Escribir te llena el corazón de emoción, temblor, miedo, maravilla
Rosa Montero viajaba hace unos años de Madrid a Málaga cuando de pronto el tren se detuvo en medio de la nada. La escritora levantó la cabeza y divisó un paisaje urbano espantoso. Un cochambroso edificio propio del desarrollismo se levantaba junto a las vías. En una terraza, tras unos hierros penosos y una bombona de butano reventada, colgaba una caja de zapatos y en ella escrito: «Se vende». ¿Y quién vende eso y quién lo va a comprar? se preguntó la novelista. Y en su cabeza pensó que en ese mismo tren en el que viajaba alguien se apearía en la próxima, y regresaría allí, compraría el piso, se encerraría y desaparecería para siempre. Rosa Montero iba camino de un club de lectura en aquel viaje y esa tarde les contó que ya tenía el comienzo de su nuevo libro.
[–>[–>[–>Aquella novela se acabaría titulando «La buena suerte», y el detalle de su primera génesis, tal y como lo contó este miércoles por la tarde en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo, en conversación con la profesora y novelista Marta Pérez-Carbonell, y con la vicerrectora de Extensión Universitaria, Marta Mateo, ilustra lo que una escritora como ella siente cuando empieza el proceso de creación: «Nacen de una primera imagen en tu cabeza con la misma autonomía que los sueños. De repente se enciende y te emociona muchísimo, te llena el corazón de emoción, de temblor, de miedo de maravilla, tan inmenso que no te cabe en el pecho y decides que tienes que compartirlo». Así describió la novelista un proceso de escritura que, insistió, «tiene mucho que ver con estar enamorada, te acuestas ocupada por las historias igual que te acuestas sin poder dejar de pensar en la persona amada».
[–> [–>[–>Marta Pérez-Carbonell le dio la razón e incidió en esa sorpresa del poder arrebatador de las historias al nacer, que ella descubrió algo incrédula, tras años dedicada a los ensayos académicos. «No pensaba que algo me iba a sorprender tanto», admitió, «esa sensación de que la historia ya existe y que los personajes te están contando su historia. Es adictivo, y mientras dura no sientes lo anodino de la vida». Exactamente, puntualizó Montero, «mientras estás escribiendo eres inmortal, sales tanto de ti que sales de tu propia muerte».
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Las dos autoras ofrecieron algunas claves sobre ficciones y narrativa, la frontera entre la realidad y la construcción, los novelistas que parten de la vida y consiguen alejarse de ella (Proust, Conrad) o los que empiezan con realidades que nada tienen que ver con ellos y pero se acaban metiendo dentro (Flaubert, Clarín); también esa idea de «la suspensión de la credulidad» (Coleridge) y la verdad que se encuentra dentro de la propia póetica, como cuando Pérez-Carbonell lloró de niña al acabar del Principito, una pena real, o cuando un lector se enfadó con Rosa Montero cuando se inventó una autora maldita inexistente en un libro -«¡se lo ha inventado!», le reprochó en una carta-.
[–>[–>[–>Para finalizar, las dos autoras llegaron a la última parte de sus libros. ¿Qué pasa cuando acaban de escribir?. Pérez-Carbonell vive «como algo triste cuando los personajes se van». Rosa Montero entra en una fase «muy intensa», de «creatividad muy alta», donde normalmente se le ocurre la siguiente historia, que empieza a gustarle más. «Pero cuando acabas hay un vacío, sí. ¿Qué voy a hacer ahora con mi vida? Y entonces piensas en ponerte una serie». Fin.
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