El último de los abañiles que hizo su casa con sus propias manos en este conocido barrio de Oviedo
Es el último de los albañiles que hizo su piso con sus propias manos que queda en el Patronato de Guillén Lafuerza, casi setenta años después. Raimundo Martín camino de los 98 años, «a cumplir el 12 de julio», se sienta casi todos los días en una mesa del Bar Guillén, si está libre la que está debajo de una foto aérea del oeste ovetense, tan cambiado desde que llegó de su pueblo natal, Santa María del Páramo, en León.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>«Empecé en los bloques del Tocote, en Pumarín», recuerda Martín de sus inicios en un sector de la construcción apremiado por la necesidad de hacer ciudad, y vivienda, mucha vivienda, en Oviedo en los años que siguieron a la posguerra, «cuando tenía treinta años o así» .
[–> [–>[–>Fueron años de mucho sudor y sacrificio. «Me tocó todo, tenía que trabajar primero en las obras y luego para hacer mi casa, sábados, domingos y todo», relata de aquella fórmula del régimen franquista para sacar adelante pisos baratos en tiempos de escasez, que era mucha, para las clases trabajadoras con sueldos muy bajos. El Estado aportaba el material y los futuros inquilinos la mano de obra y luego un pago mensual, de unas 120 pesetas. Con los años, los pisos del Patronato pasaron a ser propiedad de todos los que las habían construido.
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«Trabajé, colgado, en la construcción de la Casa Sindical, más abajo de Plaza América, también fui a Gijón, El Entrego. Tenía moto y había que moverse a donde te querían», comenta Raimundo Martín, que no se resiste a entrar en el detalle de las exigencias para poder tener tajo en aquellos tiempos: «Había que trabajar diez horas, si no nada, no te quería nadie», subraya. Y de vuelta a casa, a trabajar por las noches en el piso del Patronato para él y su familia. No resulta nada extraño que llevase por cuenta el tiempo que tardó en construir su casa porque cuando acabó, descansó de aquel destajo. «Empecé el día de la Raza, el nombre que se daba entonces a la fiesta del 12 de octubre, y vine a vivir un mes de marzo, año y pico después». Exactamente diecisiete meses de trabajo, sin un día de libranza de por medio, un esfuerzo llevadero «porque entonces era todo juventud», dice. «Y ya quedé aquí para siempre, ya no marché nunca más, estuve y estoy muy contento en esta zona», cuenta Raimundo Martín, muy apreciado por las generaciones de hijos que poblaron Guillén Lafuerza ya que puso un kiosco en una esquina del barrio, un puesto de chucherías en el que trabajó su hija, según recuerda otra de las clientas del Guillén, auténtico centro social y más que punto de reunión, corazón emocional, del barrio original.
[–>[–>[–>Leticia Posada, la tercera generación al frente del Guillén, el chigre más antiguo de Oviedo en la actualidad, certifica el arraigo de Raimundo Martín a un barrio, que acaba de cumplir, en septiembre pasado, 80 años de cuando se produjo la entrega de las llaves de las casas del Rancho, origen residencial de la zona. «Raimundo era amigo de mi padre, eran de la misma edad e hicieron cada uno su piso a mediados de los años cincuenta. De los originales, es el único que queda. Luego otros pisos pasaron a hijos o familiares de los que los construyeron, pero del principio solo queda Raimundo en todo el barrio, de los demás no queda nadie», detalla la hostelera, memoria viva, junto a su esposo, Roli Fernández, de un barrio que llegó a contar con cuatro bares y donde ahora es el único que permanece de aquellos tiempos, pero pleno de actividad y de vecinos, de los que quedan de antes y de los que llegan ahora.
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