El mensaje chauvinista del ‘Made in Europe’
Europa vuelve a hablar de industria. No como un recuerdo del pasado ni como una aspiración abstracta, sino como una necesidad estratégica.
el discurso de Hecho en Europa ha vuelto al centro del debate político europeo impulsado por los propios gobiernos. Estamos ante una narrativa que se creía superada y que hoy reaparece con un tono más urgente y, sobre todo, más autocrítico.
El cambio relevante no está en el llamamiento a producir más dentro de Europa, sino en el diagnóstico que lo acompaña. Emmanuel Macron lo ha formulado explícitamente en distintos foros europeos al pedir una política industrial común que proteja las capacidades estratégicas.
Friedrich Merz ha ido más allá al identificar claramente el principal obstáculo. No es falta de espíritu empresarial o de capital humano. Es el exceso de regulación lo que frena la actividad económica en la Unión.
Que este reconocimiento surja del núcleo político europeo es, en sí mismo, significativo. Durante años, la narrativa dominante atribuyó el menor dinamismo europeo a factores externos o estructurales difíciles de corregir. Globalización asimétrica, competencia china, subsidios estadounidenses.
La Unión empieza a asumir que una parte sustancial de su problema es de diseño institucional
Hoy, sin embargo, el foco se desplaza hacia adentro. La Unión está empezando a asumir que una parte sustancial de su problema es de diseño institucional.
La paradoja es evidente. Europa logró lo más complejo: la libre circulación de bienes, capitales y personas. Construyó un mercado único y sin precedentes históricos. Sin embargo, Fracasó en lo que vendría después. Simplificar para homogeneizar.
Convertir ese mercado en un espacio verdaderamente fluido para producir, invertir y escalar la actividad. En la práctica, la Unión de los 27 sigue funcionando como una superposición de marcos regulatorios nacionales que multiplican los costos y reducen la eficiencia.
El propio Merz lo expresó con crudeza al defender la necesidad de un régimen jurídico europeo único para las empresas que operan en varios países. La crítica no se dirige contra la regulación como principio, sino contra su acumulación desordenada y su traducción desigual en cada Estado miembro. El resultado es un entorno en el que el cumplimiento de la norma absorbe recursos que podrían utilizarse para la innovación.
La industria del automóvil ilustra este problema con una claridad incómoda. No porque esté mal regulado, sino porque Está excesivamente regulado y fragmentado. Desde la importación de componentes hasta la fabricación, pasando por la homologación, el uso urbanístico, los incentivos fiscales y el tratamiento de residuos, cada etapa está atravesada por normativas europeas y nacionales que no siempre encajan.
Un mismo vehículo eléctrico puede recibir generosas ayudas en un país y enfrentar obstáculos fiscales en otro. Puede circular sin restricciones en una ciudad y estar limitado en la siguiente. Los requisitos medioambientales, los incentivos a la compra, los impuestos, las normas de mantenimiento o los criterios de acceso urbano varían dentro de un mercado que se presenta como único. El efecto no es una mayor ambición climática, sino una pérdida de escala y una incertidumbre permanente para fabricantes y consumidores.
Mientras Europa debate cómo relanzar su base industrial, sus principales competidores operan dentro de marcos más predecibles. Estados Unidos combina subsidios con reglas claras y homogéneas. China planifica con coherencia interna y ejecuta sin fragmentación. Europa, por el contrario, legisla con ambición, pero aplica con dispersión. Esta diferencia pesa, y pesa mucho, en los sectores intensivos en capital.
Ahí es donde el mensaje del Made in Europe empieza a mostrar sus límites. Como eslogan político funciona. Como estrategia económica es insuficiente si no va acompañada de una profunda simplificación del marco regulatorio. El problema no es de preferencia del consumidor ni de orgullo industrial. Es el funcionamiento interno del mercado.
También hay una desconexión evidente entre el discurso institucional y el comportamiento real de los ciudadanos. Los consumidores no eligen basándose en eslóganes políticos, sino en el precio, la calidad percibida y los hábitos. Pensar que el Made in Europe sólo puede competir como una historia de identidad es confundir la política industrial con el marketing.
La Unión tiene razón al reconocer que algo no funciona. Acertar en el diagnóstico es un primer paso que llega tarde, pero llega.
El riesgo ahora es permanecer en la superficie del mensaje. Europa no necesita más etiquetas ni más capas estratégicas. Necesita menos burocracia y más coherencia.
Si realmente se quiere volver a producir, el gesto más revolucionario no será proteger lo que es europeo, sino simplificar Europa. Porque la paradoja del mercado único no es que falte mercado. El caso es que, después de haberlo creado, aún no hemos aprendido a dejarlo funcionar.
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí