El único ausente, el hantavirus
El hantavirus ha sido el único ausente en la ceremoniosa evacuación tinerfeña de los opulentos clientes del crucero de placer ‘Hondius’, y de sus serviciales tripulantes. Al escuchar por enésima vez a la OMS y al Gobierno que «el riesgo de contagio es bajo», conviene añadir que esta ley se cumple salvo para quienes se han infectado, y que han experimentado por tanto un riesgo del cien por cien. Quedará para la historia el pavor nocturno del presidente canario a que el bicho asesino se le colara mediante un ratón nadador, un recelo quizás excesivo en una comunidad que acoge más de 18 millones de turistas anuales sin exigirles certificado de vacunación. Y aunque la España donde no fondeó el buque ha felicitado al Gobierno por tomar las riendas de la carísima evacuación de cruceristas sanos, esta misma diligencia sin víctimas apreciables acentúa el reproche por la dejación de responsabilidades de la Moncloa en la dana de Valencia, con 230 personas muertas.
[–>[–>[–>En el lenguaje que puede entender hasta un epidemiólogo, los catorce españoles aparentemente sanos y con un «riesgo bajo» de contagio del lujoso ‘Hondius’ han originado un gasto sanitario superior a un millón de euros per cápita, más de lo que cualquier ciudadano enfermo le costará a la salud pública en toda su vida. Es lógico que la puntualidad militar de la operación de rescate haya ocasionado cierta perplejidad entre los habitantes de listas de espera sanitarias medidas en meses, pronto en años.
[–> [–>[–>El hantavirus es un vago redomado, por comparación con la laboriosidad del hiperactivo coronavirus. Pese a su pereza, el microorganismo se ha colado en un recinto exclusivo, concebido para que los privilegiados contaminen los paisajes polares. Esta insidiosa infiltración vírica en el palacio flotante es un desafío inesperado. El mundo se subdivide en clases medias, ricos e inmortales. El reducto creciente de los milmillonarios ya atesora la impunidad, y ahora persigue además la inmunidad de la vida eterna. Sin embargo, la travesía del ‘Hondius’ demuestra que la infección siempre encuentra un camino hacia los recintos más selectos, por lo que nadie está a salvo. Solo un factor puede evitar el apocalipsis, el error humano.
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