El sanchismo era esto
España vive su mejor momento para los fabricantes de humo y los vendedores de crecepelo. Nunca se elaboró tanto relato, tan rápido y con tan escasa materia prima. El país circula embalado, pero en dirección contraria y con el GPS sin cobertura. Si algo se rompe, no es avería: es bulo; si no funciona, es culpa del facherío.
[–>[–>[–>El Estado se ha puesto en manos de quienes lo consideran una molestia administrativa. Se inocula polarización como vacuna universal y se gobierna a golpe de consigna, que es más barata que la gestión y no requiere mantenimiento.
[–> [–>[–>Hace tiempo que la meritocracia fue sustituida por la obediencia ciega, cuota de obligado abono si se pretende desfilar en la cofradía del amén, que reparte cíngulos con derecho a besamanos. No hace falta saber, basta con asentir; no es preciso pensar, sobra con aplaudir. Los consensos se descosen como calcetines de mercadillo y lo común se trocea al peso: ¿Cuánto me da por mi agravio comparativo? Se aceptan transferencias a cambio de victimismo.
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El país va como un coche sin ITV pero con pegatina ideológica. Con el sanchismo, la mentira dejó de ser pecado venial para convertirse en deporte federado. Los que mandan han subcontratado el Estado a equipos de demolición periféricos: la radial socavando los cimientos de la igualdad ante la ley y el interés común. Se nos viene el techo del edificio encima y aquí seguimos de coros y danzas. Se nos está avivando el incendio y aún pensamos que se trata de un montaje de efectos especiales.
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