En el centro de todas las encrucijadas
José Errasti es director de la Cátedra Leonard Cohen de la Universidad de Oviedo
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Allí, justo en el centro de todas las encrucijadas del rock and roll se encuentra Patti Smith. De pie. Con esa actitud que nunca supimos si era de extrema humildad o de extrema arrogancia. Leptosomática, despeinada y quijotesca. En el punto en el que se cruzan la poesía y la electricidad está Patti Smith. En la tangente entre el sufrimiento y la sinceridad está Patti Smith. Bob Dylan, Leonard Cohen y Bruce Springsteen se juntan en un solo punto, llamado Patti Smith. Porque la noche pertenece a los amantes. Si sigues una de las líneas que sale de Patti llegas a Lou Reed. Si sigues otra línea llegas a Blondie. Tantas líneas atraviesan a Patti Smith que muchas escapan del rock and roll hacia la literatura, el cine, la pintura. Tires del hilo que tires, acaba apareciendo Patti Smith.
[–>[–>[–>Bailando descalza entre dobles sentidos, sacando fuerzas de su autotrituración, cada canción de sus cuatro primeros discos fueron bolas de demolición dirigidas contra sí misma. Su honestidad radical no le permitía tender el menor puente, facilitar ni un milímetro la conexión con su obra para el espectador que no estuviese en sus zapatos. Por eso «Horses», «Radio Ethiopia» –¡»Radio Ethiopia»!–, «Easter» y «Wave» nos parecían obras demasiado extremas a los adolescentes que mirábamos a lo lejos sin imaginar lo que nos esperaba. El tiempo dio la razón a la embajadora de los sueños. Dios murió por los pecados de los demás, pero no por los míos. Quedar retirada de la salvación concede una libertad que sólo los excluidos conocen y sólo sus espectadores intuyen.
[–> [–>[–>Y cuando regresó era otra. O la misma. El voltaje de su ansiedad se había moderado, y proponía un mundo en donde la gente tuviera el poder. Ahora sonríe más y parece haber hecho las paces con el pánico. Hasta hace deliciosos discos de versiones –»Changing of the guards», ¡»The boy in the bubble»!– en donde se demuestra que sí, que el rock and roll le gustaba de verdad. La última vez que la vimos hizo una interpretación magistralmente imperfecta del «Hard rain» de Dylan en la entrega del premio Nobel que (no) recibió el bluesman de Minnesota. Y la próxima vez que la veamos paseará por las calles de Oviedo como justa merecedora del Premio Princesa de Asturias. Tenemos mucho que hablar con ella sobre todas las encrucijadas en las que estuvo y a las que nos condujo.
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