Estigma y salud mental
Cada cierto tiempo aparecen en la prensa titulares relacionados con personas con diagnósticos de salud mental que activan las fibras más sensibles de la existencia humana. Nos referimos a aquellos sucesos que, al comunicar actos de violencia, combinan los términos policía, medicación y trastorno mental.
[–>[–>[–>Son titulares que reinstalan, casi sin fricción, la figura del «paciente psiquiátrico» como amenaza latente. Ante ellos se activan juicios emocionales y se levantan las defensas más arcaicas. Los primeros remiten a una asociación automática entre problemas de salud mental y peligrosidad, acompañada de categorías colaterales como la incontrolabilidad, la irracionalidad o la criminalidad. Las segundas operan mediante la construcción de muros simbólicos que separan a quienes cometen estos actos del resto de la comunidad.
[–> [–>[–>En muchas de estas noticias se subraya de forma insistente que la persona no tomaba la medicación, no lo hacía correctamente o no recibía la considerada adecuada. De este modo se prepara el terreno para que el lector o la lectora extraiga una única conclusión: que la conducta violenta es el resultado directo y lineal de una mente enferma y no medicada. Esta conclusión, además de simplificadora, es científicamente falsa. Ni todas las personas con trastorno mental realizan actos violentos, ni quienes los cometen padecen necesariamente un trastorno mental.
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Esta forma de informar no es inocente ni está exenta de valores; refuerza el estigma y legitima pretensiones de control social sobre quienes padecen sufrimiento psíquico. Así, se instala la idea de que, si no se actúa con mayor contundencia sobre los llamados «enfermos mentales sin conciencia de enfermedad», esto es, mediante ingresos y tratamientos farmacológicos involuntarios, proliferarán noticias de este tipo. Persistir en discursos simplistas y alarmistas favorece una mirada deshumanizadora que normaliza la restricción de derechos y avala el uso de intervenciones coercitivas, generadoras ellas mismas de nuevas formas de violencia y de efectos iatrogénicos, en una espiral que se retroalimenta sin fin.
[–>[–>[–>¿De dónde viene este sol negro que asocia violencia y trastorno mental?
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Responder a esta pregunta exigiría repasar la historia de la psiquiatría y de la psicología clínica. No es este el lugar. Bastará con señalar que, tras la lectura de estas noticias, persiste siempre una pregunta sin responder y, lo que resulta más grave, sin ser siquiera pensada: qué es lo que hace que esa persona concreta, más allá de cualquier diagnóstico, llegue a realizar precisamente esa conducta.
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[–>Pensar que un diagnóstico psiquiátrico explica una conducta violenta constituye una forma genérica de razonamiento que, al ignorar múltiples mediaciones contextuales, impide comprender aquello mismo que se pretende prevenir. Sería equivalente a explicar una lluvia torrencial en Gijón apelando únicamente al clima del Cantábrico.
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Para comprender un acto humano –un delirio, una conducta violenta o suicida, o un gesto de solidaridad– no basta con conocer un diagnóstico de salud mental. Se precisa reconstruir la textura del suceso y no limitarse a su esqueleto. El esqueleto remite a la descripción externa: edad, ocupación, diagnóstico, antecedentes, convivencia, conductas observables. La textura alude a la reconstrucción de la circunstancia presente y la trayectoria vital de esa persona. Quien se adentre en este tipo de noticias buscando estas claves de sentido quedará rápidamente decepcionado.
[–>[–>[–>Superar el pensamiento lineal que convierte el diagnóstico en causa de las conductas y abrirse a la complejidad contextual de la acción humana constituye uno de los grandes retos de la sociedad contemporánea. No es una cuestión menor. De esa superación depende, en gran medida, una comprensión y un cuidado mejores de la salud mental.
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No se trata de justificar comportamientos inaceptables ni de negar la responsabilidad de los sujetos, tampoco de rechazar apoyos psicológicos o farmacológicos cuando resulten adecuados y consensuados. Se trata de cuestionar los marcos discursivos desde los que se piensa la salud mental, para reducir el estigma y desmontar un autoengaño profundamente arraigado: que el mal reside en lo otro enfermo. Se trata, en definitiva, de comprender mejor no para controlar con mayor dureza, sino para prevenir con mayor eficacia.
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