El juicio sobra, el cuerpo no
El verano vuelve a poner los cuerpos en primer plano. No hay escapatoria: la piel se expone, se mide, se compara, se comenta –a veces en voz baja, a veces sin ningún pudor– como si fuera un asunto público. Las terrazas, las piscinas, las playas se convierten en escaparates involuntarios donde cada cual parece someterse a un juicio silencioso que nadie ha pedido, pero que todos, en mayor o menor medida, tememos. Hay una violencia sutil en esa mirada. No la de quien observa, sino la de quien cree tener derecho a evaluar. Cuerpos demasiado grandes, demasiado pequeños, demasiado flácidos, demasiado marcados, demasiado todo o demasiado poco. ¿Demasiado cuerpo? Nunca parece haber una medida justa, porque el problema no está en el cuerpo observado, sino en la obsesión por establecer un patrón.
[–>[–>[–>Y sin embargo, ese mismo cuerpo que hoy incomoda, que hoy se esconde bajo la toalla o se disimula con ropa amplia, es el que nos sostiene. El que nos ha traído hasta aquí. El que ha caminado, trabajado, parido, cargado, resistido, disfrutado –aunque a veces se nos olvide–. Nos empeñamos en tratarlo como un enemigo cuando en realidad es el único territorio que habitamos de verdad. Cada cicatriz, estría o redondez es una historia, un año, una etapa. El verano tiene también algo de trampa en eso: nos obliga a mirar lo que durante el resto del año conseguimos disimular. Pero quizá ahí haya una oportunidad incómoda y necesaria. No para gustarnos más, sino para dejar de exigirnos tanto. Para entender que la diversidad de cuerpos no es una consigna ni una moda reciente, sino una evidencia tan antigua como la vida misma.
[–> [–>[–>Basta observar con honestidad. No hay dos cuerpos iguales, ni siquiera en la misma familia, ni siquiera en la misma persona a lo largo del tiempo. Cambiamos. Nos transformamos. Perdemos y ganamos. Nos rompemos un poco y nos recomponemos como podemos. Y en ese proceso, que es inevitable, también hay una forma de belleza que no admite filtros ni comparaciones. El problema es que vivimos como si el tiempo no fuera a pasar factura. Como si este cuerpo de hoy —con sus complejos, sí, pero también con su fuerza, su capacidad, su margen— fuera permanente. No lo es. Y lo sabemos, aunque no queramos mirarlo de frente.
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Algún día, el cuerpo que hoy criticamos será el cuerpo que echaremos de menos. Echaremos de menos su agilidad, su resistencia, incluso su forma imperfecta. Nos parecerá injusto no haberlo habitado mejor, no haberlo tratado con algo más de respeto, con algo menos de dureza. Porque el cuerpo no es una vitrina. Es un lugar de paso. Y el verano, con toda su crudeza y su luz, no hace más que recordárnoslo.
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