La litera del emperador
Fue Forges quien dibujó a sus dos inolvidables personajes:
[–>[–>[–>–¿Y tú que cambiarías de la Constitución?
[–> [–>[–>–A nosotros.
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Pues parece que, años después, en esas estamos. Como no podemos tocar la Constitución y las elecciones dan miedo a quien tiene que convocarlas, lo mejor es cambiar al votante y hacer un trueque con ellos, aunque cuidando de no enfangarlo todo de malsines.
[–>[–>[–>–Hay precedentes ilustres en la historia – me apunta el pedante que siempre me acompaña como un moscardón veraniego.
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–No caigo.
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[–>–Parece mentira que sea usted un hombre ilustrado: ¡Caracalla! el emperador romano quien, en el siglo III, concedió la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio.
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Tengo que aceptar el coscorrón porque el prócer romano está bien traído a la causa.
[–>[–>[–>Puede ser que ampliar el censo a los nietos, agnados, consaguíneos y deudos desparramados por esos mundos sea una medida venturosa para avivar una patria exánime y podrida. Si esto es así, no es suficiente conceder a la parentela el derecho al voto.
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Se impone adjudicar a los nuevos españoles otros disfrutes. Porque estos recién estrenados compatriotas deben saber que la vida política española ofrece un joyero de preseas que ha de ponerse a su disposición.
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La primera, que tiene el carácter alegre y evocador de la música, es poder escuchar la «Danza de las Chirimoyas», compuesta por el hermano de nuestro gerifalte de terracota. Tiene la ventaja de estar pensada además para el baile, delicia impagable si pensamos en las cinturas de los cuerpos juveniles y sagrados, arcoiris de esperanzas.
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La segunda es culminar una fascinante excursión en el famoso Peugeot, un símbolo hoy ya convertido en pieza de nuestra historia más gloriosa, la que abrazó a los españoles en la conquista de una causa común de progreso y limpieza.
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Reflexione el lector: produce impresión y un cierto vértigo histórico pensar que ese Peugeot, en su aparente humildad automovilística, es el símbolo actual que emula a Babieca, el caballo del Cid, o el Rocinante que permitió a don Quijote llegar hasta Barcelona y culminar la más acreditada hazaña que vieron los siglos.
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¿No tiene algo también el Peugeot de la litera en la que se desplazaba Carlos I de España y V del Sacro Imperio? ¿O de la carroza con las insignias reales usada por Carlos III para entrar en España procedente de Italia? ¿No es un Papamóvil laico y desprovisto de latines y rezos?
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La tercera sería servirse de una sauna acreditada para limpiar la piel, ahuyentar sudores y olores y gozar de unas ternuras y unas cosquillas revolconas, oscilantes los cuerpos en su desnudez sobrada de pecaminosos surtidores.
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Quiero decir que todas estas fortunas no podemos acapararlas los españoles de siempre con derecho a voto, como si fuéramos garduñas agazapadas en sus madrigueras oscuras y tapizadas de egoísmos.
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Componiendo estas líneas, por cierto, me acuerdo de que yo también soy nieto. De alemán. En cuanto acabe de escribir me voy al consulado más cercano para poder votar en Weimar. A Goethe, naturalmente.
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El poeta lo dijo mejor:
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«Anoche cuando dormía
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soñé, bendita corrupción,
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que una fontanera venía
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con un puño y la rosa en flor».
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