Entre el humanismo y el animalismo
A quienes nos hemos criado en un ambiente rural, o semirural como es mi caso, nos cuesta entender el amor por las mascotas. A nosotros nos enseñaron a valorar a los animales por su utilidad. En el sótano de la casa donde crecí, teníamos gallinas y conejos, cuyo valor alimenticio no hace falta destacar. También una gata, no por devoción a los felinos, sino porque ayudaba a exterminar los molestos roedores.
[–>[–>[–>A día de hoy, he conseguido resistir la presión de mis hijos -ya cien por cien urbanos- para que nos hagamos con una mascota. Siempre firme en el no a su insistente «papá, ¿un perro?», al que sigue «¿y un gato?», pues «tampoco». Jamás les he oído decir «¿papá, un hermanito?». En cambio, se escandalizan cada vez que les refiero la historia de que una de mis funciones, en mis tiempos adolescentes, era meter en un saco las camadas de gatitos y arrojarlo al río desde el cercano puente colgante.
[–> [–>[–>Pido disculpas a los propietarios y defensores de las mascotas si les resulto demasiado insensible. Iba a decir inhumano. Comprendo que los animales hacen compañía, que ayudan a discapacitados y que se les acaba cogiendo cariño.
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Venimos de una semana en la que la palabra «humanismo» no se nos ha caído de la boca. El Papa se ha encargado de recordárnosla varias veces al día durante su visita. Tal vez por eso, me ha sorprendido más el informe sobre Protección Animal hecho público hace unos días por el ministerio ómnibus de Pablo Bustinduy.
[–>[–>[–>El censo de mascotas en nuestro país refleja que tenemos registrados 7,5 millones de perros y 5,6 millones de gatos. A ellos hay que sumar dos millones más correspondientes a otras especies (Ya se pueden imaginar, hamsters, conejos, pájaros…). En total, 15.171.569. Es tal la proliferación de mascotas que ha dado lugar al florecimiento de lo que se ha dado en llamar -en inglés, claro- «pet economy», que se calcula que en este 2026 moverá en España 4.000 millones de euros.
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A la luz del informe, resulta inevitable recordar la crisis de natalidad: en nuestro país solo nacen unos 320.000 niños al año. Uno de los argumentos más frecuentes para justificar la escasez de nacimientos es que vivimos en una situación de precariedad laboral, tenemos problemas para conseguir vivienda y que, en fin, los hijos salen muy caros. Según el estudio encargado por el ministerio de Bustinduy, el gasto medio por mascota en España supera los 165 euros mensuales y no parece óbice para que la población de mascotas deje de crecer. Obviamente, un hijo sale más caro, pero, al paso que vamos, pronto se igualarán los costes.
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[–>Podría alegarse que los dueños de mascotas son personas con economías desahogadas. No tengo esa impresión. Vivo delante de un parque que me sirve de observatorio social. Puedo certificar que hay más mascotas que niños, pese a que dispone de columpios y otras atracciones infantiles y a que los perros están prohibidos. Los dueños parecen personas de clase media, sin ninguna señal externa que haga presumir su presunta riqueza.
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Si acaso, todo hay que decirlo, es muy probable que los más potentados estén detrás de esas personas profesionales asalariados, que pasean cinco o seis perros a la vez, o de las mucamas de uniforme que tienen entre sus cometidos encargarse de las salidas de los animales.
[–>[–>[–>La conclusión principal del informe, no por intuida menos impactante, es que, en los últimos cinco años, el número de mascotas en nuestro país ha aumentado un 14 por ciento, mientras que el de nacimiento de niños sólo ha crecido un 1 por ciento. Aproximadamente el 40 por ciento de los hogares conviven con una mascotas, que ya casi duplican en número a los menores de 18 años (que rondan los 8,5 millones).
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No pretendo ser alarmista, pero, de mantenerse la progresión –y todo indica que así será–, se avecina una problemática convivencia entre quienes tienen mascotas y los que no. Por no mencionar el gravísimo problema demográfico al que nadie parece querer enfrentarse. Ojalá no tengamos que restringir nunca la posesión de animales domésticos. Ojalá que no olvidemos la prioridad del humanismo frente al animalismo, por mucho que cada vez sean más los que defienden que hay animales mejores que personas.
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