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El petróleo es el petróleo

El petróleo es el petróleo
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  • Publishedenero 5, 2026



Este año 2026 comienza con la constatación de que hemos entrado definitivamente en una nueva era que rompe el tablero establecido tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

Se predijo que después de la última victoria de Donald Trump, la legalidad y el derecho internacional darán paso a la ley del más fuerte.

Se impone un mundo de matones en beneficio de las grandes potencias y en detrimento de un continente como Europa que delegó su defensa e integridad en terceros.

La democracia y las normas internacionales estarán sujetas a los intereses de aquellas grandes potencias dispuestas a dividirse el mundo nuevamente.

Nada es inesperado y todo es muy predecible en función de los movimientos que se han producido en los últimos meses. Los consensos duraderos y los pactos multilaterales han dado paso a la fuerza.

Este es el nuevo motor que regirá la política internacional. Ayer Trump nos mostró sus dos mayores habilidades, el comerciante encima del gobernante y el comunicador que arrastra la mirada hasta el dedo mientras intenta tapar la Luna.

Sus palabras hacia el vicepresidente Rodríguez fueron elocuentes. Está dispuesta a colaborar, dijo, pero no señaló que sea de su interés económico.

Era innecesario ya que era obvio a qué se refería. Todo muy predecible de alguien que, junto a su hermano, ha sobrevivido a tres décadas de chavismo.

Menos esperada para muchos fue la indiferencia con la que despidió a Machado y González, dejándolos al margen de las decisiones sobre la transición que él ha decidido dirigir en persona.

Al final el petróleo es petróleo y ese es el objetivo final de sus acciones. Por supuesto, no hay negocio sin circo. El espectáculo siempre es importante y el gobernante del país de la Meca del Cine nos regaló una de las buenas con esa escalera iluminada, a lo largo de la alfombra de Hollywood, por la que descendía el sátrapa con su mujer camino de ya veremos dónde, quizá lo de anoche fuera sólo una meta voladora.

Mientras tanto, China desarrolla su estrategia tecnológica y económica, mientras Rusia busca imponer su lógica militar en las zonas europeas que considera propias.

Canadá, Taiwán, Dinamarca y Groenlandia contienen la respiración. La Carta de las Naciones Unidas ya es letra muerta y lo saben. El resto del mundo observa y toma nota.

Mi posición sobre Maduro y su Gobierno es más que conocida. Estamos ante un régimen autoritario y un dictador que ha provocado el exilio de más de siete millones de personas, miles de presos políticos, represión y pobreza.

Lo que se nos muestra 72 horas después de la intervención militar estadounidense, sin autorización del Congreso y, al margen de la legalidad internacional, no es precisamente un camino hacia la democracia y la libertad.

En todo este escenario Europa aparece con un papel irrelevante y secundario con declaraciones muy medidas para no disgustar al hombre que tiene en sus manos nuestra seguridad e incluso nuestra integridad. Reforzar la inversión en un marco común de defensa que nos permita reforzar nuestra autonomía y seguridad queda relegado.

El resultado es este, un continente de 300 millones de habitantes que sigue dejando su defensa a una potencia de 100 millones, porque esta potencia sí hizo sus deberes en los últimos tiempos.

España, donde por sus vínculos históricos y convivencia residen más de 300.000 exiliados venezolanos, debería jugar un papel predominante y, en cambio, se debate entre la hiperventilación y la oposición de las fuerzas políticas.

Cuando mostré mi sorpresa ante muchas de las declaraciones que estamos presenciando en nuestro país, buenos amigos me dijeron con cariño: «Esto no se trata de lo que tú creas que debe prevalecer, que es el sentido común».

Continúan en este cuento de que la reacción populista que quiere el pueblo ya está instalada en el debate. Escuchándolos imagino que una parte importante de nuestra sociedad se sentirá huérfana en ese ámbito, o al menos eso creo.

Al contemplar la fascinación y la elocuencia demostradas por la extrema derecha europea –salvo Le Pen por orden de Putin– hacia la obra del fuerte señor de Washington, custodio de nuestra seguridad, mi malestar aumenta.

No olvidemos que este viejo continente, defensor de la democracia y los derechos humanos, también se siente incómodo con este nuevo orden mundial y es aquí donde entra en juego para debilitarnos el impulso y aliento que estas fuerzas extremistas reciben y seguirán recibiendo del presidente norteamericano.

Ojalá al menos esto nos muestre la urgencia de apostar decididamente por nuestra autonomía militar para la seguridad y la defensa.

En este nuevo escenario, España debería tener una política exterior común, algo que parece imposible. Es imposible no abandonar la tentación de utilizar cualquier crisis global como arma para lanzarla contra el adversario político, aunque sea a expensas del papel de nuestro país en el mundo.

Podría ser clave, pero eso ahora es secundario, cuando sea de cada uno lo solucionaremos, entiendan la ironía.

En un futuro que parece incierto, más hostil, inseguro y desigual, deberíamos considerar los límites, las normas y el papel que debemos desempeñar como país y no como partidos.

El resto habrá que dejarlo de lado en los tiempos venideros. Algo aplicable a España y por tanto a Europa.



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