El Viajero (I)
Van a disculparme por contarles hoy mi vida, de lo amante que fui durante unos cuantos años de ser viajero de Renfe. Todo comienza cortejando en Sama de Langreo, viviendo yo Oviedo. El único día que yo podía ver a mi novia era el domingo, lógicamente, al trabajar el resto de la semana.
[–>[–>[–>Busqué el medio más rápido de llegar hasta allí. Inicialmente pensé en los autobuses “El Carbonero” que iban hasta Laviana cada media hora, pero su estación quedaba un poco lejos de mi casa, por lo que solo quedaría el recurso del tren. Así que me acerqué un día por la estación del Norte y allí encontré la solución idónea: los domingos salía un tren de cercanías con destino a El Entrego cada hora, de la misma forma que para regresar lo cogería en Sama para llegar a Oviedo a una hora no muy tardía, siempre nunca más tarde de las 10 de la noche. De esa forma, los de casa no se enterarían a dónde había ido todos los domingos por la tarde.
[–> [–>[–>Los viajes se hicieron tan frecuentes que al cabo de un tiempo, me hice amigo de los interventores (generalmente llamados revisores): Arias y Rodríguez, que años más tarde pasarían a trenes de largo recorrido. Aquí finaliza la historia en los trenes de Cercanías.
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Años más tarde, ya no tan frecuente, por razones de trabajo empecé a viajar a Madrid y entonces me desplazaba en los famosos coches-cama: dormía como un lirón, desayunaba en mi compartimento y desde la estación de llegada ya podía dirigirme al lugar de trabajo. Solo una vez que hubo huelga en Wagons Lits Cook y un camarero tenía que atender dos vagones, se me olvidó poner la cadena de seguridad a la puerta, dormía como un tronco y antes de llegar a Ávila un amigo de lo ajeno entró y me robó una hermosa chaqueta de punto que mi mujer me había regalado. Así que al llegar a la estación de Príncipe Pío, donde llegaban entonces los trenes del Norte, yo salí en camisa: hacía calor.
[–>[–>[–>Estando en Madrid, me pidieron ir a Barcelona. Era fin de semana y regresaba mucha gente a la Ciudad Condal, por lo que no había una sola plaza en coche-cama, ni en Primera Clase: solo había una plaza en aquellos vagones-litera que, en cada compartimento, llevaban seis literas: ¿Se acuerdan?, desconozco si siguen existiendo. Logré acomodarme en una abajo del todo y mal dormí hasta llegar a Zaragoza, cuando me despertó un chico que vendía bocadillos por el andén: hasta llegar a Barcelona fui charlando con un fotógrafo que hacía una exposición de sus retratos.
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No les canso más, brevemente les cuento que el último viaje fue regresando a Oviedo desde Barcelona, pasando por Valencia y Madrid: viajes eternos que hoy me pregunto cómo pude hacerlos. A Dios gracias y sin percances, ni tan siquiera un susto. Yo hoy guardo un triste recuerdo de los 45 fallecidos de Adamuz y sus heridos, sin olvidar los 80 fallecidos de Angrois.
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