Elogio de la descortesía
(Alerta: todas las píldoras siguientes, salvo la última, son irónicas). En vista de cómo va la vaina, he decidido abandonar cualquier manifestación cortés y sustituirla por lo que está de moda: la faltosada. Harto ya de saludar con un «buenos días» y de que me respondan con un «sí» o un «jum»; aburrido de que ni me miren tantos empleados públicos −incluidos los de atención al cliente− cuando me hablan; cansado de ceder el paso y ni gracias… empiezo hoy mismo a poner en práctica la vida loca de la descortesía. Hoy he ido al tanatorio a dar un pésame y me he acercado a los parientes y deudos al grito de «¿Cómo están los máquinas?». Así, para que cunda el optimismo heavy. Antier, entré en la habitación nosocomial de un amigo moribundo gritando: «¿Qué tal todo, campeón? ¿Estás bien?». Aproveché para soltar un «¡Os veo genial!» a un par de recién accidentados que ingresaban desbaratados en la UVI. Me siento pletórico gracias a mi nuevo carácter descortés. La gente ni ha reparado en mi cambio.
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[–> [–>[–>Paseo junto a la «Premium Pool» (traducción: «Piscina Carísima») de un megaultrabigresort donde me citó un nuevo rico de pasta, antiguo pobretón de todo. Seis estrellas o qué sé yo cuántas, gran lujazo horterísimo, lo flipas. Pero veo dos tazas sujetando sendos bañadores sobre una cama balinesa y un vaso derramando oscuro líquido; veo a una joven nadando tocada con sombrero panamá, copazo en mano y vestida de calle; veo a una pareja más que madura arrimándose sus carnes colgantes en el agua común, frotándolas las unas con las que fueron turgentes otras, escupiendo y esputando él con esmero y frecuencia durante las pausas friccionales que con jadeos pespuntan… Qué más da que tenga 6 estrellas si la gente no tiene cortesía de 6 estrellas. Medito en abrir un Cuquirresort Fashion enfrente: «La Liendre Vomitera». Especificaría que no se admite clientela ni cortés ni educada (pleonasmo). Me forro.
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[–>[–>[–>Una pildorita de lengua española, si tal cosa aún persistiere. Me consta una expresión preciosa en nuestro idioma que designa un tipo de personaje cada vez más frecuente por este mundo que el diablo ya ha confundido por completo. Ahí va: «Estragar la cortesía alguien». Menganita estraga la cortesía a todas horas. No me quiero cruzar con Fulano, que lleva todo el mes estragándome la cortesía. Pues bien, ya es hora de develar el significado de la antedicha locución verbal: Estragar la cortesía alguien es hacer repetidas instancias para nuevas mejoras y gracias, y molestar a todas horas, no contento con los beneficios que ha recibido de una persona. O sea, lo que uruguayos y argentinos conocen como «rompehuevos». Recuerdo lo dicho por Confucio: «El hombre superior es cortés, pero no rastrero; el hombre vulgar es rastrero, pero no cortés». Y como lo vulgar es lo que mola me aposento en el Parque del Gas a estragar la paciencia del primer convecino que pase.
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[–>Habrán visto con frecuencia los descorteses carteles pegados al cristal de un establecimiento, tipo «He salido, vuelvo ahora». Y uno se pregunta ¿cuándo habrá salido, cuándo será ese ahora? Pues abundo aún más en mi conversa y radical fe de faltoso y propongo un insultante letrero con la siguiente leyenda asquerosa, sin acentos y con otras faltas: «Me importais una mierda que sus vayan dando asina que sali o no estoi o no se de donde vengo ni handande voi». ¿A que se forma cola?
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[–>[–>[–>Ya lo escribí, hoy lo repito: amor eterno guardo a una teniente de aduanas de la Cuba de 1992 quien –viéndome con gafas de sol y necesitando comprobar ella la foto de mi pasaporte– alcanzó la cumbre de la cortesía. No gritó un «¡Quítate las putas gafas, bastardo hijo de perra!», como en las series educativas de streaming, sino que deslizó un suave, profesional, firme y cortés «¿Me enseña sus ojos, por favor?».
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