El rasputín del Putin
Es una yegua blanca y prodigiosa, que ostenta en la frente un largo cuerno de marfil retorcido, y cuyas fábulas, artes, heráldica y farmacopea proclaman virtudes reales o supuestas. El unicornio, de unicornis, destruye todo veneno; hace huir a toda serpiente.
Roger Caillois. «El mito del unicornio»
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Valentín, el amigo que lee muchos libros y librillos, de empaque patricio, no es el otro Valentín, profesor magnífico de «La Eneida» y «La Ilíada» en los Maristas de Santa Susana (Oviedo). Fue hace días, rezando una, la única Exhortación Apostólica del novísimo León XIV, cuando me entero de que a los Maristas se les denomina en las cuevas del Vaticano «Los Hermanos Maristas de las Escuelas» y lo «de las escuelas» me recordó a otros Hermanos, los de La Salle, del Sanatorio Marítimo (Gijón). Tal hermandad hubiese sido rechazada por el Reverendo Hermano Director de los Maristas, pues superábamos, según él, hasta a los de la Inmaculada de Gijón, de los jesuitas, de gola almidonada, lazos y fijador.
[–>[–>[–>El lector o la lectora, con inquietudes, se preguntará: ¿Y usted por qué lee esas cosas tan papales y tan poco palpables? La respuesta es sencilla: cada vez estoy más convencido de que Política y Teonomía –no confundir con Teología– son casi lo mismo. Por eso, más estudio que leo hasta los teóricos políticos de «andar por casa», y que viven a costa de la democracia, cobrando dietas y más dietas por traslados y residencias.
[–> [–>[–>También más estudio que leo a los teólogos pontificios y predicadores de la papal Casa, aunque no sea el Sumo Pontífice un teólogo acreditado. No es moco de pavo que el tratado de «Excelencia» por la Ley asturiana sea hombre de misa, olla y de mucho pote, y sea de comunión diaria o diurna, acaso también nocturna. Lo seguro es que el tal «dignatus», besa mejillas de cardenales ángeles y estira la mano a obispos que, por ser frailes mendicantes cuando van a Roma, llevan hábito y cordón blanco.
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Valentín, el de «La Librería de Bolsillo», me mostró otro libro –además del Koljós, de una extraña editorial, la WunderKammer, en abreviatura WK, «de libros ocultos y libros de culto». La cosa se puso más febril al comprobar que el autor era Roger Caillois y que el libro tenía dos textos, uno titulado «La Disimetría» y el otro «El mito del Unicornio». Agradecí a Valentín que tan bien intuyera el gusto mío, oculto y culto como la editorial, pues ni él ni nadie sabía de mi admiración por Caillois, y ello por razones varias:
[–>[–>[–>1ª.- Por haber sido académico de la francesa, y a él dedicado el discurso de agradecimiento de Marguerite Yourcenar el 22 de enero de 1981, al ingresar en La Coupole y ocupar el sitio vacante precisamente por la muerte de Caillois (1978) –el memorable discurso de Yourcenar aún se puede ver y escuchar en YouTube–.
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2ª.- Por haber subido en su niñez, tal como contó, a piedras y monumentos, hechos trizas o ruinas por la Gran Guerra de 1914; al jugar con eso, quedó muy marcado. Lo mismo pasó en Oviedo, en los años cincuenta y sesenta del anterior siglo, en que los niños, sin hacer preguntas, jugaban entre ruinas, recuerdos bélicos de la Guerra Civil. Niños que jugábamos sobre los restos de la imponente Iglesia, sin techo y a cielo abierto, de las Carmelitas Descalzas, en la calle Muñoz Degrain, o entrando en agujeros para armas del Campo de Maniobras; todo en Oviedo. Un caos, mucho más que un gozo romántico a lo inglés, que los niños más despiertos preguntaban, sin nadie responder.
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[–>3ª.- Por haber sido Caillois el introductor en Europa de la literatura latinoamericana, con Borges a la cabeza, después de haber residido de 1940 a 1945 en América del Sur, exiliado del régimen colaboracionista francés y protegido por la gran dama argentina que fue Victoria Ocampo. Por eso Vargas Llosa, el marqués por concesión del ·emérito Borbón en 2011, al ingresar en la Academia de los 40, en febrero de 2023 –sin haber escrito una palabra en francés– tuvo que decir para el aplauso: «La literatura francesa sigue siendo la mejor». Y el académico Daniel Rondeau, autor de una treintena de libros y gran bebedor de Moët & Chandon, dio al marqués la bienvenida: «Sea usted bienvenido a la tribu de los efímeros inmortales».
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4ª.- Por haber escrito maravillas sobre los mitos, lo sagrado, los juegos y las piedras. Escribió en el capítulo V de «La Disimetría» lo siguiente: «Todo lo que es derecho es fasto, todo lo que es zurdo es maligno. La mano derecha no es solo la más fuerte, la más hábil, la más diestra, como su nombre indica, ella es también la del juramento y la lealtad, la rectitud y la destreza. El derecho es el fundamento de la justicia y legitimidad».
[–>[–>[–>Sobre «El mito del Unicornio» me limitaré a señalar que no se debe confundir con el mito del tricornio, más difícil aún, que, como se sabe, está relacionado con la Guardia Civil. Eso es muy interesante, pues como se ha escrito en el siglo XX por un autor castizo, «el tricornio del cuerpo armado es la mejor solución en plástico de resolver la cuadratura del círculo», y añado «mucho mejor yendo dos en pareja, con capa y charoles, fumando Peninsulares Extra».
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Y Hélène Carrèrre pronunció su discurso de agradecimiento el 28 de noviembre de 1991, recordando a su antecesor, Jean Mistler, musicólogo, novelista, ensayista, crítico literario y hombre político, también secretario perpetuo de la Academia francesa. A ella, el literato Michel Déon, en su discurso de respuesta, llamó exploradora de la Santa Rusia y de la Unión Soviética. Destacó Déon el libro profético de ella «El Imperio a pedazos (L´Empire eclaté)» de 1978. Una caída, la de la URSS, de manera pacífica, descrita en «Seis años que cambiaron el mundo», lo que fue muy fácil porque el sistema comunista estaba muy corrupto.
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Si Hèléne Carrère se anticipó en la caída, fue muy retrasada en ver el ascenso de Putin a la sombra del alcohólico Yeltsin, que le colocó donde no debía. Putin, a pesar haber nacido en San Petersburgo, ciudad de suavidades venecianas, aunque sin góndolas, lleva en su sangre –siempre fue espía de la KGB– la herencia de los orientales tártaros, con su teoría del poder despótico y piramidal. Hélène Carrère, con buena voluntad, miró más a la Rusia europea que a la Rusia asiática, que fue la triunfadora. Y lo de las raíces cristianas es bonito pero insignificante, teniendo en cuenta el cesaro-papismo de la Iglesia ortodoxa rusa, muy de Bizancio. Por haber dicho Pío XII una engañosa sandez, en plena matanza de popes ortodoxos por Stalin, que los rusos después del comunismo se convertirían al catolicismo, el papa sigue sin poder poner los pies en la Santa Rusia.
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Hay teorías. Unos aseguran que fueron los «rasputines de Yeltsin» los que encumbraron a Putin, el criminal. Otros aseguran que éste fue el verdadero Grigori Rasputin; que de espía de la KGB llegó a santo, sin necesidad de ser Putin monje, barbudo y borracho, y ya sin la corte hemofílica de los Romanov, fusilados todos en 1918. Lo único que falta al corrupto Putin es ser asesinado, que lo será al estilo ruso, en un sótano palaciego como Rasputin en 1916. Putin no resolverá los problemas de Rusia y de Ucrania, del mismo modo que Rasputín no pudo aliviar los sufrimientos del hijo hemofílico del zar o caesar, Nicolás II, y de su esposa Alejandra. Putin, a diferencia de Rasputin, tendrá la ayuda del fantoche Trump, que, como alma en pena, transita del Nobel de la Paz a criminal de guerra.
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Dato interesante es que la Academia francesa nombrara secretario perpetuo, al morir H. Carrère D´Encausse –apellidos del marido Louis, un tanto panoli- al académico franco-libanés Amin Maalouf, que en el libro «Le Labyrinthe des égarés» escribió: «El paraíso de trabajadores (la soviética Rusia), en el que creyeron tantos hombres y mujeres en todos los continentes, no pudo mantener sus promesas». n
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