El golfo
Se ha hecho famoso el vídeo en el que Josu Jon Imaz se dirige a Trump para hablar de negocios. Imaz menciona el golfo de América, que es como Donald Trump quiere que se llame ese golfo que hasta ahora tenía otro nombre. La escena es un ejemplo buenísimo de la rapidez con la que el dinero impone su ley; si hay que cambiar de golfo se cambia, como predicaba José Luis Rodríguez Zapatero respecto a la opinión. Los ciudadanos de a pie discutimos cosas lentísimas; cuando Imaz suelta ante Trump ese discurso lleno de millones de dólares deja claro que, en esos ambientes, no hay tiempo que perder. Al decir golfo de América, Imaz viene a decir que lo que Trump dicta está bien dictado.
[–>[–>[–>Lo de Donald Trump es curioso; habla de Groenlandia con la impudicia –casi parece inocentona– de quien ve la política como un paisaje subordinado a intereses comerciales y nada más en absoluto. Cuando dice querer Groenlandia porque es vital –con los ejemplos tan entretenidos que dejó el siglo XX de apetencias vitales de un país respecto a otro, y cómo terminaron– parece estar diciendo que las consideraciones políticas están tan obsoletas como llamar golfo de México a lo que ahora –Imaz dixit– ya es golfo de América. Atacar a un aliado como Dinamarca parece algo más; Dinamarca, como Europa Occidental en su conjunto, es un territorio que ha alcanzado cotas de libertad e igualdad que nunca antes se vieron en el mundo. Trump, como Putin, ve con antipatía esa conjunción. Y, como a Putin, le tienta violentarla. Europa despierta una oscura pulsión destructiva entre quienes la envidian. Obviar esa pulsión es no saber nada.
[–> [–>[–>Y en la nada está felizmente instalado nuestro Gobierno que, puestos a ignorar, no sabe que nuestros males –los del PSOE también– empiezan cuando Zapatero, por falta de sustancia, sólo ve su propio perfil político en el contraste con el de los demás. Zapatero puso de moda el somos lo que los otros no son, pero no supo concretar más. Y por eso el reciente manifiesto de Jordi Sevilla «et alteri» clamando por la socialdemocracia tiene difícil caer en terreno fértil.
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El PSOE dejó atrás el decoro socialdemócrata hace mucho tiempo, quizá por falta de banquillo: todavía espanta el recuerdo reciente del candidato socialista a presidir Extremadura cuando se trabó con la palabra demagogia. Se imagina uno a Rodríguez Ibarra al borde del patatús viendo esa escena. La izquierda tendrá dudas respecto a la conveniencia de hacerse socialdemócrata porque no sabe cuántos votos traerá ese viejo invento. Golfo de América: un master de realpolitik en cinco minutos. Qué tiempos estos.
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