El fin del mundo compartido
Décadas atrás, cuando volvíamos al aula o al puesto de trabajo tras el fin de semana, solíamos disponer de un buen número de vivencias compartidas que comentar y contrastar. La misma película, el mismo programa de televisión o parecidas escapadas a la Naturaleza. Según los algoritmos han ido personalizando nuestro ocio, hasta un individualismo extremo, y según la oferta informativa y audiovisual se ha ido ampliando, hasta resultar inabarcable, nos hemos ido encerrando más en nuestro cascarón.
[–>[–>[–>Tal vez esa ausencia de vida social haya sido la que ha motivado la búsqueda de grandes acontecimientos que tratamos de vivir en común. O, tal vez, haya sido una mera casualidad. La más reciente, pero muy excepcional, la victoria de la selección española en el Mundial de Fútbol, que congregó a casi 17 millones de españoles ante el televisor, el 87 por ciento de los espectadores, y a cientos de miles en las calles del país.
[–> [–>[–>También se está produciendo un insólito aumento de las experiencias compartidas por multitudes en los grandes festivales musicales –el Bombastic de Llanera es un buen ejemplo– o en masivos conciertos, como los recientes de Bad Bunny y Rosalía o el de Shakira en Copacabana, que reunió a dos millones y medio de personas. A ello hay que sumar la búsqueda de experiencias reales –no virtuales– que ha provocado que los espectadores de teatro crezcan de año en año mientras bajan los de las salas de cine.
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Los síntomas de un ocio cada vez más individualizado pueden parecer una anécdota a quienes alertan de consecuencias mucho más graves del fenómeno. Así, la progresiva desaparición de ese espacio compartido tiene efectos perniciosos incluso en lo político. Tomo el título de este artículo, de forma casi literal, del libro de Máriam Martínez-Bascuñán «El fin del mundo común» (Taurus, 2025). La autora sostiene que la posverdad, los llamados hechos alternativos, no suponen sólo un problema de desinformación, sino, sobre todo, de desaparición del espacio público común –cada uno tiene el suyo–, lo que impide el desarrollo de debates, consensos y, en consecuencia, el ejercicio de la política.
[–>[–>[–>Martínez-Bascuñán aplica a la actualidad el pensamiento de Hannah Arendt, quien aseguraba que, para que se pueda llevar a cabo una política democrática, lo más necesario es un mundo común, más indispensable incluso que el consenso o la ausencia de conflictos Ese mundo común es la realidad compartida sobre la que los ciudadanos pueden encontrarse antes de discrepar. Porque, como decía la pensadora alemana, las democracias pueden sobrevivir al desacuerdo, pero no a la desaparición de los espacios donde ese desacuerdo pueda producirse.
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En una reciente entrevista, el catedrático de Filosofía José Luis Pardo, sostiene que no vivimos precisamente un gran momento para la libertad de pensamiento y que hay una enorme dificultad para ejercerla, porque «está desapareciendo el propio espacio del ágora». «Se ha fragmentado en pequeños clubes más o menos privados -explica-, y ese espacio público en el que cualquiera podía entrar a dialogar con cualquiera, sin que la identidad tuviera un peso especial, está amenazado».
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[–>La preocupación por las consecuencias del uso de los móviles por parte de los adolescentes ha llevado a investigar a fondo las consecuencias en diversos campos. Ha habido conclusiones médicas –aumento de la ansiedad–, académicas –menor rendimiento–, pero también sociales, aunque menos aireadas. Lo que ha llevado a la conclusión de que las experiencias de los jóvenes ocurren cada vez menos en espacios públicos compartidos y más en espacios virtuales.
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En un muy interesante artículo en «Letras Libres», el profesor mexicano Juan Alfonso Mejía sostiene que la pregunta ya no es solo qué están perdiendo los jóvenes al pasar tanto tiempo ante las pantallas, sino qué están perdiendo las propias sociedades. «Detrás de la ansiedad, las pantallas o los resultados académicos –escribe el autor de ‘La tarea nunca acaba’– parece asomarse una preocupación más profunda: la reducción gradual de los espacios donde aprendemos a convivir con personas distintas y a reconocernos como parte de una misma realidad».
[–>[–>[–>Hace ya unos meses, Jodi Kantor, la periodista que destapó los abusos de Harvey Weinstein en «The New York Times», hablaba de una falta de entendimiento en la actualidad debida a la falta de experiencias comunes. Recogía sus palabras la comunicadora Mar Manrique, quien las resumía explicando que «la fragmentación de la oferta de contenidos nos ha despojado de una conversación coral» y se preguntaba «¿qué podemos hacer con el nosotros en un mundo hecho para el yo?». Imposible explicarlo mejor.
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