El señor de los anillos (y los collares)
En los corrillos de la política y en las barras de las tascas se hacen chistes sobre las joyas aparecidas en una caja fuerte del despacho de Zapatero durante los registros policiales. Tranquilos: en principio no se trata de la dote de la zarina de Rusia, ni del ajuar infinito de la suegra previsora. Digamos que el hallazgo no brilla tanto como para deslumbrar al Kremlin, pero tampoco parece bisutería de mercadillo.
[–>[–>[–>Hay collares que adornan y otros que aprietan. Los de ZP adornan el relato, porque la política es una joyería narrativa donde cada cual exhibe su mejor pieza: el anillo de compromiso con la paz, la pulsera de promesas, el broche del consenso… Zapatero siempre fue de dar la hora con reloj ajeno, como si el tiempo lo curara todo. Y mientras el reloj avanzaba, el tictac marcaba el compás de una colección discreta, sin diamantes de zar ni rubíes de novela, pero con suficiente brillo como para levantar las cejas de la sospecha.
[–> [–>[–>En este caso no se trata de contar quilates, sino de medir metáforas. En la joyería pública, el valor no está en el oro, sino en el engaste del discurso. Hay alhajas que sellan pactos y otras que se echan por el desagüe cuando asoma la placa de los agentes de la UCO, y regresan, tras tirar de la cadena, a las cloacas de las que emergieron. Y así, entre perlas de ironía y cadenas de titulares, la caja fuerte de Zapatero se convierte en escaparate de la ruindad política. Nada más digno de un meme que la escasa catadura moral de un memo. Estamos en la primera entrega del «señor de los anillos». A ver qué nos deparan la trilogía y el resto de la saga.
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