El hambre de un maestro de escuela
La enseñanza infantil se basó durante la Edad Moderna en las escuelas de primeras letras dependientes de Fundaciones Docentes y Obras Pías y financiadas por la nobleza rural o por clérigos. Fueron frecuentes en la Asturias del siglo XVIII y a mediados del siglo XIX ya se contaban 174. Entre ellas la que dispuso en su testamento el párroco de San Juan, Leandro Martínez de Vega, para los pequeños de Mieres, donde se pagaba al maestro 16 ducados para que enseñase «a leer de redondo a todos los niños de la feligresía y la Doctrina Cristiana, de manera que cada uno de ellos sepa de memoria y la entienda bien».
[–>[–>[–>Pero todo cambió con la regularización que impuso en 1857 la Ley Moyano estableciendo en España la escolaridad obligatoria para los niños y niñas de 6 a 9 años, con gratuidad para los pobres; eso sí, respetando que la Iglesia católica pudiese intervenir en la educación según la norma del Concordato.
[–> [–>[–>El profesor Ángel Mato Díaz en un artículo de 2010 sobre «Las Escuelas y los maestros de primeras letras en la Asturias (siglo XIX)»incluido en el nº 23 de la «Revista Miscelánea de Investigación Magister», da noticia de que esta Ley obligó a los ayuntamientos a sostener la enseñanza infantil bajo el control de las Juntas Locales de Primera Enseñanza en razón de su población, de manera que en cada municipio que tuviese 2.000 habitantes -requisito que cumplía la mayoría en nuestra región- había que dotar dos escuelas completas de niños y dos de niñas, mientras que en los de 500 habitantes la norma determinaba una para cada sexo. El sueldo era el mismo en ambos casos y quedó establecido en 2.500 reales para cada unidad.
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Sin embargo, la norma no era rígida y admitía que las clases pudiesen impartirse en establecimientos privados e incluso en los propios domicilios, con lo que a la hora de la verdad el absentismo pasó a tener cobertura legal y muchos padres analfabetos se responsabilizaron en exclusiva de la educación de sus hijos.
[–>[–>[–>Existían cuatro modelos de escuelas según el tamaño de las poblaciones: Superiores, Completas, Incompletas y Temporeras. En las dos primeras se exigían maestros titulados; para las incompletas, habilitados y para las últimas, que eran las de las aldeas, servía cualquiera que supiese leer y escribir y las cuatro operaciones aritméticas. Eran los llamados temporeros o también babianos, porque muchos de ellos venían desde esa comarca leonesa. También eran escasos los recintos destinados exclusivamente a la enseñanza y las aulas se habilitaban en lugares como los atrios de las iglesias o en cualquier tipo de construcción con techo que pudiese acoger a los alumnos, como ocurrió con el palomar del palacio de Arriba en Cenera.
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El 26 de octubre de 1901 un Real Decreto signado por el conde de Romanones, estableció que el Estado se encargase de pagar a los maestros poniendo fin a esa obligación de los ayuntamientos que también habían asumido hasta entonces el coste de los locales y del material de enseñanza. Sin embargo, las pequeñas escuelas no recibían ninguna dotación y eran los propios vecinos quienes se encargaban de sostener a los temporeros con una remuneración que se determinaba previamente y que, según el testimonio de Fermín Canella, podían cobrar entre 250 y 450 pesetas, lo que era inferior al salario de un jornalero del campo, con lo que era muy frecuente que se completase con alimentos y otros productos locales.
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[–>El 20 de mayo de 1897, el diario «El Noroeste» publicó una curiosa carta en la que el maestro de una escuela rural de niños de Langreo, cuya ubicación exacta se callaba por seguridad, denunció que llevaba cuatro meses y medio sin cobrar un cuarto por sus servicios, cosa que entonces debía de ser muy habitual: «Bien sé que en idéntica situación están mis demás colegas del concejo y tengo en cuenta que mal de muchos, consuelo de … tripas».
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Pero él tenía seis hijos y esposa «y como es natural me escasea la borona para el sostén de estas siete bocas y la mía». Y lo más triste era que los comerciantes ya no le daban fiado a no ser con el recargo de un tanto por ciento sobre el importe del valor ordinario de los artículos más indispensables para la vida.
[–>[–>[–>El maestro afirmaba que lo que le había motivado para dirigirse al periódico era que la prensa de Oviedo, «incluso un semanario que alardea de proteger a la clase» decía en una reseña sobre la inauguración del flamante Teatro Vital Aza que el concejo de Langreo era el más rico de la provincia y cerraba todos los años sus presupuestos con superávit, dejando cubiertas sus atenciones.
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«¡Infeliz de periodista! ¿De dónde te has caído? ¿Fueron los vinos y cigarros de nuestro galante alcalde, los que tan aturdidamente te han dictado eso? ¡Lástima no fueras maestro de una escuela de aquí, o tuvieras que pisar los intransitables caminos de estos pueblos donde hace más de doce años no se gasta un céntimo en su arreglo!».
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El indignado enseñante, que firmaba con las iniciales PP cargó a continuación contra los supuestos defensores de la verdad y la justicia que ejercitaban todo lo contrario dando incienso al alcalde Antonio María Dorado que los embaucaba con cuatro rosquillas.
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Siguiendo con «El Noroeste», el 18 de octubre de 1897, encontramos otro ejemplo de la desastrosa situación que vivía entonces la primera enseñanza en Asturias. En este caso, la protagonista fue la maestra nombrada para desempeñar la escuela de Urbiés, creada por el Ayuntamiento de Mieres. Al parecer, cuando se había presentado a tomar posesión, «al preguntar por el local que debía servir de escuela y casa-habitación, se le dijo que no le había, ni sería posible habilitarle hasta no sabemos qué tiempo, con lo cual la profesora tuvo que volver para su casa».
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Hacía más de un año, a otra maestra nombrada para el mismo cargo le había sucedido lo mismo; aunque, al contrario de lo que pasaba en Langreo, aquí se abonaba el sueldo aunque no se trabajase y ella lo estuvo cobrando hasta que fue trasladada desde esa escuela inexistente a otra del concejo de Infiesto.
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El 14 de noviembre se volvió sobre el asunto informando de que el Ayuntamiento de Mieres ya había adquirido habitación para prestar la enseñanza en la escuela de Urbiés, pero estaba en un estado inhabitable. Entonces, ella se presentó al alcalde exponiéndole las mil razones que existían para desechar dicho local y se le contestó que su obligación era dar sus clases allí y que, de no hacerlo, el municipio recurriría en queja al Rectorado. Por si acaso, la maestra cumplió la orden e inmediatamente salió para Urbiés para incorporarse y empezar su trabajo, aunque fuese en la calle, pero al mismo tiempo se adelantó a la posible denuncia y fue ella quien puso en conocimiento del rector lo que ocurría.
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El corresponsal de «El Noroeste» siguió su relato informando de que el Rectorado no echó en saco roto lo expuesto por la susodicha maestra y pidió un informe al inspector de escuelas sobre este asunto. Sabemos que la escuela elemental de Urbiés ya existía al menos desde 1849 y por lo tanto ya habían pasado por allí varias enseñantes. Sería curioso conocer dónde estaba ubicada en el momento de esta denuncia, pero los mayores del lugar solo llevan su memoria hasta los locales ocupados por las monjas del Sagrado Corazón, que llegaron al pueblo en 1939.
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Según anotó Luis Jesús Llaneza en el libro colectivo «Noticias históricas sobre Mieres y su concejo», a finales del siglo XIX la de Urbiés era una de las ocho elementales del Concejo de Mieres, junto a Villapendi, Cuna, Figareo, La Peña, La Villa, Santa Rosa y Gallegos, además de las incompletas de Baiña, Siana, Ujo, Lloreo y Santa Cruz, la superior de Mieres y las particulares de La Matiná y Aguilar.
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Después, la llegada de familias desde otras regiones para trabajar en la Fábrica y las minas hizo que aumentase la población infantil y en consecuencia se abrieron otras nuevas en Villarejo, Armiello, Los Pontones, Carcarosa, Cantorreundu… hasta llegar en la primera década del siglo XX a 21 escuelas de niños y 11 de niñas. Pero el dicho de «pasar más fame que un maestru escuela» siguió definiendo la situación de nuestros enseñantes.
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