Es preocupante que la IA esté en manos de pocas empresas
La primera vez que Bruno Sánchez-Andrade Nuño (Oviedo, 1981) recibió un correo invitándole a participar en el Foro Económico Mundial, el mensaje acabó en la bandeja de «spam». «La verdad es que por entonces ni siquiera sabía muy bien qué era el Foro de Davos», admite el astrofísico y empresario asturiano, que a partir de mañana participará por cuarta vez en la cita que congrega en la ciudad suiza a las élites empresariales, políticas y científicas del planeta. Sánchez-Andrade, que pese a su juventud lleva a sus espaldas una trayectoria estelar como investigador académico, asesor científico y especialista en datos –Microsoft, NASA, Banco Mundial…–, habla con LA NUEVA ESPAÑA desde Copenhague, donde vive con su mujer y sus dos hijos. Desde allí, el científico asturiano trabaja telemáticamente en su principal proyecto, Clay (arcilla en inglés), un sistema para aplicar la inteligencia artificial (IA) a las imágenes por satélite de la superficie de la Tierra. Ese será el tema del que hablará a partir de mañana en Davos.
[–>[–>[–>Perdón por empezar con una pregunta un poco personal: ¿por qué vive en Copenhague?
[–> [–>[–>La razón principal es que es un sitio maravilloso para tener hijos pequeños. Es alucinante el nivel de aceptación social de actividades que puedes hacer, de infraestructura, de parques… Como mi mujer y yo podemos trabajar «online», nos vinimos aquí. Sobre todo en este momento en que mi principal ocupación es ser padre, que no es poco (ríe).
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Y, además de la paternidad, ¿qué ocupa su día?
[–>[–>[–>Trabajo en dos proyectos. Uno es Clay, una ONG que cofundé y que hace un modelo de IA para entender imágenes de satélite. Es uno de los mejores modelos del mundo y hace dos años conseguimos financiación privada para que cualquiera pueda usarlo gratis. Pero para poder utilizarlo es necesario ser experto en IA, en inteligencia geoespacial y en muchas cosas. Así que nos dimos cuenta de que teníamos que crear una empresa para precisamente ayudar a la gente a usar Clay, y esa empresa se llama Legend. Para ambos proyectos intenté obtener financiación europea, pero en ambos casos fue muchísimo más fácil encontrarla en Estados Unidos.
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¿A qué cree que se debe eso?
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[–>Es un fenómeno con varias capas. Mi mujer es estadounidense y emprendedora y le cuesta muy poco montar proyectos, mientras que a mí me cuesta mucho más. Quizá es una característica muy asturiana: al principio le vemos problemas a todo, pero una vez que nos ponemos a ello, sí sabemos hacerlo. Pero también hay un factor que es la desigualdad entre ambos modelos. La financiación de los dos proyectos no es pública, sino de gente rica que ha considerado que lo que yo hago tiene sentido y que, además, desgrava impuestos. A mí me parece perfecto. Cuando vengo a Europa, encuentro opciones de financiación pública, pero la cantidad de papeleo y de trámite que tienes que hacer para recibir una décima parte de lo que consigues en Estados Unidos… En el caso estadounidense, el dinero es más «gratis», es más barato.
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¿De qué va a hablar en Davos?
[–>[–>[–>Pues de cómo la revolución de la IA, de aplicaciones como ChatGPT, es radical. La capacidad que tienen estas herramientas de entender los textos es increíble, se les puede pedir que te expliquen física cuántica en asturiano. Es la capacidad de abstraer conceptos. A partir de ahí, mis socios y yo nos preguntamos qué pasaría si, en vez de textos, les proporcionáramos imágenes de satélite de la superficie de la Tierra. Y así es cómo surgió Clay. Gracias a él podemos obtener un montón de información: el alcance de los incendios, movimientos de tropas militares, qué carreteras están bien asfaltadas y cuáles no, la ocupación de las playas… Son datos muy útiles para empresas, para gobiernos, para el sector de la defensa… Las imágenes por satélite nos proporcionan un montón de datos, el problema es que no tenemos la capacidad de entenderlos a escala. Por eso creamos un modelo que, en vez de trabajar con texto, lo haga con ese tipo de imágenes.
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Bruno Sánchez Andrade / Aleksey V. Polyakov
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¿Cómo funciona exactamente el modelo? ¿El usuario introduce una determinada imagen de una porción del planeta y obtiene todo tipo de información sobre lo que allí hay?
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Aunque Google Maps no los ofrezca, todos los datos que uno quisiera saber sobre un determinado lugar existen. Por ejemplo, saber si hay un prado para ir a jugar con mi hija, si hay construcciones cerca de la casa rural que quiero alquilar, si las olas de esa playa en la que quiero hacer surf van hacia un lado o al otro… Esa información está en las imágenes, pero no en Google Maps. Y nosotros la encontramos en milisegundos. Más ejemplos. ¿Cuántos árboles hay en el mundo? Obviamente no lograremos la cifra exacta, pero sí saber si en un determinado bosque se están talando… ¿Cuántos cafetales hay en Colombia? ¿Cómo de grandes son los campos de refugiados? ¿Cuántas carreteras asfaltadas o sin asfaltar hay en Asturias? Todo eso podemos saberlo. Cada ocho días se renuevan todas las imágenes por satélite de toda la superficie terrestre.
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¿Ese uso puede chocar en ocasiones con la privacidad de las personas?
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Con los datos públicos existentes, no. La mayor cercanía de las imágenes es de 10 metros por 10 metros, a esa distancia no se puede identificar a nadie. En cualquier caso, Clay no crea problemas de privacidad, sino que, de haberlos, sacaría a la luz los problemas que ya existían en los propios datos. Yo no estoy inventando nada, estoy creando un buscador.
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¿Es la IA la mayor revolución tecnológica que usted ha conocido en su trayectoria?
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Sin duda. Y no sólo tecnológica, sino también comercial y en muchos otros aspectos. Aún no somos conscientes de lo que puede hacer. Es alucinante. Esto supone también una responsabilidad para los que la hacemos y para los gobiernos, tanto los que invierten en ella como los que no. Porque cuando se invierte en una tecnología no se hace sólo en sus usos positivos, sino también en los negativos o en aquellos que no se sabía que podían existir.
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¿Están justificados algunos miedos en torno a la IA?
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Sí, claro. Es una herramienta que no tiene moral. Ha habido casos de menores en Estados Unidos que, guiados por una IA, han acabado suicidándose. Es una tecnología que tiene una capacidad, infinitamente superior a la de cualquier ser humano, de abstraer y extraer conceptos extremadamente complejos. Pueden recordar lo que el usuario les ha dicho, pero por sí mismas no tienen absolutamente ninguna capacidad de distinguir el bien y el mal. Son herramientas. El problema es que son herramientas cada vez más autónomas.
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¿Somos nosotros los que dominamos la tecnología o es al revés?
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La clave para mí reside en quiénes somos «nosotros». Sé que, cuando se plantea esa pregunta, se hace en referencia a nosotros los seres humanos, pero en la práctica no es así. El «nosotros» son las tres, cinco o diez empresas que están realizando el 90% de la inversión en estas nuevas tecnologías. Esos son los que diseñan literalmente la IA. Lo ideal sería que, en ese diseño, cada segmento profesional aportara sus conocimientos para crear la IA: la parte técnica, la parte filosófica, la parte política (entendida como gobernanza, no como partidismo)… ¿Se está haciendo así? No, porque se está yendo mucho más rápido, y todas estas tecnologías están en manos de muy poca gente. Y eso es preocupante. Deberíamos fomentar mucho más los sistemas abiertos. Y en aquellos que no lo son, deberían fijarse estándares clarísimos de gobernanza de qué se puede y no se puede hacer.
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Eso, hasta la fecha, depende de en qué lugar del mundo se desarrolle la tecnología, ¿no?
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Hay un libro que dice lo siguiente: «Existen tres mundos: el americano, que lideran con la tecnología, a costa de todo; el europeo, que lideran con la regulación, a costa de todo; y el chino, que lideran con el brazo del sector público, a costa de todo». ¿Se está quedando atrás Europa tecnológicamente? Sí. ¿Está liderando Europa en la parte regulatoria? Sí. ¿Hemos perdido el tren de la IA? Yo creo que no. De hecho, yo creo que es más difícil arreglar el déficit regulatorio en Estados Unidos que arreglar la parte tecnológica en Europa. A corto plazo sí que duele que los europeos estemos tecnológicamente tan atrás, pero a medio y largo plazo es un orgullo saber que tenemos estructuras de gobernanza y regulaciones que nos protegen mucho más que los americanos.
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Usted que ha vivido en varios países, ¿cuáles son los que producen los mejores científicos del mundo?
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En la parte teórica, los españoles, sin duda. Les damos mil vueltas al resto. Cuando estaba en la NASA, analizábamos imágenes y había que tener muchas cosas en la cabeza para entenderlas: la física, la electrónica, los sensores, las lentes… Se notaba que los americanos eran especialistas en una cosa o en la otra, pero yo era capaz de pasarme rápidamente de un enfoque a otro. Cuando se trabaja con sistemas complejos, los especialistas se mueven más rápido al principio, pero acaban teniendo problemas. n
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