cual han reflexionado autores como Anthony Klotz y Francesca Coin, entre otros.
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En cualquier caso, la desafección al trabajo se escenifica a partir de la contradicción entre las ofertas de empleo recurrentes no satisfechas en sectores como la hostelería, la agricultura, los servicios, el transporte o la logística, y un volumen de desempleo notable. Constituye el epifenómeno de otras causas: precariedad, bajos salarios, recortes de plantillas, dificultades de conciliación, rotación desmedida y la infra reputación del trabajo o su escasa valoración social (dignidad de este) en una sociedad con valores menguantes y confusos. No es extraño que la excesiva rotación y desafección de los trabajadores se produzca principalmente en estos sectores económicos en los que la productividad es, además, muy baja.
[–>[–>[–>El problema no es menor, porque instaura una sociedad cada vez más desigual, con una clase media declinante y un submundo de amplios sectores sociales precarizados. En fin, un modelo social en el que la redistribución está fracasando, con una remuneración menguante al factor trabajo y al contrario, generosa hasta el exceso, a los mercados de capital.
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Ante una coyuntura tan difícil y crítica como la descrita cabría preguntarse, tal y como nos interrogaba el profesor Punset hace unos días, en una magnífica conferencia en sede de la Junta General del Principado con ocasión de unas ponderadas reflexiones sobre el momento político: ¿Dónde demonios está la izquierda, históricamente apasionada por el asunto de la igualdad?
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Sospecho que el profesor aludía a la igualdad en cuanto a las condiciones materiales de vida de los ciudadanos, inherente al clásico pensamiento socialdemócrata, y no tanto a subgéneros o variantes de la misma.
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