Estamos enfermos
En el verano de 2025 fui al Guggenheim de Bilbao para ver una exposición de Babara Kruger, artista a la que yo no conocía pero L. consideraba que me podía interesar, pues su obra se apoya en el lenguaje para analizar cómo funciona en los medios de comunicación, cómo lo usa la política, pero también cómo lo empleamos nosotros y de qué manera nos moldea. Durante nuestro recorrido por la muestra, hubo una pieza que captó mi atención más que el resto. Se titulaba Untitled (Your Body Is a Battleground) y era una gran fotografía en blanco y negro en formato vertical de una mujer sobre la que podía leerse, en un fondo rojo y con la tipografía en blanco, el Your Body Is a Battleground (Tu cuerpo es un campo de batalla) del título. Antes de leer la cartela, en la que seguramente se contaba que la artista la concibió para la histórica manifestación del 9 de abril de 1989 en Washington en defensa de la libertad reproductiva de las mujeres y el derecho al aborto, yo hice mi propia interpretación de la obra. Pensé en la dictadura estética a la que, desde que abandonamos la niñez, incluso durante nuestra infancia, se nos condena y en cómo esa presión, el encajar en el molde físico que han creado para nosotras, el cuerpo perfecto, cada parte del mismo sometida al escrutinio de la opinión externa, siempre masculina, a su aprobación, tiene consecuencias inevitables y a veces terribles.
[–>[–>[–>Mi reacción a esa pieza de Kruger se explica desde lo subjetivo, como siempre sucede con el arte. En lugar de interpelarme a través de su denuncia inmediata, lo que la artista buscaba criticar, un discurso que por otra parte defiendo y comparto, me llevó a mi propia experiencia, la de una mujer cuyo cuerpo se ha convertido en un campo de batalla contra sí misma al sufrir un trastorno de la conducta alimentaria. En mi caso, aquella enfermedad, la anorexia que padecí, fue consecuencia de la depresión en la que caí tras la muerte de mi madre. Aun así, a pesar de que yo no dejé de comer para estar más delgada (buscaba morirme, aunque entonces no fuera consciente), perdí el control sobre mi cuerpo cuando a los 14 años ingresé en el hospital con 31 kilos y no he sido capaz de recuperarlo. Eso significa que llevo sin pesarme 25 años (los transcurridos desde que, a los 18, me dieron el alta médica), que soy incapaz de mirarme en un espejo de cuerpo entero y que experimento un placer nada culpable cada vez que alguien me dice estás más delgada. Pese a ello, disfruto comiendo. Haberme reconciliado con la comida, ser capaz de saborearla, degustarla, es de las cosas de las que más orgullosa me siento. Pero mi cuerpo sigue siendo mi enemigo. Por eso me genera tanta indignación ver a Demi Moore en la alfombra roja del festival de cine de Cannes con sus «brazos tonificados», según el titular del New York Post. Es aberrante que la industria estética y cosmética, la de la moda y la cinematográfica continúen vendiéndonos un modelo de mujer cuya valía depende de los pocos kilos que pese, y que lo sigamos comprando. Lo de Demi Moore no son «brazos tonificados», son esqueléticos y son síntoma de una enfermedad que no solo padecen quienes la sufren, es extensible a la sociedad entera. Estamos enfermos y encontrar la cura es responsabilidad de todos.
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