El tren de la bruja
Un día descubrimos que algunos trenes podían circular a 300 kilómetros por hora y en 1992 estrenamos uno que nos llevaba de Madrid a Sevilla en un santiamén. Nos encariñamos del juguete y perdimos el juicio. El AVE pasó de ser una herramienta de cohesión a un símbolo de estatus: si el tren volador no pasa por tu territorio, eres un paria. Se repartieron líneas como si fueran caramelos masticables y nos devoró la caries. Hoy España es subcampeona mundial en kilómetros de alta velocidad, solo detrás de China. Un exceso para un país de montañas, túneles carísimos y escaso hábito en invertir en mantenimiento.
[–>[–>[–>Como nos gusta inaugurar más que conservar, la inversión ferroviaria subió como un cohete hasta 2010 y después se desplomó. El resultado es una cadena de incidencias, retrasos y accidentes que ya no pueden despacharse con alusiones al mal fario.
[–> [–>[–>Lo peor sería que ahora le cojamos pánico al tren, que sigue siendo el medio más seguro y más limpio. Pero la versión mítica del AVE, la del progreso sin factura, se agotó hace tiempo. Desde entonces vivimos de la propaganda mientras la infraestructura envejece y la responsabilidad se disuelve entre administraciones.
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Nos pasa con todo. La pandemia desnudó la fragilidad del sistema sanitario. La crisis financiera pulverizó la fantasía de la banca ejemplar. Urbanizamos zonas inundables y luego nos sorprendemos de las riadas. Sabemos que la red eléctrica es vulnerable y solo reaccionamos cuando se apaga el país entero.
[–>[–>[–>Cada vez que se derrumba una ilusión colectiva no exigimos mejor gestión: preferimos resolverlo a garrotazos. Y así, entre la propaganda y la bronca, el país se va volviendo más frágil, más torpe y más triste, en el vagón de cola del tren de la bruja
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