El ‘no’ a la reforma del poder judicial resquebraja el aura de imbatibilidad de Meloni y augura un fin de mandato más tormentoso
Giorgia Meloni ha descubierto estos días que el consenso que la aupó al Palacio Chigi no es un cheque en blanco. Y también que su aura de invulnerabilidad, esa que parecía blindarla ante cualquier adversidad, ha resultado no serlo tanto. El rotundo rechazo de los italianos en el referéndum para ratificar su reforma del poder judicial ha supuesto el golpe más duro para la líder de Hermanos de Italia (FdI) desde que tomó posesión del cargo. Lo que comenzó como una ambiciosa arquitectura para remodelar el Estado ha terminado chocando contra un muro de desconfianza civil que no solo interrumpe el idilio con su electorado, sino que anticipa una recta final de mandato mucho más accidentada de lo previsto.
[–>[–>[–>El análisis en los pasillos del poder romano es prácticamente unánime: el llamado «premierato» —la joya de la corona de Meloni para que los ciudadanos elijan directamente al primer ministro, una de grandes reformas que quería proponer— está clínicamente muerto. Del mismo modo, la reforma de la ley electoral, si logra avanzar, se enfrentará ahora a un campo minado de obstáculos legislativos y sociales.
[–> [–>[–>«Calmaos»: el mensaje del voto moderado
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Con ello, los de Meloni han activado el protocolo de control de daños de forma inmediata. «Asumo la responsabilidad política de la derrota», decía, por ejemplo, el ministro de Justicia y uno de los arquitectos del texto, Carlo Nordio, tras conocerse los resultados. Sin embargo, el problema para el Ejecutivo no es solo técnico, sino sociológico.
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«Vienen unos meses muy difíciles para Meloni y su Gobierno», explica a EL PERIÓDICO Francesco Cancellato, director del medio digital FanPage y crítico con el Gobierno de Meloni. «Esto es una demostración de un fuertísimo disenso que no esperaban, proveniente de jóvenes, grandes ciudades y el sur de Italia. Refleja también una Italia moderada que está diciendo que ha visto un riesgo democrático», añade este cronista, que este martes escribió sarcástico un editorial titulado ‘Sonríe, que ahora viene lo peor’.
[–>[–>[–>En esta misma línea se mueve Lorenzo Pregliasco, del instituto YouTrend, quien ha destacado que el rechazo de la reforma en las urnas no fue una enmienda a la totalidad de la derecha, sino una defensa de las instituciones. «Dentro del ‘no’ hubo un voto moderado que aprecia la separación de poderes y ha querido enviar una señal al Gobierno: ‘calmaos'», ha señalado el analista.
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Una izquierda crecida, pero sin mayoría
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El centroizquierda, que hasta ahora solo acumulaba cicatrices frente al rodillo de la derecha, ha convertido el resultado en una catarsis. «Meloni dimisión», coreaban las bases en el centro de Roma. La agresividad mediática no se quedó atrás; el diario Domani, referente del periodismo de investigación, llegaba a titular con dureza: «Si tuviera decencia, Meloni dimitiría».
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[–>No obstante, todo apunta a que la euforia de la oposición es bastante prematura. Aunque el revés ciudadano es innegable, los efectos a largo plazo no parecen ser desestabilizadores para la supervivencia del Ejecutivo. Meloni ha perdido su gran reforma, pero no su base de poder, como ratifican los datos que se han conocido después del voto.
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Según los últimos sondeos, a pesar de la victoria del ‘no’, la mayoría de los italianos cree que Meloni debe agotar la legislatura. Incluso entre quienes rechazaron la reforma judicial, un 37% desea que la primera ministra continúe en el cargo, frente a un 47% que exige su salida. «Sería mejor que la izquierda no se hiciese ilusiones«, ha advertido también Pregliasco, subrayando que una derrota constitucional no equivale, de momento, a un cambio de ciclo político.
[–>[–>[–>Con todo, lo cierto es que Meloni entra ahora en una fase desconocida: la de la gestión de la escasez política. Sin el horizonte de su gran reforma constitucional, su Gobierno deberá centrarse en una economía (que empeora por las guerras en curso) y en una gestión diaria que, tras este referéndum, será observada con lupa por una Italia que ya no se fía de los cheques en blanco.
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