El mito del Diluvio Universal
El libro del Génesis, capítulos del 6 al 9, recoge la narración de un cuantioso anegamiento que afectó a la totalidad terrestre: «Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la Tierra, para destruir toda la carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la Tierra morirá». Comienza la exposición describiendo la maldad de la humanidad, al observar la corrupción y violencia que la afecta, decidiendo entonces Dios destruir al género humano y demás animales. Constituye una tradición judeocristiana fundamental.
[–>[–>[–>Para este fin Dios elige a un hombre justo llamado Noé, que tenía tres hijos, anunciándole que debía construir un arca de madera de tres pisos con unas determinadas dimensiones (135 x 22 x 13 metros), en la que se alojarían él, su mujer y sus hijos con sus esposas, junto a parejas de animales (un macho y una hembra), amén de los alimentos precisos para preservarlos del desastre. Una vez dentro de la embarcación, comenzó a llover copiosamente durante 40 días y 40 noches, hasta llegar a cubrir todo el globo terráqueo incluso las mayores orografías (hecho increíble). Tras el evento, que duró 150 días, las aguas comenzaron a descender después de suscitar la muerte de todo ser vivo. Un arco iris anunció la conclusión de la hecatombe.
[–> [–>[–>¿Cómo explicar este relato apocalíptico? ¿Existió de verdad un Diluvio Universal? Su interpretación se puede explicar desde diferentes puntos de vista: histórico, teológico, meteorológico, geológico, etcétera. Bajo una perspectiva histórica y mitológica es probable que los fastos diluviales estén inspirados en sucesos catastróficos que dejaron una profunda huella en la memoria de las civilizaciones antiguas, lo que justificaría la leyenda bíblica. Sin embargo, la ciencia no apoya la existencia de tal acaecimiento, enumerando varias falsedades (p. ej., no toda la Tierra estuvo anegada, no fue de tal magnitud y no se han encontrado los restos del arca, entre otros).
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Según argumentaciones contrastadas, no se trató de un diluvio, sino de una crecida local, no universal. Mucho antes de la construcción del arca ya circulaban apologías en Mesopotamia, casi idénticas a la bíblica ambas bucean en una misma tradición cultural nacida a la orilla de los ríos Tigris y Éufrates, como contiene la «Epopeya de Gilgamesh», datada entre los años 2.500 y 2.000 a. C., conjunto de poemas escritos en Sumeria (antigua civilización, hoy Irak). Así pues, la estructura prosística de los dioses enfadados por la degeneración humana se repite, de manera casi similar, en distintas culturas del Oriente próximo. Lo que refuerza la hipótesis de la retentiva colectiva de un desastre ecológico transmitido generación tras generación hasta cristalizar en fábulas épicas.
[–>[–>[–>Lo que sí parece demostrado es que un episodio parejo aconteció realmente. Investigaciones actuales señalan que en el cuarto milenio a. C se originaron una serie de cambios climáticos en la región mesopotámica que provocaron una intensa pluviosidad estacional con desbordamientos dramáticos, engendrando vastas llanuras fluviales. Algunos relatos acreditados de significativas inundaciones demuestran que al ocaso de la última Edad del Hielo (glaciación Würm), hace unos 12.000 años (durante el período interglacial del Holoceno) promovió una importante elevación marina, sumergiendo asentamientos terrenales en zonas aledañas a la costa. También se produjo el rebosamiento del Mar Negro hace unos miles de años debido al aumento del nivel del Mar Mediterráneo por la fusión glaciar y rebasar éste el umbral del estrecho del Bósforo.
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Las investigaciones científicas no han encontrado pruebas de la existencia del Diluvio, pero sí evidencias de catástrofes hídricas a nivel local y regional. Este lance no es explicable desde el punto de vista paleontológico, pues si hubiera ocurrido daría lugar a un registro fósil caótico, con diferentes especies mezcladas en los mismos horizontes estratigráficos, cosa que no sucede en la realidad. Tampoco por la ausencia de una erosión masiva y uniforme global, ni por la ausencia de signos de tal contingencia en las capas de hielo polar, ni en el estudio dendrocronologíco de los anillos de los árboles. Las historias de la gran avenida son un ejemplo perfecto de cómo un siniestro se transfigura en mito universal, una habilidad bastante innata que tenemos los humanos para convertir tragedias en leyenda.
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[–>Con el transcurrir del tiempo la existencia de debacles formaría uno de los pilares de la «teoría catastrofista» del francés George Cuvier, la cual concibe erróneamente la evolución terrestre mediante transformaciones repentinas y violentas, esto es, a golpe de cataclismos. Utiliza razonamientos básicos muy alejados de lo admitido, hoy día, por la doctrina geológica.
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El objetivo del conocimiento racional reside en que sus proposiciones, hipótesis o teorías estén siempre sujetas a cuestionamiento y posible refutación mediante la práctica; adoptar una postura dogmática contradice el método científico y lo acerca más a creencias religiosas o ideológicas. El ofuscamiento por encajar las indagaciones naturalistas en moldes apriorísticos atenazó la libertad de reflexión y el afianzamiento de la Geología como ciencia moderna. Resulta muy evidente la declaración que, ya hacía, en el siglo XIII, el filósofo y teólogo Alberto Magno: «solamente la experiencia produce certeza».
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