El precio de una vida
Sinceramente, no sé muy bien cómo asimilar los acontecimientos de los últimos años. ¿Cuánto vale la vida de una persona? Casi a diario recibimos noticias trágicas, acompañadas de imágenes impactantes de tragedias humanas perpetradas por otros humanos.
[–>[–>[–>Y, sin embargo, parece que no pasa nada. No hablo de un caso aislado, sino de vidas abruptamente truncadas, en muchos casos sin una causa aparente. O, al menos, eso es lo que parece.
[–> [–>[–>La realidad, sin embargo, es otra. Estas muertes se presentan dentro de un contexto que sugiere que la víctima pudo tener alguna culpa o que estaba en el lugar equivocado. Así, casi sin darnos cuenta, se justifica que la vida de una persona no valga nada: apenas un titular anónimo o una nota a pie de página.
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Nos hemos inmunizado frente a la pérdida de la vida humana, como si fuera algo normal o incluso esperado. Ante estas noticias solemos reaccionar de dos maneras: o bien con un breve instante de empatía, o bien —lo que resulta más inquietante— con una cierta justificación del hecho en nombre de un supuesto bien mayor.
[–>[–>[–>En ambos casos, el resultado es el mismo: la vida ya ha terminado. No importa el cómo ni el porqué. Se está normalizando, de forma alarmante, la pérdida de vidas humanas en luchas callejeras, venganzas, guerras, pandemias o, simplemente, por odio o lucro. Miramos hacia otro lado o expresamos una repulsa momentánea que desaparece casi con la misma rapidez con la que llegó. Esas vidas se convierten, de nuevo, en números.
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¿Cómo es posible? Si nos detuviéramos a pensar en cada una de esas vidas, la respuesta sería incómoda: vivimos en una sociedad cada vez más individualista, que busca refugio en explicaciones simplistas para evitar enfrentarse al peso moral de lo que ocurre. Nos protegemos racionalizando la tragedia.
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[–>Hemos dejado de ver a las personas. Vemos contextos, etiquetas, justificaciones. Se habla con una ligereza inquietante de miles de fallecidos, sin detenernos a pensar que eran individuos con sueños, proyectos y esperanzas. No nos importa su edad, su historia o su papel en la sociedad. Olvidamos que cada vida perdida empobrece, de forma irreversible, lo que somos como especie.
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Quizá seguimos sin asumir que somos una sola comunidad humana. Y por eso aceptamos que una vida pueda considerarse un coste asumible. No pensamos que cada pérdida puede significar también la desaparición de un potencial: un avance científico, una contribución artística, una solución aún no descubierta.
[–>[–>[–>Tras una pandemia global, cabría esperar una mayor conciencia de nuestra interdependencia. Durante un breve tiempo pareció posible. Sin embargo, la realidad ha sido otra: hemos regresado a dinámicas del pasado, a la polarización, a la construcción de muros físicos e ideológicos. La vida humana vuelve a convertirse en moneda de cambio, en instrumento para sostener intereses, privilegios o discursos.
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Entonces, la pregunta sigue en pie: ¿cuánto cuesta una vida humana? ¿Todo nada? Hoy, su valor parece medirse en función de su utilidad, una utilidad que ni siquiera pertenece a la persona, sino que depende del azar de su origen, de su contexto o de los intereses que la rodean.
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Ante esto, debemos plantearnos hacia dónde vamos como sociedad. Si aspiramos a un futuro común, el punto de partida es evidente: reconocer que no hay valor más alto que la vida humana, propia y ajena.
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