El imperialismo es el nuevo orden mundial
Los dos años de la carrera de Historia que Eric Storm (Países Bajos, 59 años) cursó en la Universidad de Salamanca, en los que se especializó en el pasado reciente de España, despertaron en él una “fuerte fascinación por los movimientos nacionalistas” que acabó convirtiéndose en el eje de su producción académica. Profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Leiden y docente visitante en varios campus europeos (Oxford, Berlín, Complutense…), ha publicado el ensayo ‘Nacionalismo. Una historia mundial’ (Crítica), en el que ofrece claves y contexto histórico sobre un fenómeno que últimamente vive tiempos de bonanza.
[–>[–>[–>En su libro traza una mirada sobre la historia de los nacionalismos en Europa y el mundo, pero es inevitable empezar hablando del presente. Con las gafas del historiador y el filtro del nacionalismo, ¿qué ve en la actualidad?
[–> [–>[–>Un claro resurgir de los impulsos nacionalistas en todo el mundo, que yo conecto con la desaparición de la generación que vivió los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y en el caso de España, de la Guerra Civil. Los sentimientos nacionalistas extremos marcaron la vida de las personas y los países hace un siglo y nos llevaron al desastre, pero parece que lo hemos olvidado. La xenofobia, el racismo y el supremacismo, que hace poco se consideraban tabú, hoy se han normalizado.
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De hecho, Donald Trump volvió al poder prometiendo hacer a América “grande otra vez”.
[–>[–>[–>Pero no se conforma con regresar a un supuesto pasado glorioso de América, sino que quiere hacerla más grande. Por eso pide Venezuela, Groenlandia, el canal de Panamá, Colombia y todo lo que responda a sus intereses. No es el único. Putin piensa como él, y China también. El resurgir del nacionalismo ha traído consigo la vuelta del imperialismo, que es el nuevo orden mundial al que nos enfrentamos. Lo envuelven en retórica nacionalista para garantizarse los apoyos internos, como pasó a principios del siglo XX, pero es puro y simple imperialismo.
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¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
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[–>Hay una fecha que considero crucial: 1979. Ese año pasaron muchas cosas que pusieron los pilares de lo que vivimos hoy. En el mundo musulmán estallaron las políticas de identidad islámica, con la revolución iraní y Arabia Saudita abrazando el wahabismo tras el ataque a la Gran Mezquita, y la URSS invadiendo Afganistán para acabar convirtiéndolo en un santuario yihadista. Las figuras seculares que habían guiado ese mundo en décadas anteriores, como Nasser, Sadat, el Sha de Persia o el partido Baaz, han desaparecido o están en declive. En Occidente, Juan Pablo II llega reclamando una vuelta a los valores tradicionales tras los avances del Concilio Vaticano II; y en Estados Unidos, el telepredicador evangelista Jerry Falwell funda Moral Majority, una organización ultraconservadora que empieza a influir en el partido Republicano. Thatcher ganó las elecciones en Reino Unido ese año, y unos meses más tarde lo hizo Ronald Reagan en EEUU. Ambos proclaman el neoliberalismo como receta para hacer frente a la inflación y el desempleo que había dejado la crisis del petróleo.
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Trump no se conforma con regresar a un supuesto pasado glorioso de América, sino que quiere hacerla más grande. Por eso pide Venezuela, Groenlandia, el canal de Panamá, Colombia…
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Parecen hitos muy dispares. ¿Qué tienen en común?
[–>[–>[–>Coinciden en situar la identidad como un valor supremo. Hasta entonces, la identidad era una cuestión individual, pero a partir de esos años la identidad del colectivo cobra mucho peso. También se produce un cambio de mirada. Tras la Segunda Guerra Mundial, el impulso que movía el mundo era la mejora de la vida de las personas. Las economías avanzan, se crea el estado del bienestar, las colonias se independizan… Tras la crisis de los años 70, esa esperanza de progreso fue sustituida por una mirada hacia el pasado, a las esencias, al origen, al ombligo de cada cultura. Se puso mucho empeño en recuperar tradiciones antiguas y la gente se fue encerrando en su identidad colectiva.
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¿Recuperar tradiciones es malo?
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Tiene cosas positivas, por supuesto, como el aprecio por el patrimonio cultural. De hecho, en un primer momento las políticas de identidad formaron parte de un proceso de emancipación y empoderamiento de los pueblos. Pero su tendencia al esencialismo acaba dejando fuera al que no forma parte de esa identidad. El islamismo político, el catolicismo conservador y el protestantismo ultra de Estados Unidos tienen en común que aspiran a imponer sus ideas y que toda la nación piense y sienta igual.
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¿Qué pinta el neoliberalismo en ese fenómeno?
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La caída del bloque soviético llevó a muchos a afirmar que no había otro modelo posible que el libre mercado. La propia Thatcher lo decía insistentemente: no había alternativa. Ese convencimiento acabó desplazando los debates económicos, que quedaron en manos de lo que dijera el mercado, y la política fue ocupada por debates identitarios, como si estos influyeran más en el destino de las personas que sus circunstancias económicas.
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¿Cómo se pasa de ahí a proclamar “America first” o “España solo para los españoles”, como muchos proclaman hoy?
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Si 1979 marcó un punto de inflexión, la crisis de 2008 ha sido el otro momento de quiebra de confianza en las instituciones y en el propio sistema político. La gente que ya no confía en el progreso porque se ha sentido abandonada por el sistema, ha encontrado una ilusión en discursos cargados de nostalgia nacionalista. Las redes sociales han hecho el resto. Facilitan la emoción, no la reflexión, y el nacionalismo es antes de nada un sentimiento.
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La gente que ya no confía en el progreso porque se ha sentido abandonada por el sistema, ha encontrado una ilusión en discursos cargados de nostalgia nacionalista.
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Es experto en historia contemporánea de España, donde no nos aclaramos entre la idea de nación, estado y nacionalidad. ¿Cómo nos ve?
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Francia también tiene muchas minorías, pero París concentra la parte más rica y poderosa y ha acabado imponiéndose al resto del país. En cambio, en España, dos de las comunidades más desarrolladas, Catalunya y País Vasco, están en la periferia y abrazan discursos nacionalistas. Lo cierto es que España es un país muy descentralizado, más que la mayoría de estados europeos. Tal vez podría avanzar hacia un modelo federal, pero eso no garantiza que esta tensión desaparezca. Bélgica, sin ir más lejos, es un estado federal, pero las dos comunidades que la forman viven de espaldas. El peligro del federalismo es que a menudo las federaciones se cierran sobre sí mismas.
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Durante el ‘procés’, el sentimiento nacionalista catalán alcanzó cotas inéditas. ¿Cómo vio aquel fenómeno?
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La historia enseña que las naciones suelen independizarse en momentos geopolíticos inestables. En 2017, España venía de pasar una fuerte crisis económica, pero formaba parte de la Unión Europea y en ese momento no existía una ventana de oportunidad para que Catalunya se independizara, como pudo comprobarse. Me sorprendió la ingenuidad de muchos políticos independentistas, y de quienes les siguieron, al afirmar que podían separarse de España y seguir en la Unión Europea. El rechazo internacional fue decisivo.
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¿El encaje de Catalunya en España es posible o este problema es irresoluble, como decía Ortega y Gasset?
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Desde le emoción no hay solución, porque si te sientes solo catalán, vas a querer tener un estado, como tienen otras comunidades más pequeñas o menos pobladas, pero esto obligaría a ser extranjeros en su país a quienes también se sienten españoles. Tal vez la solución sea que los catalanes sepan valorar los beneficios que tiene su situación. Son bilingües, algo que es una gran ventaja, y España es uno de los mejores estados del mundo para vivir, avanzado, alegre, moderno, con una calidad de vida envidiable. Tienen motivos para estar contentos.
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