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El Senado actúa, el Congreso rumia

El Senado actúa, el Congreso rumia
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  • Publishedenero 8, 2026



Durante años se repitió que el Senado era una cámara prescindible, una escala para los políticos en retirada. Al Partido Popular le bastó alcanzar la mayoría absoluta para descubrir que el problema no era la institución, sino el uso que se hacía de ella. Hoy, mientras el Congreso de los Diputados se ha transformado en un pesebre disciplinado al servicio del sanchismo, el Senado ha decidido hacer algo casi subversivo: preguntar, investigar y controlar.

La diferencia entre ambas cámaras ya no es ideológica, sino moral. En el Congreso, el Gobierno no rinde cuentas: reparte recompensas. Cada socio espera su parte –una transferencia, una ley a medida, una amnistía política o presupuestaria– y, a cambio, ofrece silencio. El control parlamentario ha sido reemplazado por una obediencia cultivada.

En el Senado, en cambio, la mayoría del PP ha activado comisiones realmente incómodas. Está la comisión del caso Koldo, que ha hecho lo que el Congreso nunca quiso: poner el foco donde arde. También la comisión sobre el gran apagón, un episodio que el Ejecutivo hubiera preferido enterrar bajo el mantra de la normalidad sobrevenida. Y, como siguiente paso, la comisión para investigar las ayudas a Plus Ultra, que permitirá analizar algo más que un rescate aéreo: la relación entre el Gobierno de Pedro Sánchez y el régimen de Maduro, siempre envuelta en una niebla tan densa como reveladora.

Nada de esto sucede por casualidad. El Senado molesta porque no está domesticado. Porque no depende de socios extorsionadores ni de saldos imposibles. Porque no vive de aplausos fáciles ni de historias prefabricadas. Y, sobre todo, porque le recuerda al Gobierno algo que parece olvidado en el Congreso: que el poder está controlado.

El país vive el peor momento institucional de la democracia parlamentaria. Colonización del poder judicial, una Fiscalía General del Estado alineada con el Ejecutivo, un Tribunal Constitucional convertido en trinchera política, medios públicos como RTVE al servicio del Gobierno y organismos como el CIS, el INE o el CNI degradados a instrumentos de conveniencia. Todo ello mientras el Congreso aplaude y el Senado pregunta. Por eso el Senado se siente incómodo. Y por eso el Congreso, convertido en pesebre, ya no molesta a nadie. Excepto los ciudadanos.



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