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El Hierro, placeres de la isla donde estuvo el remoto meridiano Cero | Escapadas por España | El Viajero

El Hierro, placeres de la isla donde estuvo el remoto meridiano Cero | Escapadas por España | El Viajero
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  • Publishedenero 16, 2026



Un repentino soplo de viento disipa los remolinos de niebla para revelar el atormentado paisaje de El Hierro: los acantilados batidos por el océano, las playas de arena negra, las coladas de lava, los caminos resguardados por las crestas volcánicas que muestran, en definitiva, la apoteosis geológica de su origen. Hay una tranquilidad extraña en la más pequeña y remota de las Islas Canarias, un silencio compacto como si pudiera cortarse en pedazos, una soledad tan profunda que hace estremecerse. Sólo las ráfagas de los vientos alisios, de vez en cuando, sacuden esta calma.

El Hierro constituye el punto más lejano de la península, desde donde se enfrenta a la inmensidad del Atlántico en su camino hacia América. Isla Meridiana, como la llaman, por esta línea imaginaria que divide la tierra de norte a sur y establece los husos horarios. Ya en el siglo II, fue el geógrafo griego Ptolomeo (y con él todo un equipo de eminentes astrónomos y matemáticos) quien acordó situar el meridiano cero en el límite occidental de este territorio, que era en aquella época el punto más extremo del antiguo mundo conocido. El límite occidental de la tierra.

Hoy en día, la isla ya no es el estándar de referencia de la cartografía mundial (este honor fue otorgado, en 1884, al meridiano de Greenwich), pero conserva el aura de un lugar extraño y lejano, tocado por la mística del fin del mundo. En la dureza de su fisonomía y la complejidad de su aislamiento, El Hierro exhibe una belleza brutal. Aquí, la vida, no siempre agradable, es la puesta histórica del ingenio del hombre a merced de la naturaleza.

el arbol llorando

Sucedió con el agua. Un bien escaso desde tiempos inmemoriales, cuya obtención sembró la confusión entre los conquistadores castellanos hasta que lograron descubrir el secreto: el árbol sagrado Garoé abastecía a la población aborigen (los bimbaches) condensando la humedad de las nubes y destilándolas luego a través de sus hojas. Aunque, según la leyenda, fue una joven enamorada quien reveló este misterio celosamente guardado por su pueblo (que llevó a su ejecución), con el tiempo supimos que la abundancia del elemento líquido se debe, en realidad, a un fenómeno meteorológico: la lluvia horizontal.

Hoy, varios siglos después, el Árbol del Llanto (en realidad, no es el original ya que fue destruido por un huracán en 1610) sigue aportando agua dulce bajo el peso de la niebla. Y cuando llega la sequía, como en el año cuarenta del siglo pasado, conocido como el fatídico año seco, este proceso es imitado por un sistema llamado atrapanieblas, utilizado en el desierto de Atacama en Chile y otras zonas áridas de África, y que los indígenas de El Hierro ya conocían hace unos dos mil años.

La isla parece haber cambiado poco desde entonces, decidida a conservar ese carácter salvaje y retraído que, por otra parte, consigue salvarla del acoso turístico que sufren sus hermanas del archipiélago. En este territorio de 11.000 habitantes censados ​​(aunque en la práctica son unos 8.000), sólo hay unas 3.000 plazas de alojamiento (frente a las 127.000 de Tenerife, por ejemplo). Eso y un puñado de carreteras, unos cuantos supermercados y un único semáforo activo.

Balcones con vistas al Atlántico.

Nada como contemplar el agreste litoral desde las alturas para apreciar la naturaleza indomable de El Hierro, declarado geoparque mundial por la Unesco en 2014. Para conseguirlo, existe una red de miradores, a los que se accede por senderos que aprovechan las antiguas rutas utilizadas por los habitantes de El Hierro, pasando por lenguas de lava, bosques de laurisilva o barrancos vertiginosos.

L’Isora, sobre la bahía de Las Playas, permite admirar el majestuoso Roque de la Bonanza y la belleza colonial del Parador de Turismo, rodeado de palmeras y jardines de aloe vera. También son magníficos los miradores de El Lomo Negro, sobre el volcán del mismo nombre y bajo el cual se extiende un manto cromático de rocas amarillas y verdosas, y el de Malpaso, el más alto (a 1.500 metros sobre el nivel del mar), que en un día despejado revela el perfil de la isla de La Palma. Pero ninguno de ellos eclipsa el mirador de La Peña, diseñado por el artista lanzaroteño César Manrique y que cuenta con un elegante restaurante. Desde este balcón privilegiado se tiene una vista espectacular del Valle del Golfo, cubierto de plantaciones tropicales de banano y piña, mientras el sol se esconde en la oscuridad del Atlántico.

Comprender la particularidad de esta isla, la historia y las costumbres de sus sucesivos habitantes pasa por visitar el Écomusée de Guinée, una antigua ciudad del siglo XVII que conserva las casas de piedra volcánica de los primeros conquistadores, en lo que anteriormente era un hábitat indígena. Junto a él está el Lagartario, donde el objetivo es recuperar una especie endémica que apenas sobrevive en El Hierro: el lagarto gigante, que puede alcanzar el metro de longitud, y que se cría en estos terrarios para ser reintroducido en la naturaleza.

De allí, no muy lejos, se alza como un barco encallado en una lengua de piedra el Hotel Punta Grande, considerado el más pequeño del mundo: cuatro habitaciones suspendidas sobre el océano que incluso pueden ser golpeadas por las olas.

El fin del fin

Como si fuera algo que respiramos, la esencia de El Hierro reside en estos lugares que encierran en sí mismos una oda a su identidad. Como La Rayuela, un hotel comercio Estilo colonial y exquisita decoración, que capta los aires cruzados del mar y la montaña, y se integra en el paisaje con una preciosa finca donde crecen dragos. O como el restaurante 8Aborigen, regentado por el chef Marcos Tavio, que cuenta la historia de la gastronomía canaria a través de un menú de 12 platos, en el que no sólo entra en juego el gusto sino también el resto de los sentidos. O como la bodega El Mirador de Adra, todo un referente en viticultura heroica, con vinos elaborados con variedades únicas en el mundo, levaduras autóctonas y modelos de nuestros antepasados.

Pero hay que llegar al aislado extremo occidental, el rincón donde cobra impulso la idea de territorio remoto. Es aquí donde el viento ha dado forma a estos espectaculares y retorcidos enebros que son el emblema de la isla. También alberga Sabinosa, la ciudad más occidental de España, donde los propios lugareños han creado un movimiento para revitalizar el folclore y la artesanía. Y donde descansa el santuario de Nuestra Señora de los Reyes, hogar de la venerada patrona que, cada cuatro años, peregrina hasta Valverde, la capital, durante la fiesta por excelencia de El Hierro.

Ya al ​​final, entre conos volcánicos, coladas de lava y arenas rojizas, en un cuadro de desolación, se alza solo el faro de Orchilla, donde el continente europeo se despidió abruptamente. Este es el punto donde se ubicaba el meridiano cero, cuando los navegantes consideraban que el Océano Atlántico era ese mar de tinieblas que golpeaba impetuosamente el Océano Atlántico. terreno terminado.





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