Entrenar la paciencia
Hacer ejercicio, comer más sano, dejar de fumar, aprender algo nuevo, ahorrar, viajar, pasar más tiempo con la familia, …
[–>[–>[–>Acertados y saludables propósitos, pero ¿y tener más paciencia?
[–> [–>[–>¿Por qué nunca nos proponemos tener más paciencia?
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Los beneficios que nos daría y lo poco que la valoramos.
[–>[–>[–>A ver, hagamos un poco de introspección y reconozcamos que cada vez nos cuesta más afrontar tiempos de espera. Tenemos una gripe y queremos estar bien ya. Le mandamos un mensaje a alguien y queremos una respuesta ya. Comenzamos a leer algo y queremos saber el final ya. Estamos en una conversación y queremos que la otra persona vaya al grano ya. Nos hacemos una analítica y queremos el resultado ya. Si estamos en la cola del supermercado queremos que nos atiendan ya. Se abre el semáforo y queremos que el coche que nos precede arranque ya. Sufrimos de ansiedad y queremos solucionarla ya.
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¡Todo lo queremos ipso facto!
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[–>La era de la inmediatez y de la gratificación inmediata nos va acostumbrando a lograrlo casi todo a un solo golpe de clic y quizá no seamos conscientes del precio a pagar en forma de mayor fragilidad.
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En psicología se ha investigado la capacidad de tolerar la demora de refuerzo como uno de los determinantes más importantes en la autorregulación emocional. Es famoso el experimento conocido como el «test de la golosina». Llevado a cabo desde la década de los 60 por Walter Mischel, psicólogo de la Universidad de Stanford, consistía en dejar a solas a unos niños y niñas de la escuela infantil en una sala en la que encima de la mesa había una golosina, dando la indicación de que podían comérsela o podían esperar y entonces recibirían aquella y otra igual. En seguimientos posteriores llegaron a la conclusión de que, la mayoría de los niños y las niñas que habían tenido la paciencia de esperar, tenían, años después, vidas más satisfactorias y soportaban mejor la frustración en su día a día.
[–>[–>[–>Sin caer, desde luego, en la ingenuidad de pensar que sea la única variable responsable de cómo nos vaya en la vida, resulta indudable que la paciencia suele contribuir de forma directa en mejorar nuestra salud mental, nos fortalece frente a la inevitable incertidumbre, nos protege frente al estrés y a la ansiedad, nos permite decisiones menos impulsivas y más equilibradas, nos hace más perseverantes, nos refuerza para no tirar la toalla ante el primer obstáculo que pueda aparecer en la búsqueda de nuestros objetivos, nos lleva a tener relaciones más sanas en las que, seguramente, promovamos más la escucha y la empatía y juzguemos menos…
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Y el único «truco» es practicarla. Ayudarnos en cada situación en la que tengamos que permanecer y esperar. Con distracciones, utilizando un diálogo interno que resulte motivador y confiando en nuestra propia capacidad para ir finiquitando la (aprendida) necesidad de lo inmediato.
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Se trata, en definitiva, de aceptar los procesos y los ritmos más naturales de las cosas.
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Mis nietos y nietas me miran con ojos muy abiertos cuando les digo que me he pedido paciencia para este año. Me gustaría que la vayan valorando, que la empiecen a tener en cuenta en sus vidas. Para entrenarla. Para que no la pierdan con facilidad. Para que no se conviertan en personas esclavas de este ritmo frenético y endiablado que nos quiere colonizar.
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